"No sé cuantos libros has leído,pero todo lo que has leído es inútil aquí. Tú eres el único que puedes cuidar de ti mismo. (...) Aquí sólo gana el más fuerte". Con 23 años, Harry Wu, estudiante de Geología que de niño era un "ratón de biblioteca", recibió estos consejos de Xing, un preso de origen campesino, cuando en 1960 fue enviado a un centro de detención chino, condenado a trabajos forzados sin juicio, Su delito: ser, a ojos del Gobierno comunista de Mao Zedong, un "derechista contrarrevolucionario" por criticar al Partido y ser un burgués. Wu, entonces Wu Hongda, sufrió durante 19 años hambre, torturas y estuvo a punto de morir. Exiliado en Estados Unidos desde 1985, y convertido hoy en un activista en pro de los derechos humanos en China que se pregunta por qué solo se habla de ellos respecto a los JJOO y el Tíbet, testimonia, en "Vientos amargos. Memorias de mis años en el gulag chino", su calvario en un lugar donde "no cabía la compasión, la generosidad ni la decencia". "Era tan grande la frustración que se inculcaba en una reclusión inacabable, y estaba tan arraigado el hábito de la supervivencia a cualquier coste, que no me sentía culpable de acaparar todo lo que pudiera para mi mismo", escribe Wu. "No soy un héroe, soy un superviviente. Soy un hombre y solo quería vivir", puntualiza hoy desde Washington, donde dirige la oenegé The Laogai Research Foundation, que trabaja para dar a conocer los abusos en el laogai, los campos de reforma a través del trabajo, de los que aún hoy, estima existen más de 1.000 en China.
"El agujero" "Son máquinas de las represión de la dictadura comunista -explica- donde los presos son forzados a trabajar y forzados a reformarse". Con temperaturas gélidas, castigos en celdas de aislamiento del tamaño de un ataúd -"el agujero"- y subsistiendo con una dieta insuficiente, los presos, usados como mano de obra barata en minas, granjas o fábricas, debían seguir además sesiones diarias de doctrina en la que solo podían leer el "Diario del Pueblo" o el "Libro rojo" de Mao y que servían para denunciarse entre ellos. "El laogai manitene al pueblo callado", afirma Wu. Recordando la vieja tradición de vendar los pies a las jóvenes, piensa que el Partido hacía lo mismo con los pensamientos "para que la mente nopudiera moverse con libertad". "Era un buey con las ideas vendadas en el campo chino. Solo comía, trabajaba y dormía. Millones lo hicieron. Afortunadamente ya no soy como un buey, Soy un hombre libre". En "Vientos amargos", que firma junto a la periodista Carolyn Wakeman, recuerda: "No sentía miedo, porque carecía de esperanza". Su único refugio era "no pensar". Las hambrunas llevaron a la inanición a muchos presos. "Era cada vez más difícil distinguir a los muertos de los vivos (...) Dejamos de prestar atención cuando alguien empezaba con las convulsiones y jadeos característicos de los últimos momentos. La muerte llegaba casi desapercibida". Colocaban los cadáveres sobre una jarapa de juncos y "los enrollaban como si fueran rollitos de primavera" para llevarlos, "junto a los demás rollitos de primavera, hasta un lugar al que llamaban el 586", relata. Era una "inmensa extensión de desechos humanos" bajo millares de montículos. "Todo el mundo tiene el mismo destino, la tumba. Algunos tardas 90 años en llegar a ella, otros mucho menos. Después de morir, no te queda nada, te conviertes en nada. Yo sólo quiero vivir", reflexiona hoy. Los antecedentes de Wu (Shangái, 1937) no podían ser más peligrosos: tercero de ocho hermanos en una familia acomodada, educado por los jesuitas y protegido de la pobreza, violencia, habmre y miedo que reinaba en casi toda China. Su padre dirigía un gran banco; eslo convirtió en "lacayo y perro faldero" de los capitalistas, amigo de Occidente y enemigo, por tanto, del comunismo; sumido en la miseria tras las primeras represalias, fue humillado y azotado por los guardias rojos en la Revolución Cultural.
Las cien flores En la universidad, aunque Wu evitó afiliarse al Partido, sufrió el acoso continuo de los camaradas para que reconociese que su padre "traicionó y explotó a la clase trabajadora". Durante la Campaña de las Cien Flores de 1957, que instaba a expresar "libremente" opiniones sobre el Partido para ayudar al avance del país -"Dejad que cien flores florezcan y que cien escuelas de pensamiento discutan", decía Mao-. Wu, confiado por el clima de apertura, criticó en una asamblea la política de 1955 de Eliminación de Contrarrevolucionarios. Fue detenido por primera vez, junto a otros cientos de profesores y estudiantes qeu también se animaron a opinar, aunque sorteó el laogai hasta 1960. Nueve años después mejoró algo su situación al pasar a ser personal de servicios obligatorios en reinserción.
Rechazo familiar Cuando lo liberaron, en 1979, con 42 años, todo lo que recibió de la mayoría de sus hermanos, que le acusaban de haber perjudicado a la familia, fue "rechazo, frialdad e ignorancia". "Esta es la realidad de Chin", afirma aún hoy. Cuando murió su padre, un "marginado social" como él, siguió su último consejo y huyó de un país donde no tenía futuro. Pero hubo otro consejo paterno que recibió siendo un niño acosado por matones del colegio y que le ayudó a superar los vientos amargos: "Si te tiran al suelo, vuelve a levantarte. No te rindas". |