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El editor que escribió para no olvidar, por María Josefina Poblete

Recibía a los periodistas que lo iban a entrevistar en su escritorio, rodeado de sus libros favoritos. Ediciones de Tolstói, Chéjov y Keats se asomaban desde sus puestos a mirar el espectáculo: tras cada pregunta, sólo se escuchaba el tecleo de una máquina de escribir. Luego de revisar el texto, modulándolo silenciosamente, William Maxwell lo entregaba satisfecho y esperaba la siguiente pregunta. “Pienso mejor en la máquina de escribir que hablando”, explicaría.

Aprendió a escribir corrigiendo. William Maxwell (1908-2000), editor durante la época de oro de la revista New Yorker, se codeó con grandes autores: Vladimir Nabokov, John Cheever, Saul Bellow, Mary McCarthy y Alice Munro son algunos nombres en la larga fila de escritores cuyas prosas desfilaron ante sus ojos. A ellos se suma J.D. Salinger, quien esbozaría bajo su supervisión el cuento Slight rebelion off Madisson, primer relato de un niño llamado Holden Caulfield.

Fueron más de 40 años sugiriendo cambios, reescrituras, y ganándose de paso la admiración de sus protegidos. “El siempre hizo que escribir bien fuera algo tan infinitamente valioso y tan palpablemente distinto a escribir mal”, señalaría John Updike, uno de los escritores que siguió sus consejos. Cheever, por su parte, lo recordaría como a su propio padre.

La búsqueda de la perfección impulsaría también su propia trayectoria literaria. Bajo el sello Libros del Asteroide, ya están en Chile tres de sus novelas: Vinieron como golondrinas (1937), La hoja plegada (1945) y Adiós, hasta mañana (1980), ganadora del American Book Award en 1980.

 

Recuerdos de la infancia

El mes de octubre de 1918 figura entre los más mortales en la historia de EEUU. Aparentemente gestada entre los soldados de Kansas, la llamada “influenza española” cobraría más de 195 mil vidas norteamericanas. Siguiendo la línea del ferrocarril, la pandemia pronto tocaría a la puerta de la familia Maxwell, radicada en una pequeña ciudad de Illinois.

“Pasado un tiempo ya sólo retuve en la memoria su aspecto general, pero seguía acordándome de su voz, recuerdo al que me aferraba tercamente. Me aferraba a la idea de que si todo se quedaba exactamente igual, si procurábamos no apartarnos lo más mínimo de nuestro sitio, las cosas volverían a ser como eran antes de su muerte”. Quien habla es el narrador de Adiós, hasta mañana, que se resiste a abandonar su antiguo hogar luego de perder a su madre por la epidemia.

Escritas en clave autobiográfica, la mayoría de las novelas de Maxwell pueden ser leídas como piezas de un gran entramado de obsesiones literarias. La muerte de la madre, un intento frustrado de suicidio, la redención en el amor o la interrupción abrupta de la niñez: todos son episodios inspirados en su biografía. El ataúd en medio del living del hogar y el pastor dirigiendo el responso es una escena presente en muchos de sus trabajos.

El narrador en las novelas de Maxwell se resiste a olvidar. En Vinieron como golondrinas, el lector descubre cómo la ausencia de la madre altera la vida cotidiana. Los testimonios de un padre y dos hijos, el deseo de crecer y la dificultad de dar consuelo arman un escenario donde el sentido pareciera haberse quedado en los detalles del pasado.

En La hoja plegada, explora el mundo de la adolescencia y la amistad entre dos muchachos. Lymie, inteligente y debilucho, carga con la apatía de su padre tras la muerte de su mujer, mientras que Spud, boxeador y estudiante mediocre, goza de un cálido hogar. Las fraternidades universitarias, la inseguridad propia de la edad y la aparición de una chica provocarán un quiebre en la relación, con peligrosas consecuencias.

La transición desde la infancia a la edad adulta está también en la magistral Adiós, hasta mañana. Un crimen pasional rompe la paz de un pueblo de Illinois y, con ello, la amistad entre dos niños. Movido por la culpa, 50 años más tarde el narrador intentará recordar las circunstancias de los hechos y reparar, de algún modo, el haberle dado la espalda al hijo del asesino. En sus relatos el pasado es el que habla, y este tiene sus propias leyes. Los detalles cobran vital importancia: son su puente a la infancia o la infancia imaginada.

Maxwell llegó en 1934 a Nueva York, donde se sintió cómodo (“es una ciudad donde uno puede llorar por la calle en perfecta intimidad”), así como en el rol de narrador testigo, siempre inclinado a la nostalgia. Casi como tributo a los autores que lo inspiraron, se despediría del mundo con elegancia, dejando de tomar sus remedios tras terminar de escuchar una última lectura de La guerra y la paz.

Publicado en "La Tercera" el 26/07/2010
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