La prensa dice

11 dic
2009

Una celebración, por Manuel Arranz

Hay novelas que son una celebración de la vida. Pocas, desgraciadamente. Quizás porque la vida no sea siempre una celebración. O porque no siempre sepamos celebrarla como se merece. Pero cuando por casualidad tropezamos con una de esas novelas, comprendemos toda la grandeza del género, comprendemos que lo que expresa una novela no puede expresarse por ningún otro medio, y que algunos de los tópicos sobre ella fuertemente arraigados, incluso entre críticos y novelistas, como el de que mediante la novela podemos vivir otras vidas y aventuras que compensan nuestra limitada y aburrida existencia, no sólo no le hacen justicia, sino que la degradan. A la novela, y de paso a la vida.

Por lo demás, si la novela sólo sirviese para eso, el cine y la televisión la habrían borrado del mapa hace tiempo. No, la vida que la novela nos hace vivir no es la de ningún ridículo aventurero, es la nuestra, que en realidad es la única que nos importa, pero de una forma más plena y más completa, más consciente, más novelesca incluso si lo prefieren. Claro que para eso la novela tiene que alcanzar una cierta altura. Cuatro hermanas, la primera y única novela de la norteamericana Jetta Carleton, alcanza esa altura con creces, y pone de manifiesto una vez más que la novela no necesita experimentar ni buscar nuevos cauces, porque los viejos no están ni mucho menos agotados. Lo que hace falta, eso sí, lo que ha hecho falta siempre, es tener algo que contar, alguien a quien contárselo, y, naturalmente, saber hacerlo. Las tres cosas tienen la misma importancia, y la ausencia de cualquiera de ellas suele arruinar toda la empresa.

Cuando los hechos son los personajes

Cuatro hermanas, cuando se publicó por primera vez en Estados Unidos, alcanzó un éxito instantáneo, y todavía hoy sigue considerándose como una de esas raras novelas de las que más que recordar sus episodios, su trama o su argumento, uno recuerda la sensación que le dejó su lectura. En una novela hay hechos que se narran, lo que se conoce habitualmente como el argumento, y personajes que los viven y los encarnan, esto es lo habitual. Pero que la descripción trascienda a los hechos y los personajes tengan vida propia, eso ya es más raro. En esta novela, aventuro la hipótesis, los hechos son los personajes. La familia Soames, las cuatro hermanas, el padre, la madre, y todo el resto de personajes secundarios -los personajes secundarios juegan en ocasiones papeles decisivos como todo el mundo sabe- que van apareciendo y desapareciendo de sus vidas, pero dejando, eso sí, la huella indeleble de su paso. El interés que despiertan esos personajes en el lector es por lo demás un interés genuino. Nada que ver con ningún sospechoso proceso identificatorio. No nos parecemos a ellos, ni seguramente querríamos parecernos, pero despiertan nuestro interés como sólo algunas personas son capaces de hacerlo, ese interés teñido de afecto irracional que es lo más parecido al amor. Que estén o no basados en personas reales, para nosotros es un asunto secundario (aunque no para la autora evidentemente). A nosotros nos basta con la credibilidad que emanan por todos sus poros. Pero una novela no se sustenta sólo en sus personajes. En una novela hay más cosas, muchas más cosas, de las que depende que se convierta o no en una de esas novelas de altura de las que hemos hablado al principio. Algunas de esas cosas, como su estructura, su tiempo, su ritmo, sus transiciones, son más o menos perceptibles por el lector y están tan perfectamente calculadas en esta novela que casi pasan desapercibidas. Otras, quizás las más importantes y decisivas, suelen ser imperceptibles, y no sabríamos bien a qué atribuirlas. ¿A una inteligencia del tiempo y los afectos de este mundo? Tal vez. Pero sobre todo hay en esta novela una desbordante humanidad que la hace inolvidable. No sé si esta novela se puede entender a cualquier edad, o sólo cuando ya se han vivido unos cuantos años. Un libro bellísimo. Una novela milagrosa.

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