La obra del sevillano Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897-Londres, 1944) viene siendo oreada en las últimas fechas por la editorial barcelonesa Libros del Asteroide. Hay que aplaudir esta apuesta por lo que tiene de vindicación de un autor preclaro (uno de los padrinos del periodismo moderno español), pero desconocidísimo aún para muchos mortales.
La editorial acaba de reeditar, con prólogo de Xavier Pericay, el ensayo periodístico de Chaves Nogales La agonía de Francia. Un texto vívido acerca de las razones –o sinrazones– de la vergonzante defección colectiva de Francia en 1940. Fue durante la invasión cuasi turística del país por parte de las huestes de Hitler. Como apéndice a los dos tomos monumentales (Obra periodística I y II), preparados por la profesora Maribel Cintas para la Diputación de Sevilla, La agonía se editó en 2001 como joyita anexa a estos dos tomazos indispensables. El texto sólo había conocido una magra edición en Montevideo en 1941, a través del sello Claudio García & Cía Editores.
«Nunca una catástrofe nacional se ha producido en medio de una mayor inconsciencia colectiva». Para Chaves, la claudicación de Francia ante la fusta del Reich supuso la entrega de la gema democrática de Europa y de los valores del parlamentarismo. Bien es cierto que las democracias liberales venían sesteando largo tiempo desde las rentas de Versalles. En el caso de Francia se había instalado lo que Chaves llama la «mentalidad Maginot». Los franceses, victoriosos en Verdún, se creían a salvo del enemigo teutón cada vez que éste se aburría y dejaba de leer el Werther de Goethe.
Pero las técnicas bélicas habían cambiado desde la carnicería del 14. Según analiza el autor, en Francia se había instalado una tenia espiritual que abarcó por entero al ejército ya mórbido, inepto y corrupto, a las clases capitalistas y, también, a ese hombre oscuro, malhumorado y colectivo llamado la Administración. Era preferible la esclavitud a la guerra y a otra sangría de un millón de cadáveres. Este pensamiento de realismo derrotista era el que grosso modo gangrenaba el espíritu francés.
Cierto fue que, al principio, hubo una movilización general y que el país sintió el llamado patriótico. Los labriegos dejaron sus heniles, los granjeros sus piaras. Los comunistas y hasta los burgueses de profesiones liberales parecieron unirse en defensa de la nación. Pero todo fue un simulacro, una mera pasarela de uniformes junto a los cafés intelectuales de los bulevares. La gangrena ya se había extendido en el alma francesa. No era cobardía, sino un fatalismo indigno del país que había forjado la Grand Armée y los mitos irredentos del republicanismo. «Nunca Francia –escribe Chaves– ha ofrecido al mundo un espectáculo tan lamentable de pobreza espiritual, de ramplonería, de falta de gracia, de platitud, incluso de grosería y ruindad». Desde su puesto en la agencia Havas en París, el repórter sevillano tomaba el pulso lánguido del país.
Invasión alemana
Con la invasión alemana ya en ciernes, hay que traducir como una boutade la frase antológica del ministro del Interior Georges Mandel: «Iremos de catástrofe en catástrofe hasta la victoria final». Groucho Marx, apartándose el puro de la boca, no lo habría dicho mejor.
En 1940 París se preparaba para la más vergonzante romería hacia los departamentos del sur. Español, pero de aspecto extranjero (gran parecido el suyo con el actor Donald Sutherland), Chaves tomó nota de la infame fuga apostado en los arcenes de las salidas de París. Entre carritos de madres lactantes, viejales con báculos y pobres con hatillos a la espalda, a decir de Chaves lo que se produjo en las carreteras radiales de París no fue en sentido estricto una evacuación trágica que conmoviera al mundo.
Al cronista, decepcionado, sólo le quedaba dejar este funesto París, huir de la Gestapo y llegar a Inglaterra. Allí seguiría con su oficio de repórter, hasta que la salud le dijo basta en un dispensario de Chelsea en 1944. |