02. La prensa dice

7 jun
2012

Artículo sobre "Algún día este dolor te será útil" en Número Cero

Cambia de cara

Por Miqui Otero

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’Algún día este dolor te será útil’, de Peter Cameron (Libros del Asteroide)

Permitidme un arranque rimbombante: la adolescencia es una isla a la que todo adulto quiere regresar y de la que todo adolescente quiere huir en algún momento.

Apenas superada la torpeza física que tan bien simboliza el pelo, los colmillos y el descontrol de ’Teen Wolf’, esos escasos años larvarios en los que las mutaciones físicas se disparan en paralelo a tropezones y vergüenzas, llega esa otra zozobra metafísica, eco de aquella fase de los tres años en la que los niños preguntan “por qué” a todas las cuestiones elementales (del azul del mar a la electricidad del enchufe, pasando por la locuacidad subacuática de Bob Esponja y por la muerte) y pocas de sus dudas quedan verdaderamente resueltas por unos adultos aparentemente invulnerables.

James Svecq es un viejoven de 18 años aquejado de su propia lucidez. Un neoyorquino pijo de gustos elevados (su madre es una galerista ociosa, su perro se llama Miró) que a menudo se deja raptar por melancólicas ideas como la de que le encantaría que la gente estuviera permanentemente adormilada y dócil como a la hora del desayuno o como la de ser bibliotecario: “Trabajar en un sitio donde la gente tenía que susurrar y sólo hablaba cuando era necesario. ¡Ojalá el mundo fuera así!”.

Si algo odia el protagonista de la inteligente, divertida, triste, leve, hipocondriaca, encantadora y trascendente novela ’Algún día este dolor te será útil’, de Peter Cameron, es el sentido común hacia el que se ataja por el tópico (el invento para una inteligencia, la humana, que propende permanentemente al descanso y la pereza) y por el lenguaje más perverso y pobre. Por eso Svecq, que domina el lenguaje, pero que aún no sabe empalabrar su dolor de niño adinerado y desnortado, contesta con silencios a la psicóloga que intenta sacarle juicios como si fueran muelas y responde a su padre con preguntas cuando éste cuestiona su sexualidad o su futuro.

“Apenas expresamos algo lo empobrecemos singularmente. Creemos que hemos descubierto en una gruta maravillosos tesoros y cuando volvemos a la luz del día sólo traemos con nosotros piedras falsas y trozos de vidrio”, escribió Maeterlinck, para que lo recogiera más tarde Robert Musil en ’Las tribulaciones del estudiante Törless’ (Seix Barral). Ésta, como el resto de novelas y películas de iniciación, pulsa teclas parecidas aunque sea para crear melodías muy distintas: “Los muchachos eluden el peligroso y blando terreno de las sensaciones propias de esos años, en los que uno tiene que distinguirse en algo, siendo aún demasiado torpe para ello”. La forja de “ese fondo inmóvil de personalidad”; del carácter, vaya, con el que intentar ir tirando el resto de la vida cuando las cosas se ponen verdaderamente chungas y groseras.

Svecq, como muchos chavales sensibles de su edad, no quiere hacer eso que hacen los actores para vivir: actuar, así que prefiere no subir al escenario y no dar escenas. Pero el recuerdo de una especie de trauma que vivió en un campamento de cerebritos republicanos pertenecientes a clases biempensantes le escala el esternón como el peor ardor. Del mismo modo que en los campos nazis los condenados debían leer en la puerta la frase “El trabajo os hará libres”, él quiso escapar de un campamento que tenía como lema “Algún día este dolor te será útil”, pero lo único que ha conseguido desde entonces es acabar empapado de una desorientación que le causa un dolor aún mayor.

Otros chavales de clase trabajadora romperían cabinas o se deslizarían en las camas de niñas con coches de más de tres millones sólo por el placer de poner una pica en Flandes (y por joder, en la doble acepción del término); Svecq, en su mundo de Visa oro, procede a tocarles las narices a sus padres anunciando solemnemente que no quiere ir a la selecta universidad de Brown. Su única confidente es su distinguida abuela, que vive esa caprichosa edad en la que ya no se tiene nada que ocultar y que tanto se parece a la infancia y a la pubertad.

El protagonista de esta novela es, pues, como un concursante de Saber y ganar que cree saber todas las respuestas del concurso pero al que le da una pereza tremenda siquiera estirar el brazo para darle al pulsador.

’Algún día este dolor te será útil’ es una horchata con antidrepresivos, son unos mocasines y un jersey Ivy League, es una canción de Vampire Weekend y también una película de Noah Baumbach y una gran historia de iniciación y un delicado retrato del estado mental de Nueva York tras el 11S. La tildarán de “novelita” porque los que se creen adultos, los que jamás tuvieron las narices de preguntar las cosas más básicas, los que ondean el sentido común y la coherencia como valores universales, los que nos han llevado a todo esto, jamás entenderán las Cosas que Realmente Importan. Los que sólo consideran inteligente a Tolstoi (que lo es) cuando habla de adolescencia, los que no recuerdan que tan valioso es el ceñudo Wagner como el a menudo pizpireto Mozart (o como los eternos Beach Boys), los que no reconocen que se puede acceder a la verdad y a la belleza por muchas veredas alejadas de las autovías de lo que ellos consideran (pausa dramática) auténtico e importante.

A James Sveck le leería aquel aforismo que dice que “el único refugio de los hombres complicados reside en los placeres simples”, le invitaría a un pacharán en una bodega de mi barrio donde la camarera portuguesa le sonreiría y le diría no pasa nada cuando se le vertiera el líquido rojo del vaso, le pondría a volumen 11 la canción ’Come sing me a happy song to prove we all can get along’ del folkman inglés Bert Jasch hasta que le pareciera que dura sólo un parpadeo, le señalaría desde mi terraza los rayos de la montaña de Montjuïc que siempre brillan desde las nueve hasta la medianoche sientas lo que sientas y te pongas como te pongas, le diría que todos nos vamos a morir, pero que nos queda el consuelo de que no seremos los únicos, le presentaría a mi chica y haríamos palomitas para ver alguna película de Billy Wilder y lo acompañaría al aeropuerto en moto para que el aire le espabilara las ideas y lo despeinara un poco.

El editor español de esta novela, Luis Solano, eligió para apuntalar la historia una bonita cita en la que Salinger, escritor que, paradójicamente, tecleó durante años encerrado en un búnker, dice que lo que ama de los libros es cerrarlos e imaginar que el autor podría ser su amigo. Resulta muy fácil cogerle cariño, en este caso, al personaje. En ’El guardián en el centeno’, referencia inevitable a la que le he hecho una aguadilla hasta este último párrafo, la pregunta es a dónde van los patos de Central Park cuando llega el invierno. En la última escena de ’Tiny Furniture’, de la también talentosa, joven, neoyorquina, acomplejada y pijísima Lena Dunham, la chica está abrazada a su madre en la cama y aleja el despertador insidioso de la habitación para que el tic-tac del tiempo no sea tan doloroso. Entonces le susurra: “Ahora mejor, ¿no?”. Eso es lo que le diría a Svecq poco antes de que le pidieran en el control del aeropuerto que se descalzara sus náuticos. Entonces añadiría un hasta luego y le soltaría: “No cambies, pero cambia de cara. Y dale recuerdos a Peter Cameron”.

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