Ese continente remoto, de inabarcable vastedad territorial llamado Australia, genera una literatura nacional que no siempre identificamos correctamente. Unas veces se cree que Elisabeth von Arnim es alemana; otras el Nobel de 1973 Patrick White, Peter Carey o Elisabeth Jolley son británicos, y Morris West (Las sandalias del pescador) norteamericano. Lo cierto es que la narrativa australiana, si bien de expresión inglesa, tiene voz propia. Basta leer a estos autores para darse cuenta de que las singularidades del contexto geográfico imprimen su sello en lo que escriben.
Ahí está David Malouf (Brisbane, 1934), pésimamente conocido aquí pese a la traducción de hace unos años de Recordando Babilonia, un relato más que sugestivo. Ahora llega su novela tal vez más ambiciosa, El gran mundo (The great world), aparecida en 1990 y distinguida con el Commonwealth Writer's Prize. ¿Cómo es posible que esta, a mi entender, interesante obra no haya sido traducida hasta veinte años después por una industria editorial que se nutre básicamente de traducciones a destajo? Por lo menos causa extrañeza. La misma extrañeza que el asunto -engañoso- de la novela: la estrecha amistad a lo largo de los años de dos hombres que en realidad poco tienen en común y desde el momento de conocerse uno de ellos siente aversión por el otro, una aversión que conservará hasta el final.
Durante la Segunda Guerra en el Pacífico Digger Keen y Vic Curran, dos jóvenes soldados australianos, coinciden en un campo japonés para prisioneros de guerra, primero en Malasia y luego en Tailandia. Digger es un campesino sobrio, rudo, introvertido, cuya existencia transcurre en Keen's Crossing, una aldea próxima a Sidney. Vic Curran es el extremo opuesto: de niño rematadamente pobre y de sortear la muerte en cautiverio consintiendo que otro pagase por él, tras una boda de conveniencia llega a convertirse en un poderoso financiero sin ataduras morales ni sombra de culpa. Así que en principio la novela relata la historia dispar y azarosa de los dos protagonistas desde sus orígenes hasta la muerte de Curran, narrada en sorprendente clave onírica, la misma que Malouf aplica a la breve escena final de la infancia del propio Vic Curran, con la que de pronto Malouf, en un alarde de habilidad narrativa, regresa al principio y encierra la narración en un círculo.
El caso es que por fortuna David Malouf no se conforma con que El gran mundo sea entendida como una novela de rasgos psicológicos, una ficción sobre -por decirlo de manera inexacta- Caín y Abel, el yin y el yang, dos destinos moldeados por las turbulencias del kraken y el leviatán. Esa visible línea narrativa equivale a la piel del relato, cuando lo sustancial es el tejido que recubre, Australia, la imagen mutante del inmenso país en su proceso de transformación social desde la Segunda Guerra Mundial hasta la contemporaneidad. Intensas las páginas, de una altura expresiva notable, que describen el hacinamiento de los prisioneros en los campos de internamiento asiáticos. Allí es donde Vic y Digger se hacen hombres adultos y forjan su singular amistad en un acero resistente a la corrosión del tiempo y a los desencuentros de la vida. Es obvio que uno necesita del otro. En una palabra; se complementan. Y al cabo advertimos que ambos, confrontados, son pilares sobre los que se levanta la Australia moderna.
En efecto, Digger Keen representa los valores morales de la vieja Australia rural, tranquila, laboriosa, de paisajes domésticos y horizontes limitados, fundamentada en el trabajo duro y la honestidad a prueba de adversidades. Por el contrario, Vic Curran personifica la nueva Australia que brota del auge industrial, los negocios globales, las inversiones de riesgo, el poder del capitalismo desbridado, la carencia de escrúpulos, los contundentes golpes de mano que impulsan el progreso y también las caídas estrepitosas que conllevan el fracaso y la autodestrucción. Pienso que el gran mérito de Malouf, su solvencia de narrador experimentado, consiste en haber convertido en eje de su escritura las historias de los individuos y, paralelamente, atribuirles ante el lector la cualidad épica de símbolos. Y si uno sigue rebuscando en las esquinas oscuras del texto, que las tiene, acaba descubriendo que la música de fondo suena a gran cantata, o sea, a novela mayor. |