02. La prensa dice

2 jul
2005

A la caza del amor, por José María Guelbenzu

Las hermanas Mitford pertenecen a la mitología de la sociedad inglesa de la primera mitad del siglo. Diana fue la esposa del líder fascista británico Oswald Mosley; Unity, amiga íntima de Hitler, enloqueció; Jessica llegó a ser una periodista de impacto en Estados Unidos y Pamela y Deborah mantuvieron el estilo gentry de manera impecablemente inglesa a lo largo de su vida; todas ellas eran hijas de un aristócrata. Nuestra autora, Nancy (1904-1973), escribió cuatro novelas y cuatro biografías además de un ensayo sobre los modos y costumbres de la aristocracia inglesa que se ha convertido poco menos que en un clásico sobre el tema. Sus novelas tuvieron una calurosa acogida.

A la caza del amor cuenta la vida de la familia Radlett (trasunto de la suya propia) a través de una narradora, Fanny, que es sin duda la propia Nancy. Comienza en la infancia en la casa de campo de Alconleigh y pronto su mirada se decanta por seguir la figura de Linda con lo que la perspectiva resulta curiosa: convertida en Fanny, construye un personaje, Linda, que es ella misma; un caso de desdoblamiento que, literariamente, tiene gracia. Y aunque sigue a Linda, no deja de insertar de manera constante al resto de la familia, que opera como un bloque de contraste perfectamente complementario.

El libro está escrito con un sentido del humor típicamente británico; es mordaz, ingenioso, revela una inteligencia nada desdeñable y unas buenas dotes de observación, retrata a los personajes secundarios con trazos certeros, no teme decir las cosas como son, no es empalagoso... en fin, es un libro la mar de entretenido aunque especialmente dirigido a aquellos que aprecian el costumbrismo inglés. Un poco más empalagosa es la figura de Linda porque, realmente, no presenta entidad suficiente para sostener una novela y en sus historias de amor (tres en total) pinta más lo pintoresco que lo hondo, razón por la cual bordea peligrosamente a veces el tópico -su relación con el personaje de Christian, un joven entregado a la causa comunista, por ejemplo-. La verdad es que Linda es un personaje más bien esnob e insustancial y llega un momento en que sus actividades cansan; Nancy Mitford no ha querido tirar de los elementos dramáticos -o, simplemente, más intensos- de su personalidad y la novela se queda en un relato de ingeniosidades y extravagancias muy divertidas, sí, pero que a partir de un momento empiezan a resultar repetitivas. Tampoco es muy apreciable en su estructura, que se compone de escenas que van sucediéndose a merced del paso del tiempo, sin otro criterio que el de narrar los aspectos más chocantes de una vida amorosa relatada en superficie. Es decir: no se ve una intención que guíe la novela más allá del retrato de tipos y costumbres.

Con todo, no piense el lector que se trata de un libro ininteresante; es verdad que gustará sobre todo a los amantes de lo inglés, pero, además, como sucede tantas veces, lo que se convierte en verdaderamente interesante y divertido es el escenario de fondo: la familia Radlett. Ahí encontramos toda una serie de personajes que van del iracundo Mathew, el padre, ladrador y poco mordedor, guardián inflexible de la esencia británica, a la esposa, Sadie, los hijos o la tía Emily, que es en la ficción la madre de Fanny, a la que adoptó cuando su madre biológica, apodada La Desbocada, y su padre la dejaron en sus manos para entregarse libremente a sus correrías por el mundo (hay un leitmotiv muy bien utilizado referido a ella, cuando las primas Radlett, jovencitas soñadoras, periódicamente le dicen a Fanny con verdadera envidia: "Qué suerte tienes por tener unos padres perversos").

Los dos personajes con más gancho son Lord Merlin, un cultivado aristócrata y esteta que es la contrafigura de Mathew, y Davey, el hipocondriaco esposo de la tía Emily. Las apariciones en escena de ambos, muy bien medidas, acaban por robar plano a los demás y se convierten en personajes tan ajustados como sumamente atractivos. No tienen, como los demás, otra función que la de marcar los pasos del relato y ambos lo hacen con total acierto. Al final, es la historia de Linda la que va poco a poco perdiendo interés, que no brillo, y la autora se deshace de ella sin más en el último capítulo. Un libro, pues, muy divertido que se queda sólo en eso por falta de sentido del riesgo (narrativo) de su autora.

Jose María Guelbenzu

El País