Por Pedro M. Domene
Stegner reinventa los espacios salvajes del Far West y disecciona con la maestría del cirujano las debilidades humanas.
En el concepto de la historia literaria universal más práctica, lo literario y lo artístico del siglo XX, se despacha en dos pensamientos: el modernismo y el postmodernismo. Este es un planteamiento que nos lleva a una realidad, con posibilidades filosóficas que propugnaron abundantes secuelas en una ficción moderna que obligaba al escritor a atender las realidades de poder o fuerza política, a las presiones mediáticas, a la indignación, en suma, a estar en estrecho contacto con la vida. Ese clima de realismo recuperado, tras la Gran Guerra, derivó en una generación de escritores que crecería en número y calidad: Scott Fitzgerald, West, Anderson o Stein, a quienes siguieron Hemingway, Faulkner, Dos Passos y Steinbeck. El impacto de una tradición europea estará presente en las obras de algunos autores señalados, y recorre buena parte de la narrativa de Wallace Stegner (1909-1993), profesor de escritura creativa, novelista, autor de relatos y ensayos biográficos e históricos sobre la realidad del Oeste, un espacio de saludable tradición en la literatura norteamericana con especial atención a la naturaleza, que entroncaría con los clásicos, Thoreau, Waldo Emerson, Cooper o Twain. Stegner reseña, explora y reinventa los espacios salvajes del Far West, y fabula con sutileza las relaciones de pareja, la vejación producida en el trato tras el paso de los años, aunque sus personajes sobresalen por el valor y los matices que configura el carácter tanto de las mujeres y de los hombres que protagonizan sus historias.
Dos novelas habían aparecido hasta el momento traducidas, Ángulo de reposo (1972) y En lugar seguro (1987), no necesariamente publicadas en este orden. El pájaro espectador (1976), última entrega, cuenta la madurez de un agente literario jubilado, Joe Allston, retirado con su mujer Ruth en California, un cómodo lugar donde se siente un privilegiado espectador a la espera del final de su vida. Sin antepasados ni descendientes, la llegada de una postal de una vieja amiga desde Dinamarca, de Bregninge, le lleva a buscar y releer los diarios que escribió veinte años atrás, cuando viajó al país nórdico en busca de sus orígenes familiares. Los tres cuadernos, fechados en 1954, narran los cuatro meses compartidos con la condesa Astrid W. K., su excéntrico hermano Eigil Rødding, y su esposa Manon, aunque será la dama quien les mostrará los mejores ambientes del país nórdico, recorrido que incluye una visita a Karen Blixen, retirada tras su estancia en Africa. La lectura de estos diarios se alterna con el hilo argumental de la existencia de los Allston, incluidos los cercanos Ben y Edith o Tom Patterson, el recuerdo de su hijo Curtis, o la visita de un afamado y conocido, en otro tiempo gran escritor, Cesare Celli. Adorna el relato esa eterna pregunta acerca de la propia autoestima y, por extensión, la de sus personajes. Sobresale, como en anteriores entregas, esa voluntad del escritor por retratar una variada multiplicidad de sensaciones y sentimientos que se dulcifican en la placidez de una madurez.
El pájaro espectador, ahonda, con magistral acierto, en las debilidades humanas, Stegner recala en sus virtudes y defectos, disecciona con la maestría del cirujano a sus personajes y, en ocasiones, ese análisis resulta incoherentemente espléndido, al mismo tiempo que muestra la soledad, sentimiento, indudablemente, dignificado con la fuerza de su prosa.