La prensa dice

13 nov
2010

Si nadie habla, nadie recuerda, por Carles Geli

Increíble: aún puede sonreír; es casi una mueca tras lo que se intuye un gran esfuerzo cortés. Pero lo hace, apesar de tres años y ocho meses dehaber estado en campos de trabajo, de haber perdido ahí a su hija de ocho años, a su cuñada y a sus cuatro hijas y, por el camino, a su esposo; de habérsele prohibido, literalmente, reír y llorar, de dejarla sin comida ni ropa, de tener que alimentarse de granos de sal, de saltamontes, cucarachas y ratas; de separarla de su hijo de 10 años, trabajador forzoso; de encajar la disentería y el paludismoquedándose en apenas 30 kilos... Sí, Denise Affonço (Phnom Penh, Camboya, 1944) se esfuerza para explicar cómo sobrevivió al suplicio de Pol Pot y su dictadura maoísta, que se llevó por delante a unos dos millones de camboyanos entre abril de 1975 y enero de 1979, o sea, una cuarta parte de la población. Lo cuenta en El infierno de los jemeres rojos (Libros del Asteroide), que hay que leer con pausas para coger aire ante uno de los testimonios literarios más punzantes sobre la crueldad del ser humano.

«No me pregunte sobre comunismo y, sobre todo, no me llame camarada», intenta bromear Affonço, que en el libro se muestra muy dura con su marido Seng, chino convencido de las bondades de la alucinante dictadura agraria de Pol Pot. De padre francés, Denise hubiera podido refugiarse con sus hijos en la Embajada de Francia donde trabajaba, pero la familia pudo más. «Era un comunista de salón, me recitaba textos de Mao, me lavaba el cerebro, por eso no supo ver esa obsesión de los jemeres rojos por crear un nuevo pueblo; querían hacer la revolución cultural china, pero aún más radical». El error de Seng («fue a aclamarlos y les ofreció cerveza cuando entraron en la capital; además, hablaba demasiado») lo pagó con la vida: confiado, entregó a los dirigentes hasta el coche y se lo agradecieron haciéndole desaparecer, como a otros intelectuales y «enemigos burgueses» que expulsaron de las ciudades y llevaron al campo. Ahí empezó el calvario: «Los sentimientos por mis hijos fueron más fuertes; no quise separarlos de su padre y lo pagué muy caro».

Sorprende que nadie se rebelase ni durante el éxodo masivo forzoso ni en esos campos de concentración donde se negaba la comida a ancianos o a menores de siete años porque eran «bocas improductivas». «Era imposible; primero nos engañaron: nos dijeron que solo estaríamos fuera de nuestras casas dos días; luego, la población no tenía ni un arma; cuando nos dimos cuenta, ya era tarde». «Todo el mundo será reformado por el trabajo»; «está prohibido expresar los sentimientos: alegría o tristeza»; «está prohibido sentir nostalgia del pasado»; «jamás os quejaréis de nada»; «nunca llevaréis ropa de colores»; «está prohibido cruzar una pierna por encima de otra porque es signo externo del capitalismo»; «no se necesitan gafas»; «todos hablarán solo jemer»... Son los alucinantes mandamientos del credo rojo que, tras jornadas infinitas, Affonço escuchaba, tras los que se escondía «un genocidio planificado: se trataba de matarnos manteniendo las manos limpias; estaba programado, pero, a partir de accidentes laborales, o te morías de hambre, o te intoxicaban con supuestas medicinas... Fueron más astutos que los nazis». Su hija, adelgazando día a día hasta la muerte, auténtico reloj de la maldad, encarna el sinfín de gente que no salió del infierno. ¿Remordimientos por sobrevivir, como Primo Levi? «Entiendo ese sentimiento porque lo he vivido; solo me consuela que puedo contar mi testimonio: si nadie habla, nadie recuerda». Lo que no ha superado, admite, es la reacción de su hijo. «No pensé nunca en el suicidio ni en el asesinato; lo aparté todo de mi cabeza para tirar adelante como fuera; me dije que tenía que seguir por mi hijo de diez años, que aún vivía... Pienso que fui una mala madre, que pasó todo eso por mi culpa y ahora me siento más responsable que entonces, porque mi hijo nunca me ha reprochado nada; eso es lo peor».

Jean-Jacques, el hijo, ha enmudecido. «Vivió su propia experiencia, le dije si quería añadir algo al libro y se negó. En los campos solo le vi una vez unas terribles marcas en la espalda; nada más; mi exorcismo fue escribir el libro; su terapia es el silencio». Relativa: «Sí, cuando dan películas de violencia no quiere verlas; y luego le he oído llorar por las noches». Ella, aún hoy, también tiene pesadillas y se sulfura al recordar que hasta hace unos años aún encontraba negacionistas: «En 1945, Eisenhower ordenó que se fotografiara y se buscaran testimonios de los campos nazis porque, con los años, dijo, no hubiera hijos de puta que afirmaran que eso no ocurrió; con lo de Camboya, hasta los noventa ha habido muchos intelectuales de izquierda que lo matizaban». Más rabia le dan, si cabe, los juicios internacionales contra los jemeres rojos iniciados en 2006: «Muchos responsables han campado a sus anchas y los responsables nunca han sido juzgados, como Pol Pot, que no murió por viejo sino eliminado por una facción interna». Se la ve escéptica. «¿Cómo quiere que esté? Creo poco en la justicia; mire lo de los crímenes de Yugoslavia». También se sabe utilizada por los vietnamitas, que liberaron Camboya en 1975 y la empujaron a hacer un informe de donde salieron las memorias, testimonio que presentó en un juicio propagandístico de 1979 sin, claro, los acusados sanguinarios Ieng Sari y Pol Pot. «Era francesa y les daba proyección internacional».

Poco ha trascendido del genocidio del último gran estertor dictatorial del siglo XX. «La guerra fría explica muchos silencios», apunta Affonço, que no recomienda la película Los gritos del silencio para saber del infierno camboyano. «Es más realista el documental S-21: la máquina roja de matar, donde los verdugos reconstruyen su labor». Ella, tras la liberación, visitó otros campos y vio cómo en uno se fabricaba abono humano, «a base de una capa de cadáveres, otra de cáscara de arroz y luego todo rociado con gasolina». No quiere saber, claro, de comunismo -«han destruido los verdaderos valores de una ideología; ahora no sirve para luchar contra la globalización»- y tampoco volverá a Camboya: «25 años de ayuda internacional no han servido para nada; el Gobierno de Hun Sen solo ha beneficiado a una capa muy próxima de la población». Se levanta rauda. Sale su buen aspecto a pesar de lo vivido. «Fue el régimen de insectos que llevé». Esbozo de sonrisa.

Babelia (El País)