El género autobiográfico es, en la mayoría de los casos, un caldo imbebible en el que los escritores suelen comportarse como verdaderos capullos incapaces de asumir sus defectos. Partir de una idea tan simple a la par que enrevesada como es la de acercarse a la realidad de uno mismo es, con toda probabilidad, la prueba de fuego definitiva para todo autor que desee llamarse como tal. Quizá por eso sea a la vez uno de los géneros que más puntapiés recibe por parte de la crítica. Y que más vende, por supuesto. Evelyn Waugh fue un escritor tan ameno y populista, tan ambivalente y juguetón a ratos, que pocos lectores han sido capaces de tomárselo en serio; lo cual, huelga decir, es una verdadera lástima. Delicioso siempre que quiso ponerle empeño y socarrón hasta decir basta, el autor de las aclamadas "Retorno a Brideshead" y "Un puñado de polvo" es uno de esos escritores capaces de hacernos plegarnos ante el halo brillante que rodea todas las cosas de la vida, incluso las más malsanas e incómodas. A los veinticuatro años Waugh intentó quitarse la vida ahogándose en el mar; al cabo de unos minutos tuvo que abandonar la romántica idea: topó con un banco de medusas y éstas empezaron a picarle. Pocos son capaces de vivir y contar historias que, como aquel intento de suicidio, se zambullan en el absurdo y en la más infinita de las tristezas, emergan indignadas y se sequen con el humor más negro y reluciente. "Una educación incompleta" es la primera parte de una biografía que se vio truncada por la muerte del autor en 1966. En líneas generales cede más a la influencia de las novelas de iniciación de Nancy Mitford -su obra, editada en Libros del Asteroide, es más que recomendable para aquellos que disfruten con este libro- que a la de "La lengua absuelta" de Elias Canetti o "Las palabras" de Jean-Paul Sartre, dos cumbres del género. Con lo cual, quizá ésa sea su mayor virtud y a la vez su mayor defecto, el libro discurre por el camino de la acción más que por el del pensamiento, dándonos una visión de un Waugh que, pese a ser tajante (y a ratos hasta hiriente) consigo mismo, no deja de ser parcial y alborotada. Una lastimita. |