La prensa dice

5 may
2007

Vinieron como golondrinas, por Ignacio P. Midore

En medio del diluvio de novedades supuestamente imprescindibles que hay que leer al son de las modas, la editorial Libros del Asteroide, un proyecto independiente nacido hace ahora dos años, nos invita a «escapar de las órbitas más transitadas y servir de guía a quien quiera atreverse a otear el firmamento literario por su cuenta en busca de verdaderas estrellas». Su catálogo, una inteligente mezcla de valentía y buen olfato, ofrece una esmerada selección de la mejor literatura de los últimos 60 años -en su mayoría libros inéditos en nuestra lengua o hace tiempo descatalogados-, lo que devuelve al lector su faceta de descubridor’. ’Vinieron como golondrinas, del que fuera durante más de cuatro décadas editor literario de la reputada revista The New Yorker, William Maxwell (1908-2000), es uno de sus títulos publicados.

Basada en un episodio que pertenece a la propia biografía del autor, la novela cuenta el devenir cotidiano de los Morison, una familia de clase media de una pequeña ciudad del Medio Oeste norteamericano, durante la epidemia de gripe que asoló Estados Unidos a finales de los años 20 del pasado siglo. Contada linealmente, la obra se estructura sobre tres bloques narrativos que constituyen sendas miradas, superpuestas y complementarias, sobre la figura de la madre, personaje unificador que aglutina las relaciones de todos y es el eje central de la trama.

La primera parte, escrita desde la perspectiva de Bunny, el hijo pequeño de ocho años (un trasunto del niño que Maxwell fue), se inicia con un soberbio primer capítulo tan perfectamente elaborado, equilibrado e intenso que es por sí mismo un cuento sobre el amor materno-filial.

A través de Bunny percibimos los ruidos de la casa -la lluvia goteando desde el tejado, el diálogo de los relojes desacompasados, los pasos del hermano recién levantado-, las canciones infantiles, las palabras desconocidas, las conversaciones de los mayores: un espacio construido sobre tantos pequeños detalles quenos revela de modo sutil un universo minimalista que sólo la sensibilidad de un niño parece capaz de registrar. Y en el centro de ese universo, como un sol irradiante de ternura y seguridad, se erige la figura de la madre, Elizabeth, presencia hecha de gestos y miradas, del sonido de su voz o del movimiento de las manos.

La mirada de Robert, el mayor de trece años en la frontera entre la infancia y la adolescencia, compone la segunda parte. Marcado por su impedimento (perdió una pierna en un accidente), Robert parece empeñado en querer demostrar en todo momento su independencia emocional y su autonomía física. Su mundo, mucho más rudo que el del hermano, está hecho de partidos de fútbol, de tareas domésticas que exijan esfuerzo o de las afinidades con su padre. Sin embargo, su insensibilidad, afán de competitividad y brutalidad incluso, no son más que una fachada, pues, cuando Robert sube al tejado para observar la vida desde arriba, descubrimos una personalidad oculta. Como si observáramos el envés de un tapiz, desde su atalaya-refugio, apartado de todos, el muchacho desvela entonces sus necesidades afectivas, su actitud protectora hacia la madre, su interés por el mundo de los mayores y, en un pasaje absolutamente espléndido, sus fantasías de recuperación, ensoñación que Robert teje y desteje, quitando y añadiendo detalles, como un artista ilusionado que espera ver terminada su obra.

En la última parte, la novela nos coloca tras el prisma del padre, James. Aturdido por el golpe que supone la muerte de la esposa, asistimos a la descripción de su inmenso dolor y al infinito vacío de la ausencia. En un magistral y breve capítulo que nos hace sentir toda su desolación y todo su desamparo -como hiciera Bunny, escondido entre la ventana y los visillos, y Robert, aislado en las alturas del tejado-, James Morison se oculta en la noche helada, bajo la nieve persistente, y recorre las calles aledañas a la casa buscando las motivaciones que le permitan seguir adelante.

Entre el plácido discurrir familiar y el sobresalto de la enfermedad y la muerte, William Maxwell edifica una exquisita novela que nos adentra en el territorio de las emociones y los sentimientos esquivando con pulso sublime los escollos de lo lacrimógeno y la sensiblería ramplona.

Como una nota musical que quedara vibrando en el aire hasta desvanecerse, ’Vinieron como golondrinas’, una sobrecogedora joya literaria escrita sin alharacas, pertenece a ese tipo de libros que leemos como suspendidos en el tiempo y el espacio, sin siquiera hacer ruido al pasar las páginas, como si temiéramos romper el frágil equilibrio en que se sostiene y nuestra sola presencia pudiera quebrar su emocionante levedad.

La Opinión de Granada