La prensa dice

5 ago
2009

Una dinastía transilvana, por Robert Saladrigas

Los días contados es una obra literaria que nunca -como tantas otras de su calado- mereció ser víctima inocente de la disparatada historia europea del siglo XX, que la arrumbó sin misericordia hasta hace bien poco. Su autor es Miklós Bánffy (Kolozsvár,Hungría,hoy Cluj-Napoca, Rumania, 1873 -Budapest, 1950), conde de Losoncz, miembro de la vieja nobleza transilvana, diplomático que en el período de entreguerras ejerció el cargo de ministro de Asuntos Exteriores y trató de paliar los efectos del Tratado de Trianon por el cual Hungría perdió las dos terceras partes de su territorio, entre ellos su Transilvania natal que pasaba al dominio de Rumania. Tras la segunda guerra Bánffy, que se había retirado a sus posesiones y huyó a Hungría en 1947, se encontró con que sus libros eran igualmente silenciados por los comunistas rumanos y húngaros. De repente dejó de existir, como Gyula Krúdy, Sándor Márai, Ferenc Molnár, Károly Pap..., una brillante generación de narradores estúpidamente arrastrados al sumidero. Para Bánffy fue letal:al parecer, todavía hoy es casi un extraño en su propio país. En los treinta escribió la que se considera su obra maestra, laTrilogía transilvana compuesta por Los días contados (1934), Las almas juzgadas (1937) y El reino dividido (1940), conjunto monumental cuya reedición no fue autorizada hasta 1980 y constituye una pieza valiosa de la narrativa centroeuropea en la primera mitad del pasado siglo. El vértice de ese primer volumen que se traduce por primera vez, es el desmantelamiento inexorable del imperio habsbúrgico visto desde la óptica húngara, es decir, del país sometido que, además, tiene por resolver la cuestión transilvana. No se debe olvidar que Bánffy es transilvano y, como anota Mercedes Monmany en su estupendo prólogo, de «rancio abolengo», lo cual ensancha considerablemente la perspectiva de la historia que cuenta. Al lector le resulta de lo más fácil asociar la naturaleza del texto con El mundo de ayer. Memorias de un europeo de Stefan Zweig, lúcida visión de la caída del imperio por parte de un austríaco, y con El Gatopardo de Tomasi de Lampedusa, la bella invención de 1957 sobre el declive sin honor y la metamorfosis burguesa de una aristocracia que ha cavado su propia tumba. Es lo que ejemplifica la novela de Bánffy a través de dos jóvenes primos aristócratas transilvanos, el conde Bálint Abády, diplomático, parlamentario, mundano, apegado a la dignidad de la nobleza, y el conde László Gyeröffy, humillado por una tragedia familiar, que olvida el tributo a la casta y se entrega lánguidamente a sus demonios. El amor inaceptable de Abády por la hermosa Adrienne Milóth, casada sin amor y víctima de maltratos psíquicos, está tratado -creo que a propósito- con la estética de las grandes novelas románticas del siglo XIX. Si se la juzgara sólo por eso o por las frivolidades de la alta sociedad de Budapest, el interés sería relativo. Donde se percibe su verdadero aliento es al describir el encuadre histórico-político de Hungría, de sus minorias étnicas, en un período (1904-1914) especialmente conflictivo y agitado de las relaciones del nacionalismo magiar con la monarquía austríaca. Y al mismo nivel, ya desde las páginas iniciales, cabe situar la presencia abrumadora del paisaje transilvano verbalizado con una tal intensidad y precisión cromática que uno se siente físicamente atrapado por él. Estos son los dos puntales sobre los que Bánffy -desea hacerlo patente- construye su ambiciosa obra: por una parte la historia y por otra la reivindicación identitaria de la patria extinta. De manera que las peripecias de los dos protagonistas, versiones antagónicas y a la vez complementarias del mismo modelo social, son secundarias; en resumidas cuentas el hilo conductor que exige toda realidad concreta al querer convertirla en ficción. Quisiera pensar que más adelante podremos leerlos dos restantes volúmenes de la trilogía, aunque Los días contados sea una narración abierta pero también autosuficiente. En cualquier caso el descubrimiento (por supuesto tardío) de Miklós Bánffy, peso pesado de la tradición literaria europea, es al día de hoy una buena noticia.
La Vanguardia