La prensa dice

1 oct
2006

William Maxwell, por Antonio Lozano

Vinieron como golondrinas, novela escrita con lágrimas en los ojos al inspirarse en la muerte prematura de la madre de William Maxwell, es la máxima expresión de una humildad y sencillez literarias embriagadoras por venir de alguien que fue el editor de los más grandes al entender que, en primer lugar, su propia prosa debería responder a su ideal de escritura, a ese "ser tan natural como respirar y, siempre que sea posible, desligada de su autor".

Prefacio: Frente a un autor que ha recabado elogios de los dioses del olimpo de las letras norteamericanas vivas y muertas de todo el siglo XX, cuyo trabajos o bien perfeccionó como editor de ficción de The New Yorker (y hablamos, ojo, de Cheever, Salinger o Updike) o bien inspiró, el articulista debe desaparecer y ceder la palabra. Si acaso, apuntar apenas que sus relatos y novelas son camisas a medida, impecablemente planchadas, que uno se pone y al mirarse al espejo se siente con ellas extrañamente más sabio, incluso mejor persona (Richard Bausch habla de "gracia" al leerle, Charles Baxter de "generosidad"). Dejarse acunar por su voz precisa y diáfana es escuchar a alguien que parece haber conocido los más diminutos recovecos del alma humana, estar de vuelta del arco completo de los matices sentimentales, decidido a compartirlos con una falta de pretensiones y de ruido que le hacen rozar involuntariamente la perfección.

Un ejemplo de lo dicho: "La verdad es que Lymie nunca había deseado morir, en ningún momento. La verdad no tenía nada de la sencillez ni de la claridad que ella se pensaba. Se enmascara tras contradicciones y paradojas, es más fácil acceder a ella a través de una mentira que por medio de un testimonio honesto. Si se la persigue, la verdad se bate en retirada, encadena un rostro falso tras otro y, finalmente, se mete bajo tierra, donde solo puede ser alcanzada en la absurdidad compleja y agonizante de los sueños" (The Folded Leaf).

Maxwell por Maxwell:

1) " (A los veinticinco años) no sabía que tres cuartas partes del material que iba a necesitar para el resto de mi vida como escritor ya estaban a mi disposición. Mi padre y mi madre. Mis hermanos. El reparto de personajes - tías afectuosas, amigos de la familia, vecinos blancos y negros- más grandes que la vida a los que había sido introducido al ser traído a este mundo. La climatología. Hombres y mujeres que llevaban reposando mucho tiempo en el cementerio, pero que eran vívidamente recordados. La Historia Natural de Mi Hogar (...) Todo estaba ahí, esperando a que aprendiera el oficio y fuera así capaz de reconocer, de forma instintiva, qué daría para un relato y qué aguantaría el complejo entrecruzado de ficciones más largas".

2) Sobre a lo que puede aspirar un escritor: "No a la vida, por supuesto, no a la vida auténtica, no a los niños o a las rosas, solo a un facsímil llamado literatura. Para llegar a este facsímil el escritor tiene, más o menos, que renunciar a sus derechos de nacimiento respecto a la realidad, cuando resulta que pocos son los que tienen una idea más precisa acerca de lo que es, de sus recompensas y satisfacciones, o sobre lo que hacer con un día entero por delante. ¿Qué hay en ella para él? ¿La esperanza de la inmortalidad? Las posibilidades son demasiado escasas como para interesar a una persona sensata. ¿Dinero? Bueno, el dinero ya no es ni siquiera dinero. ¿La fama? Para los jóvenes, que se sienten en un peligro constante de ser ignorados, de que no se le preste atención en las fiestas, quizás, pero nadie con más de cuarenta años y que esté en sus cabales desearía ser famoso. Interferiría con su trabajo, con su vida familiar. ¿Por qué entonces la exitosa manipulación de emociones lo debería ser todo para un escritor? ¿Para qué preocuparse en inventarse cuentos y novelas? Si le preguntas al respecto, probablemente obtendrás un buen número de respuestas, ninguna de ellas clara. Sería lo mismo que interrogar a un marinero sobre los motivos que le han llevado a pasar su vida en el mar" (Conferencia "The Writer as Illusionist")

Maxwell por otros:

"De forma que así es como debería ser. Pensé: si simplemente pudiera volver atrás y reescribir cada una de las líneas que he escrito (...) imbuyéndome de su espíritu" (Alice Munro)

"La literatura era la religión de Bill" (Benjamin Cheever)

"Parecía creer que cualquier personaje, ya fuera bondadoso o malvado, merecía ser tratado con respeto (...) Nunca dijo o escribió una frase meramente para generar un determinado efecto" (Charles Baxter)

Posfacio: Leer Adiós, hasta mañana (reeditada por Siruela) o la recién traducida por vez primera Volvieron como golondrinas (Libros del Asteroide) sería un deber moral si la literatura tuviera algo que ver con el deber y con la moral. Pero como esta es solo una pasión inútil, hacerlo deviene nomás que un regalo.

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