02. La prensa dice

15 may
2008

Sabiduría y lujo, por Nadal Suau

Robertson Davies mantiene en sus novelas un equilibrio francamente difícil de conseguir, que se traduce en un tono inconfundible, único, muy valioso. No utilizo este término al azar: creo que su fe en la sabiduría es más necesaria que (casi) todo lo que se publica en los circuitos convencionales. El último libro de Davies rescatado por Libros del Asteroide, Ángeles rebeldes, resulta tan encantador como los que componen la trilogía de Deptford.

Ángeles rebeldes cuenta, a grandes rasgos, la historia de una conspiración en torno a un manuscrito perdido, aderezada con diversas perversiones en un entorno universitario trufado de sacerdotes y profesores que se enamoran de sus alumnas. No digo más: ya ven que cualquier material puede devenir arte o basura en función de las manos que lo moldeen. En Ángeles rebeldes, Davies emite juicios sobre lo divino y lo humano (esto es literal), incorpora todo tipo de excentricidades (un estudioso de los zurullos, sin ir más lejos), reivindica al pueblo gitano, y nos recuerda que el conocimiento de nuestra generación no es más sofisticado ni acertado que el de los más antiguos habitantes de los Balcanes. En definitiva, nos recuerda que en todo aquello que nuestra civilización considera escoria (la magia, el conocimiento humanista) se oculta, en realidad, la naturaleza de nuestra alma. Claro que esto supone una afirmación aún más elemental que suele ponerse en duda: en efecto, «alma» es un concepto vigente. Por lo demás, el relato es subyugante, su factura tiene un tono clásico sostenido mediante recursos modernos, y cada personaje ofrece una voz reconocible aunque al fondo siempre percibamos la poblada, canísima y socarrona barba del señor Davies.

Al principio he hablado de sabiduría. ¿Qué es tal cosa para Robertson Davies? La siguiente cita puede parecerse mucho a una definición: «Rabelais era maravillosamente culto porque aprender le divertía y ésa es, a mi juicio, la mejor justificación del estudio. No la única, pero sí la mejor». También nos vale esta otra, referida a la bellísima Maria Magdalena Theotoky, protagonista de ángeles rebeldes: «Buscaba el conocimiento por sí mismo, no por que pudiese proporcionarle una carrera». Utilicemos alegremente un término muy exacto: «conocimiento inútil». No hay utilidad alguna en la lectura de Robertson Davies: según todo criterio moderno, invertir tiempo en esta novela es malgastarlo. Sin rentabilidad alguna, alejándonos claramente de las formas más primitivas de la felicidad, dándonos de baja de la industrial cadena de montaje que, bajo el nombre de «centros comerciales», nos ofrece ocio de periferia soviética, la lectura atenta de la buena literatura, como la contemplación del arte, nos recuerda que somos humanos mientras empezamos a sentir la llamada de nuestras raíces primigenias exigiendo la vuelta del mito. Aunque éste fertilice en el estiércol.

No puedo dar justa cuenta del placer que me proporciona la lectura de Robertson Davies. Cualquiera de sus personajes, incluso el mordaz Parlabane o el desagradable McVarish, pueden presumir de ingenio bañado en una cultura antigua y acreditada. En este sentido, el libro nos redime del triste colectivo de fin de ciclo al que pertenecemos. La inteligencia de Davies es tan aguda que consigue combinar una narración viva -en un país aceptable, ángeles rebeldes sería un best-seller- con las más ajustadas ideas: sobre el estado y la ciencia, por ejemplo; sobre la educación; o sobre la sexualidad. En Davies, percibimos constantemente dos aspiraciones: la sabiduría y una dimensión moral exigente, pero no simplona. Ambas cosas se han convertido en lujos, como la naturaleza virgen o un viejo modelo tocado por la gracia de Coco Chanel.

Diari de Mallorca (Suplemento Bellver)