La prensa dice

29 mar
2007

El espanto de la guerra, por Carlos Martínez Shaw

Un cineasta, Kon Ichikawa,alcanzó celebridad gracias a su puesta en escena de dos novelas magistrales sobre sendos episodios de la participación japonesa en la segunda guerra. De estas obras, la primera es la muy conocida El arpa birmana, de Michio Takeyama. La segunda es esta novela de Shohei Ooka (Tokio, 1909-1988),mundialmente divulgada también (aunque no en España) que aquí se nos ofrece en la excelente versión castellana de uno de nueshos mejores traductores, Fernando Rotlríguez-Izquierdo, y con un luminoso prologo de José Jiménez Iozano.

La obra, en buena medida autobiográfica, cuenta la historia de uno de los soldados extraviados en el tremendo naufragio de las tropas japonesas destinadas en Filipinas y ahora, en el momento de la inevitable derrota, abocadas a una desesperada lucha por la supervivencia en un territorio hostil. Carente de los más elementales recursos, Tamura parece no tener otra opción que el suicidio (como le sugiere desde la primera página el oficial de la patrulla), ya que no puede contar con la solidaridad de sus compañeros (que se encuenhan en la misma situación límite) y ni siquiera con la acogida del hospital militar (que le cierra las puertas), aunque finalmente decide deambular por la isla (de Leyte en la ficción, aunque el autor combatió en realidad en la de Mindoro), en medio de las fogatas que incendian la llanura.

En esta marcha errática, el protagonista se enfrenta con todos los horrores y con todos los dilemas. Tiene que auxiliar a sus compañeros heridos o buscar su propia salvación en la huida, tiene que sacrificarse en un último e insensato heroísmo o rendirse a los americanos (que proyectan Hiroshima y Nagasaki), tine que morirse de hambre o devorar a los soldados muertos, en una elección que se impregna de un sentido trascendente y que como una aparición planea acechante sobre toda la obra.

Junto al fantasma del canibalismo, el soldado a la deriva tiene ocasión de constatar el absurdo de todas las guerras: "Yo no los odiaba, pero dado que mi país estaba en guerra con el suyo, era inconcebible que entre ellos y yo se entablara relación alguna, por más que nos presidiera el símbolo de la cruz". Y esta cruz de la iglesia filipina permite plantear la cuestión del silencio de Dios para un hombre que ha crecido en el ateísmo de las culturas del Extremo Oriente, pero que se siente atraído por el romanticismo de la doctrina cristiana y la compasión de Buda Amida, el Misericordioso, mientras su corazón clama a ese Dios cuya vaga existencia depende de la soledad del hombre.

En suma, una novela singular cuya prosa sobria y depurada (no en vano su autor era admirador de Stendhal) nos transmite con eficacia una extrema realidad vital, una experiencia fieramente humana.

Èxit (El Periódico de Catalunya)