La prensa dice

8 mar
2016

Reseña de "Viaje a la aldea del crimen" de Ramón J. Sender en Público

Ramón J. Sender y la matanza de Casas Viejas

Por Luis Matías López

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La salvaje represión por la Guardia Civil y, sobre todo, por la recién creada Guardia de Asalto de una revuelta anarquista de obreros y campesinos sin tierra en Casas Viejas, pedanía de Medina Sidonia (Cádiz), en enero de 1933, ha pasado a la historia como un momento crítico en el que la Segunda República perdió la inocencia. Con una reforma agraria que no acababa de pasar de promesa a realidad, el recuerdo todavía vivo del fracasado golpe derechista del general Sanjurjo, un Gobierno republicano-socialista presidido por Manuel Azaña y ya asediado por diversos flancos, a meses del bienio negro derechista, la convicción de un puñado de desheredados de que no tenían nada que perder les lanzó a la acción revolucionaria que, tras la proclamación del comunismo libertario, terminaría aplastada brutalmente y en medio de un baño de sangre. La fruta aún no estaba madura.

El balance de los trágicos sucesos fue de 19 adultos, dos mujeres y un niño muertos, la mayoría de ellos asesinados a sangre fría tras cesar el intercambio de disparos. También murieron tres guardias. La represión posterior sumió en el terror a los campesinos que permanecieron en el pueblo y a quienes huyeron a los montes circundantes. Hubo más de un centenar de detenidos, muchos de ellos –como algunos de los muertos- sin relación directa con la revuelta.

Ramón J. Sender era ya, a sus 31 años, un escritor de cierta fama y un periodista más a la izquierda que la línea política que seguía el régimen republicano. Él fue uno de los primeros informadores en llegar a la aldea del crimen y en plasmar lo sucedido en el periódico anarquista La libertad, con un estilo directo y de gran aliento literario que ha sobrevivido sin perder un ápice de su capacidad de impacto al paso de 83 años.

La primera de aquellas crónicas de urgencia se publicó el 19 de enero, nueve días después del estallido de la revuelta. Le siguieron otras nueve, y cinco más al regreso de un largo viaje de Sender a la URSS. Junto a los debates parlamentarios sobre la crisis y la investigación oficial sobre lo sucedido, cuyos resultados fueron aprovechados por la derecha para denigrar al Gobierno, ese reporterismo de urgencia fue la materia prima con la que Sender compuso un libro, magnífica muestra de lo que hoy se llamaría “nuevo periodismo”, que se publicó por primera vez en 1934 y que Libros del Asteroide reedita ahora con el título Viaje a la aldea del crimen.

El impagable prólogo de Antonio G. Maldonado recuerda que los escritos del escritor aragonés sobre Casas Viejas tuvieron una gran trascendencia política y fueron utilizados ya en 1933 por la derecha, y más tarde por el franquismo, encantados con “un particular j’accuse contra el demonizado Azaña [que no tardaría en caer] y el régimen republicano”. Esa tesis, añade, fue avalada por dirigentes anarquistas como Federica Montseny, hispanistas como Ferald Brennan y Gabriel Jackson, e historiadores como Eric Hobsbawm. Y no fue hasta la posterior aparición de los Cuadernos robados de Azaña, con sus diarios de 1932 y 1933 cuando “quedó claro que no ordenó matar, ni conocía los asesinatos cuando compareció ante el Parlamento para defender la actuación de las fuerzas de orden público”. Lo que lleva a Maldonado a concluir que “Sender tuvo razón en su denuncia de los hechos, pero se equivocó al señalar a los responsables”. En cualquier caso, Azaña salió tocado del debate y la polémica.

Por su parte, Sender no ofrece margen a la duda sobre su visión de lo sucedido y la cuestión de las responsabilidades. En el último capítulo de La aldea del crimen, afirma: “Gobierno y oposiciones se enzarzaron en un pleito en el que estas lograron no sólo demostrar que el Gobierno estaba enterado, sino que había dado órdenes concretas en el caso de los fusilamientos”. Y también: “He aquí la conducta de la Republica socialista: El Parlamento apoya y justifica al Gobierno, el Gobierno disculpa, rehabilita y defiende a las fuerzas represoras -Guardia Civil y de Asalto-. Estas han asesinado a los campesinos hambrientos de Casas Viejas, defendiendo a los terratenientes feudales, monárquicos. La fuerza pública, el Gobierno, el Parlamento y la República asesinan a los campesinos de Casas Viejas y confirman su sumisión ante los feudales terratenientes andaluces, que hasta producirse la tragedia fueron monárquicos y combatieron a la República, y que ahora, agradecidos por la sangrienta represión, ingresan en los partidos republicanos”.

