La prensa dice

29 oct
2009

Y Robertson Davies rió seis veces, por Nadal Suau

La lira de Orfeo es una novela protagonizada por eruditos, y la trama principal es la composición y puesta en escena de una ópera romántica inconclusa. ¿Siguen aquí? Pues sepan que, simultáneamente, también es una lectura apasionante que nos agarra por las solapas para no soltarnos jamás. Reímos en voz alta (sí, sí, «eruditos» y «ópera», pero reímos en voz alta), galopamos sobre sus desbordantes diálogos y, cuando acabamos el libro, enseguida nos preguntamos si seguirán traduciendo al autor.

El «autor» es Robertson Davies, claro. No puedo ceñirme a un discurso crítico contenido cuando trato libros de este canadiense: Davies me entusiasma. No me atrevo a establecer cuál es su verdadera estatura en la gran competición de los genios universales: Thomas Mann es más grande que él, claro; Kafka es más profético y define mejor su siglo, por supuesto; algunos decimonónicos, como cierto Dickens, son tal vez aún más entretenidos; Pynchon o Joyce llevan más al extremo las posibilidades técnicas del género, lo admito; y esto solo son ejemplos aunque Mann y Dickens no están escogidos al azar.

Lo que sí diré es que Davies cuenta con algo muy valioso: gracia. Como el término puede tener varias acepciones, trataré de explicarme. Davies es observador y es alquimista. Sus libros están llenos de apuntes psicológicos, sociológicos o escatológicos exactísimos, pero al mismo tiempo, en sus manos, se convierten en algo mejor, brillante, entrañable. Davies le da la vuelta a una ocurrencia de Poe. El norteamericano escribió de uno de sus personajes que «tenía la costumbre de llamar ’extraña’ cada cosa que estuviera más allá de su comprensión, viviendo así entre una legión completa de extrañezas». En cambio Davies, que es un mago y un sabio, lo comprende todo, y precisamente por ello, vive entre una legión de prodigios.

Hablemos de gracia. Por un lado, estamos ante un humorista magistral que se burla de las convenciones, de las jugarretas que nos hace el Tiempo, de la ignorancia (que puede ser analfabeta o erudita)... Es antológica, por ejemplo, su parodia de la pedantería modernilla cuando, en La lira de Orfeo, describe la «película» After infinity, sordidez dirigida por un jovenzuelo universitario que quiere romper con la «linealidad del guión» mostrando un futuro postnuclear, en el que los actores (todos amigos del realizador, por supuesto) intentan sacarse leche de «sus lisas e ineptas tetillas»; en el que aterradores pasos son simulados con dos medias cáscaras de coco... En fin, arte y ensayo muy cutre, pero hecho con una pasión disparatada. Además, el final de la película es de lo más sombrío, «acorde con la gran tradición estudiantil de la desesperación».

¡«Gran tradición estudiantil de la desesperación»! ¡Esa genialidad resume mis años universitarios en Barcelona, simulando que me sentía obligado a salvar el mundo! ¡Esas revistas que editábamos fotocopias grapadas para anunciar que sólo una aristocracia órfica podría redimir a la humanidad de su deriva actual, el «harakiri econométrico y cognoscitivo» capitalista! ¡O incluso, esos manifestantes de campinggas que hace un año se miraron al espejo con orgullo porque habían acampado en el hall de la facultad exigiendo (como en La vida de Brian) la «inmediata supresión» del Proceso de Bolonia, sea eso lo que sea contal de que nos proporcione la suficiente desesperación!

Esa «gran tradición estudiantil de la desesperación» es un hallazgo típico de Davies que revela otro aspecto de esa gracia literaria: el cariño por todas sus criaturas. Puede bromear acerca de sus debilidades, flaquezas o malos pasos: pero Davies cree en las personas. La piedad en que se basa su escritura la convierte en un acto moral, por encima de sus tretas folletinescas, su ironía o sus continuos ramalazos eruditos. Tal vez eso tenga que ver con su compresión del espíritu que anima la verdadera religión. Parece que la lectura de Jung le hizo entender la existencia de arquetipos, la evidencia de que todos habitamos un mito y tenemos un destino. A partir de ahí, Davies imagina un Dios (vale, o una fuerza inmanente, o un qué se yo) «que se hubiese regocijado y deleitado con su obra».

En un gran pasaje, escribe que Dios rió siete veces, creando un mundo de espacio y tiempo en el que los hombres disponemos de unasola arma para entender qué nos pasa: el alma. Pero al alma hay que escucharla, y el mundo moderno la ha sepultado.

En La lira de Orfeo, la ópera que montan los personajes trata de Arturo, Lanzarote y Ginebra: la traición entre seres que se respetan y se quieren. En Davies, no es extraño que al final los personajes que protagonizan esa ópera y los que la conciben acaben confundiéndose. La novela recupera el sutil juego entre realidad, ficción y fraude que ya disfrutamos en Lo que arraiga en el hueso, y la Trilogía Cornish ve incrementada su excelente galería de individuos con algunas adquisiciones de órdago, como la doctora Gunilla Dahl-Soot o la joven músico Schnak (que me recuerda, no puedo evitarlo, a Lisbeth Salander sin el trazo grueso que imponen los fast-books).

Con La lira de Orfeo, Robertson Davies ha vuelto a apasionarme, y no he querido disimularlo. Anímense y léanlo, así seguirán traduciéndolo. Gracias.

Diario de Mallorca