La prensa dice

16 oct
2008

Contra la época, por Juan Marqués

Tan injustas como fáciles de comprender son las razones por las que Josep Pla, uno de los dos o tres mejores prosistas españoles del siglo XX, todavía no está tan presente como merecería entre nosotros, los editores, lectores, críticos e historiadores de hoy mismo. Nunca se le ha dejado de traducir y apreciar, pero su conservadurismo dificulta algo su «canonización» definitiva en Cataluña, y el idioma en el que escribió casi siempre parece no ayudar a su introducción natural en las librerías de todo el país. Prejuicios extraliterarios que impiden a muchos descubrir al más brillante, incisivo y gozoso escritor de nuestro pasado reciente.

Ahora Jordi Amat (a quien ya debíamos una buena biografía de Cernuda, un estudio tal vez definitivo sobre los Congresos de Poesía de los años 50, y una necesaria reordenación de las ’Casi unas memorias’ de Ridruejo), ofrece una nueva versión al castellano de la primera biografía que escribió Pla, dedicada al escultor Manuel Hugué. Amat recuerda en su prólogo que en 1928, cuando apareció por primera vez la ’Vida de Manolo contada por él mismo’, el género biográfico gozaba de buena salud internacional, y hace bien en recordar que para escribirla tuvo muy en cuenta los monumentales modelos de lo que hicieron Eckermann (con Goethe) y Johnson (con Boswell). Pla, como éstos pero infinitamente menos ambicioso -dicho sea a favor de Pla y de este libro-, deja que sea Hugué el que casi le sustituya como narrador, y la mayor parte de las páginas son de un estilo directo verosímil, aunque se aprecia una socarronería y un modo de adjetivar que parecen tener más deudas con el biógrafo que con el biografiado. Pero es en todo caso Hugué quien más habla en estas páginas, como declara el título completo del libro, y Pla finge limitarse a tomar nota y levantar un acta narrativa.

Tal vez la ’Vida de Manolo’ no fue una de las obras maestras de Pla, aunque sí uno de los títulos del autor que más gustaron durante décadas. En él, el de Palafrugell estaba a punto de convertirse en el inmenso escritor que sería enseguida (pues, en contra de la cronología interna de esas obras, ya se sabe que todavía no era el autor de ’El cuaderno gris’ ni, por ejemplo, de ’Madrid 1921. Un dietario’, que contiene páginas perfectas, como las dedicadas a Toledo o a la monarquía), pero ya supo dibujar la bohemia parisina, que Hugue vivió casi como indigente (y típicamente pícaro, como acierta a observar Amat: «la preocupación esencial de mi vida era comer y el hambre me hacía saltar de un lugar a otro»), o captar un humanismo elemental («el arte es una cosa completamente secundaria. La cuestión es más importante: la cuestión es evitar la horrorosa carnicería humana») que no es incompatible con esa especie de nihilismo vividor en el que desembocó un artista que, al igual que vivió muchos años convulsos, también sufrió demasiadas privaciones personales antes de instalarse en una comodidad que le permitió afirmar que «La ’sagesse’ de la vida consiste, para mí, en vivir para uno mismo, al margen de la estupidez y de las vanas agitaciones humanas [...] Uno ha de querer alguna cosa, esto es, no irse de este mundo sin pagar. Una vez que se sabe lo que se quiere, debe defenderse contra todo, contra la familia, contra la patria, contra la época».

Heraldo de Aragón