La prensa dice

28 mar
2007

Testigos sin voz, por José Luis Giménez-Frontín

Convencidos de que los grandes y generalmente sanguinarios acontecimientos históricos pueden ser iluminados desde la marginalidad del humilde día a día de los testigos sin voz -quiero decir sin voz legitimada por una justificación o siquiera por una explicación intelectual de los grandes acontecimientos-, algunos escritores se han sentido tentados por dar su voz a los sin voz y aportar una visión acaso heterodoxa, pero luminosamente directa, de las sociedades desgarradas por las convulsiones del siglo XX. Este recurso narrativo es tan antiguo como el nacimiento mismo de la novela picaresca, pero el pasado siglo le abrió nuevas perspectivas al incorporar la mirada y metodología periodísticas a la literatura en una creativa fusión de registros y de géneros. Ahí se sitúa con todos los honores el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales -fiel colaborador de Azaña, muerto en Londres en 1944 a los 47 años al servicio de los aliados-, cuando a principios de los años treinta se decicó a narrar los detalladísimos recuerdos que el bailarin de flamenco Juan Martínez le confió, en París, sobre los años de la guerra civil y la instauración del comunismo bolchevique en Ucrania y Rusia.

La obra de Chaves se inserta pues en un magma testimonial-literario acaso más centroeuropeo que hispánico -en cualquier caso en la antítesis de la narración ideológica y moralizante por un lado y del esteticismo y del casticismo por otro- en la que destacan los testimonios memorialísticos de grandes autores (Zweig, Márai), la sorprendente mirada de intelectuales marginales (Paulino Masip) y la de las víctimas populáres de todos los conflictos (Behumil Hrabal). Andrés Trapiello, en su prólogo a El maestro Juan Martínez que estaba allí, nos propone que no se lea como novela sino como fidelísima crónica periodística. Cierto que su interés literario es menor que el histórico y que la obra se crece como testimonio, pero puede ser clarificador insertarla en esa importantísima tendencia literaria, no necesariamente narrativa, en la que la crónica directa, nunca ideológica, de la realidad alcanza a veces las más elevadas cotas expresivas muchas décadas antes del nuevo periodismo y de Truman Capote.

Porque el texto de Manuel Chaves, una vez iniciado, es de los que no puede abandonarse. Su mirada, con todos los resabios del pícaro sobreviviente y del cómico ambulante de todos los tiempos, es de las que no se deja embaucar por nadie. Su primera fidelidad, su guapa (y analfabeta) mujer; la segunda, comer algo a ser posible cada día. A partir de ahí,sacar sus propias conclusiones de los hechos que muy a su pesar contempla y en los que directa o indirectamente participa o es forzado a participar. Su instintiva lucidez es demoledora. Sus frases (y en la segura medida que le corresponda, las de Chaves Nogales), rotundas. Sencillamente, él dice qué, cómo e incluso por qué sucedieron los acontecimientos en Petrogrado, Moscú y Kiev: "El que diga otra cosa miente; o no estuvo allí, o no se enteró de cómo iba la vida". Su retrato de algunos hechos llegaría a ser tragicómico si no fuera tan horroroso y despiadadamente sangriento: así, la población de Kiev literalmente diezmada cuando era ocupada, abandonada y vuelta a ocupar alternativamente, una y otra vez, por bolcheviques, zaristas, polacos y nacionalistas ucranianos, todos enemigos entre si. Me quedo con tres imágenes difíciles de olvidar: la de los hombres y mujeres sistemáticamente ametrallados en las colas ante las panaderías por todos los combatientes de todas las ideologías y colores; la del jugador de póquer que, cuando perdía, ejecutaba a unos cuantos detenidos para cobrar la tarifa y poder seguir apostando; y la de una montaña de cadáveres aserrados o troceados en el patio de una checa de Kiev, a fin de impedir su identificación ante el avance de tropas enemigas.

Tal vez también sería formativo que, en los museos de historia, se regalaran a los niños de las escuelas visitantes las obras de Hrabal y de Chaves Nogales: la revolución rusa narrada por un bailarín flamenco; y el auge y caída del nazismo, por un camarero.

Culturas (La Vanguardia)