La prensa dice

23 sep
2009

Una noche en la ópera, por Sergi Sánchez

La lira de Orfeo abre las puertas del otro mundo, reza el epígrafe de E.T.A. Hoffman con que se abre el capítulo final de la Trilogía de Cornish. ¿Cuál es ese Otro Mundo, si me permiten las mayúsculas? Es el mundo de Robertson Davies: un mundo envasado al vacío, como debe ser el de una novela ambientada en el entorno académico; un mundo aislado de la contemporaneidad (leyendo La lira de Orfeo resulta difícil saber si la acción transcurre hoy o hace dos siglos); un mundo alegórico, una suma de representaciones, de puestas en escena, que remiten a un mito primigenio. Hablamos de la leyenda artúrica, del triángulo formado por el rey Arturo (aquí Arthur Cornish), su esposa Ginebra (aquí Maria) y el amante Lanzarote (aquí Geraint Powell), que encuentra su reflejo en la ópera Arturo de Britania, que E.T.A Hoffman dejó inacabada y cuyo montaje la Fundación Cornish se empeña en financiar, a pesar de que los augurios no son precisamente buenos.

Puede parecer que La lira de Orfeo necesite de la lectura previa de ángeles rebeldes y Lo que arraiga en el hueso. No lo parece, lo es: a estas alturas es evidente que Robertson Davies concibió la trilogía como una sola novela. La densidad intelectual de esta obra magna, que mezcla con autoridad y deliciosa ironía los arcanos del tarot, los efectos de las paperas en un hombre adulto, los estudios de musicología, la vida gitana, los efluvios alcohólicos y la literatura artúrica, no debería asustar al lector. Aunque consciente de su elitismo, Davies lo pone en tela de juicio enseñando las miserias de los mecenas, los profesores envidiosos e ignorantes, las alumnas brillantes pero malolientes. Ni siquiera muestra demasiado respeto por el fantasma de E.T.A. Hoffman, al que hace aparecer, en una decisión más que atrevida, como comentarista, en directo y desde las alturas, de la acción en la que él ocupa una posición central.

La novela demuestra que una ópera del montón puede transfigurarse gracias al genio de una deslenguada doctoranda. La preparación y estreno de Arturo de Britania despliega todos los encantos del estilo Davies. Es como una screwball comedy de los años 40, donde confluyen el estilo juvenil y un tanto caótico de Howard Hawks con la finura sarcástica de Preston Sturges. El símil es cinematográfico porque el colorido de la prosa de Davies lo evoca, pero de lo que se trata es de examinar los andamios del Arte en sí, en todas sus múltiples manifestaciones, sea escrito o representado. Como ocurría en Lo que arraiga en el hueso, la novela acaba siendo una reflexión sobre la necesidad del arte: del arte, claro está, como reflejo de las grandes verdades de la vida, «que son la cera y que a lo único que podemos aspirar es a dejar en ella sellos diferentes, pero la cera es la misma eternamente...»

Toda la obra de Davies responde a esa máxima. Quizás su único problema es que en algunos pasajes es demasiado consciente de lo importante de su huella, pero pronto se apresura a redimirse: solo la generosidad, la caridad y el amor nos harán más tolerantes con el error ajeno. Y su literatura posee estas virtudes y unas cuantas más que exceden el tamaño de este texto.

El Periódico