02. La prensa dice

19 ago
2012

Reseña de "Algún día este dolor te será útil" en El Imparcial

Peter Cameron: "Algún día este dolor te será útil"

Por Marta Sanz

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Mientras leía Algún día este dolor te será útil, no podía creer que un autor estadounidense contemporáneo se hubiera atrevido a escribir otra vez El guardián entre el centeno. No podía creer que nadie tuviese la osadía de tomar por tonto a medio planeta, de desafiar a los dioses del Olimpo —El guardián entre el centeno es para muchos como una religión y Cameron sería una especie de Prometeo o de profanador- o, tal vez, de manejar subtexto e intertextualidad arteramente para, desde los resortes de un reconocimiento “subliminal”, volver a construir un personaje como Holden Caulfield, reinterpretarlo, borrarlo y alcanzar el éxito. Holden Caulfield y James Sveck, protagonista de Algún día este dolor te será útil, hablan en el texto con una voz, prematuramente cínica y llena de sentido del humor, que, en el caso de Sveck, tiene algunas lecturas más a cuestas —también un par de años más que Holden-, un mayor refinamiento y una opción sexual un poco menos nebulosa que la de la ambigua criatura de Salinger. Ahí se percibe el signo de los tiempos. La evolución. Un sentido de lo políticamente correcto que sustituye, por un antitabaquismo atroz y por una tolerancia selectiva y a menudo paternalista, aquellas fórmulas de cortesía de mitad del siglo XX: quitarse el sombrero al sentarse a la mesa, dejar que las señoras atraviesen las primeras los umbrales -a no ser que el umbral sea la puerta del infierno- y preguntar “¿Cómo está usted?” con la idea de que te van a responder “Muy bien, gracias. ¿Y usted?” y nadie va a cometer la impúdica torpeza de decirte la verdad. Pequeñas cosas.

Sabemos que Holden tiene un mechón canoso, que es atractivo, espigado, con cierta tendencia a un desgarbo encantador muy propio de los adolescentes. No sabemos nada de los rasgos físicos de James Sveck y, pese a ello y a que no caminamos por las calles de Nueva York a finales de la década de los cincuenta, sino por las de una ciudad que acaba de recibir al siglo XXI con un episodio de destrucción, pese a todo, Holden y James tienen un inconfundible aire de familia. Y algunas otras cosas en común: la extracción social privilegiada; la conciencia de vivir entre tiburones mientras ellos se sienten preocupados por los corderos; el amor por un miembro especial de la familia que, en el caso de Holden, es su hermanita Phoebe y en el de James, su abuela Nanette; las conversaciones con los psicoterapeutas, narratarios verosímiles del discurso de Holden en ciertos diálogos de la novela de Cameron; la condición de exquisito bicho raro que un día huye de una experiencia académica y se pierde por la ciudad un par de días, duerme en hoteles y come en restaurantes; el sentirse en casi todas las situaciones como un burro en un garaje; tener que soportar la palabrería de quien no se desea y padecer el silencio de quien se estaría dispuesto a amar; el recelo hacia cualquier medio de socialización, incluidos la terapia o los centros de enseñanza; la obsesión por la literalidad del lenguaje, por la hipocresía y los diálogos de besugos, una desconfianza en el lenguaje que trasluce una desconfianza mayor en la posibilidad de comunicación entre los seres humanos; la atracción por la misantropía, la vida rural, campestre y retirada; el miedo a crecer que en Holden cristaliza en un talante protector hacia los niños, mientras que en James encuentra su referente en la ancianidad: tanto a Holden como a James les producen náuseas el tránsito y la horrible permanencia en la llamada edad madura. Ni Holden ni James quieren avanzar y , tal vez por esa razón, para el primero la felicidad —o al menos una parte- consiste en contemplar a su hermanita Phoebe mientras da vueltas en el tiovivo y James no quiere matricularse en la universidad de Brown.

Los dos personajes son narradores hipersensibles que ven agudizados sus problemas de adaptación a partir de un hecho traumático sobre el que tal vez sea necesario hablar, pese a ese escepticismo de Holden que dice “No le cuenten nunca nada a nadie” o esa resistencia a la conversación a quien no le gusta nada hablar pese a hacerlo divinamente. Verbalizar los demonios en un mundo hostil. La violencia de los convencionalismos de El guardián entre el centeno se transforma en violencia sistémica, en sangre e Historia, en la novela de Cameron. Y ahí es donde este libro se convierte en un paradigma de la escritura literaria más sutil: si el trauma que coloca a Holden Caulfield frente a sus propias contradicciones es la muerte de su hermano Allie, los atentados del 11-S disparan la conciencia de la realidad de James y su incomodidad por habitar este mundo. No hay complacencia. No hay justificación. No hay victimismo. Hay desconcierto y todo el dolor que se deriva de la experiencia de la empatía y de la des-ilusión que acarrea el conocimiento.

El problema de comunicación se escapa del plano familiar, de las relaciones sociales entre “iguales” y se extrapola a una dimensión política y cultural —no por casualidad James se escapa de un seminario llamado “El aula norteamericana” con unos objetivos patrióticos bastante discutibles-, en esta urna acristalada, en esta doble moral, de lo políticamente correcto donde enseguida podemos pasarnos de rosca y demandar por acoso sexual a un compañero o a una compañera —imprescindible la doble opción de género porque, con la posmodernidad, hemos aprendido que el lenguaje no es solo lenguaje y lo carga el diablo-: a James está a punto de sucederle algo así. Sin grandes palabras, sin sesudas reflexiones, sin hipérbole ni acritud, con una aterradora y a veces hilarante normalidad, el estigma histórico recorre, como esa fina tira de esqueleto que permite a los perros mover el rabo, toda la narración, y solo una vez se menciona el 11-S: en la consulta de la doctora Adler. Holden querría ser un niño eterno, un peterpan que, con estrategias de guerrilla, protege a la infancia mientras se resiste a perder la propia inocencia y a ingresar en ese universo adulto definido por la falsedad del arte y por el arte de la falsedad, la corrupción económica y la voracidad de los peces grandes que se comen a los pequeños; James Sveck es un viejo prematuro que se pregunta cómo seguir adelante. Después de todo.

El resto son los huecos que han quedado en el paisaje. El skyline como un cristal roto por una pedrada. El desvanecido espejismo. Las voces que empapan los muros y el aliento en los tabiques. El recuerdo de las cosas sobre las cosas mismas. El concepto de lo indeleble. Y la necesidad, cada vez más acuciante, de oír las voces del otro lado, sus narraciones, para que la Historia no vuelva a repetirse.

El Imparcial