Cartografías literarias. Un texto de Blanca Lacasa, autora de «El accidente».
Este verano he tenido que revisar, por razones que no vienen al caso, toda mi biblioteca de niña y adolescente. Título a título. Decidiendo cuáles donaba y cuáles me seguirían acompañando un rato más. Han desfilado por mis manos muchos de Agatha Christie, todos los de Guillermo Brown de Richmal Crompton y los de Celia de Elena Fortún, mi obsesión por Unamuno o Mark Twain, infinidad de libros de teatro y, sobre todo, la colección del Club Joven Bruguera. Impagable. Ahí leí, por ejemplo, mi primera literatura rusa.
La congoja que he sentido al asomarme a mi yo lector de hace décadas aún no me ha abandonado. ¿Quién era esa persona que subrayó aquello y por qué lo hizo? ¿Cuál es la razón por la que leí no menos de cinco veces Ben-Hur de Lewis Wallace? ¿Ha existido en la historia un superhéroe mejor que Patomas? ¿Cómo es posible que leyera a Poe con menos miedo del que tendría ahora si me atreviera por vez primera con El escarabajo de oro? Pero, sobre todo, ¿cuánto de todo aquello se quedó y dónde está ahora?
En todas las horas que pasé husmeando por entre esas páginas, encontrando fotos, apuntes y tiques desteñidos, me volvieron recuerdos exactos de aquellas lecturas. No de los personajes, no de la época en la que transcurrían, ni siquiera de las tramas, sino de lo mucho que me gustaron, de cuándo o de dónde las leí, de cómo y por qué llegué a ellas, de a quién se las presté y con qué promesa. La cartografía resultante se mostró indescifrable para todos salvo para mí. Y recordé el inicio de un libro que, casualmente, también he leído en este verano tan extraño. El libro en cuestión es Un debut en la vida de Anita Brookner y empieza así: «A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había arruinado la vida».
De repente, como le sucedió a la doctora Weiss, esas columnas de libros titubeantes mostraron su verdadera naturaleza. Fue revelador, fue inquietante pero, sobre todo, fue liberador. Sentí el absurdo impulso de conservar –donde fuera, como fuera– todas aquellas torres de escritura para volver a empezar. Leerlo todo otra vez desde el principio, seguir las pistas, quitar los velos o añadir capas según conviniera. Finalmente, decidí que mejor quedarse ahí, asumir las herencias y que fueran otros quienes construyeran sus propios mapas con lo que quedara.
He conservado algunos. Pocos. Todos por motivos más o menos rastreables. Salvo uno. En el bando de los indultados, estaba, está, L’affamée de Violette Leduc. Me intrigaron las palabras subrayadas, rodeadas de círculos. Y todos esos «Elle lit», «elle lit», «elle lit» («ella lee», «ella lee», «ella lee») machaconamente destacados. Marcas que, muy probablemente, no fueran ni siquiera mías: en sus primeras páginas, el libro aparece acreditado a una de mis hermanas. Imposible saber a ciencia cierta a quién perteneció ese ahora código secreto. Tampoco importa. Por lo que sea, he querido leerlo o releerlo. No estoy segura. He caído fulminada. Parte de mi accidente, de alguna manera, está ahí. Lo que cuenta y cómo lo cuenta. Sólo que ella lo llama "el acontecimiento". Constato que Violette Leduc murió el mismo año en el que yo nací.
