La prensa dice

20 oct
2010

Sí, señor alcalde, por Jordí Puntí

Pregunta de Trivial: ¿cuál es la capital del estado de Nueva York? Cuidado porque tiene trampa... No, no es Nueva York. La capital es Albany, en el centro del estado, junto al río Hudson, y representa la típica ciudad del noreste de Estados Unidos, con su downtown histórico, sus familias históricas y su histórica preferencia por el partido demócrata. Albany es, por así decirlo, la hermana tradicional y modosa de Nueva York. También es la ciudad donde nació el escritor William Kennedy (1928), quien le ha dedicado casi todas sus novelas -el llamado ciclo de Albany-. Algunos recordarán Tallo de hierro (1983), drama ambientado en la gran depresión y que ganó el premio Pulitzer.

Libros del Asteroide recupera ahora otra de sus obras más aclamadas, Roscoe, negocios de amor y guerra (2002), cuya lectura supone una inmersión divertida, ácida y exaltada en la vida política y social de Albany en el siglo XX. La figura histórica sobre la que gira en parte la novela es Dan O’Connell. De origen irlandés, este señor tomó las riendas del partido demócrata en 1922 y durante más de 50 años tejió una red de clientelismo político que le dio el control de la ciudad. Desde entonces los demócratas no han perdido nunca la alcaldía de Albany.

En la novela, O’Connell se llama Patsy McCall, quien comparte el poder y los negocios junto a dos personajes más: Elisha Fitzgibbon, un magnate del acero, y Roscoe Conway, abogado, hijo de un antiguo alcalde y el mejor amigo de Elisha. Como indica el título, Roscoe es quien acapara el punto de vista sobre los hechos narrados, quizá por su carácter más soñador. La novela arranca en agosto de 1945, con el fin de la segunda guerra mundial. Alex, el hijo de Elisha, vuelve del frente y será presentado como candidato a la alcaldía por los demócratas.

Oleada de puritanismo. La ciudad vive una oleada de puritanismo que, desde los periódicos republicanos, amenaza con cerrar los burdeles, destilerías y casas de juego, controladas también por el trío de mandamases. Ante este panorama, Roscoe se siente cansado y anuncia que quiere abandonar la política. Esa misma noche, Elisha quema unos papeles y luego se suicida. La muerte del amigo transforma las intenciones de Roscoe. De repente su amor secreto por Veronica, ahora viuda de Elisha, puede tener futuro. Los negocios políticos también le exigen más protagonismo. La narración impetuosa

de este día a día se combina con episodios de retorno al pasado, a la juventud, en que la amistad de los tres amigos es celebrada como un pacto de hermandad insobornable que se justifica en los hechos del presente.

William Kennedy sabe convertir esas intrigas locales en una narración fascinante, que comparte un fondo mítico -las tribulaciones de los egos en el poder- y a la vez muy real, muy actual. Roscoe se nos convierte enseguida en un malhechor simpático, de un heroísmo de segunda fila. La trama es compleja, con muchos personajes, pero Kennedy la maneja con gran oficio e ingenio literario, sin caer en tópicos políticos. El ritmo narrativo recuerda por su temple a E. L. Doctorow, pero a veces se acelera y todo se vuelve malicioso como en una novela de J. P. Donleavy. Si los lectores se dan cuenta, William Kennedy podría vivir una reparación literaria como la que protagonizó Robertson Davies hace unos años.

El Periódico