En cuanto al libro en sí, su lectura resulta fascinante, a la par que aterradora, en su reflejo una situación de injusticia extrema que, por si sola, casi absuelve de la parte de culpa que los campesinos libertarios pudieran tener en el desencadenamiento de la tragedia. Sender relata los hechos con un artificio literario: que el viaje en avión –por entonces casi insólito- con el que se adelantó al resto de periodistas de Madrid que cubrieron los hechos le hizo llegar a Casas Viejas días antes de la revuelta, lo que le permitió narrar lo sucedido, como si fuera un testigo ocular, antes, durante y después del intento revolucionario y de la posterior represión salvaje.

Como el contexto y lo ocurrido en la aldea del crimen, cuyo nombre oficial actual es Benalup-Casas Viejas, son sobradamente conocidos –aunque haya aspectos sin aclarar del todo-, no haré un resumen del contenido del libro, sino que me limitaré a reproducir algunos fragmentos. Eso permitirá hacerse una idea del estilo rotundo, conciso, seco y desgarrado del autor de Míster Witt en el cantón y Requiem por un campesino español. No utilizaré las comillas para justificar algunos enlaces de frases y licencias contra la literalidad.

«En Casas Viejas, como en el resto de Andalucía hablan recio los que comen, hablan quedo los hambrientos. Hay hambre que no es ya humana, ni ciudadana. Un hambre cetrina y rencorosa, de perro vagabundo. Cuando se habla en Casas Viejas de “comunismo libertario” todos entienden que se trata de poner en cultivo 33.000 hectáreas de buena tierra. El jefe de la familia de los libertarios es el Seisdedos. Es la familia más honrá del pueblo. Y les dice a los compañeros: “Ayer tuve carta como que se va a implantá hoy el comunismo libertario en toda España”. El alcalde, republicano honrado y de buena fe, habló una vez de las leyes republicanas a los obreros, y estos replicaron que ni comían con la Monarquía ni con la República. De la alta ventana de la casa cuartel partieron dos tiros (…) Del grupo de campesinos partió una descarga cerrada. Seisdedos estuvo largo rato afinando la puntería y aguardando. Disparó. Un guardia se levantó convulsivamente tras la venta y cayó con la cabeza abierta. Desde las siete de la mañana hasta la una de la tarde, el pueblo estuvo en manos de los revoltosos. Dos del sindicato ocuparon la tienda y distribuyeron algunos víveres. Pocos y malos. Se los pagaron de sus pocos fondos, pidiéndole recibo. Un guardia vio a un campesino de aspecto pacífico, sin armas. Le ordenó: “Entre usted en su casa y cierre la puerta”. Cuando el labriego volvía la espalda para obedecer, oyó un tiro y cayó herido. – Otro vecino estaba a la puerta de su casa. Sin previo aviso, los de asalto se echaron el fusil a la cara y dispararon. Estando enfermo había salido por curiosidad . Murió casi en el acto. El septuagenario Antonio Barberán estaba en su choza con su nietecillo de once años. Como el chico insultara a los guardias, estos dispararon sobre el anciano, que quedó muerto. Doscientos fusiles disparaban sin cesar sobre la choza de barro y ramaje [vivienda de Seisdedos y su familia] (…) Mientras caían las bombas sobre la techumbre, dos cabos de asalto corrieron a emplazar la ametralladora (…) Lanzaron dos paquetes de algodón impregnados en gasolina. La choza ardía. Francisca Lago salió con las ropas y el pelo en llamas. La ametralladora la derribó a unos diez pasos de la choza. (…) Su padre también quiso huir, pero quedó muerto en el mismo agujero. Al olor de maderas quemadas sucedió el de la carne. Cuatro hombres y una mujer ardían vivos bajo la hoguera: El Seisdedos, dos hijos, una nuera y un yerno. Sobre la fosa en la que se convirtió la choza cayeron los cuerpos de otros tres fusilados “para ahorrarse el cuidado de su custodia”. Los capitanes que mandaban las compañías de asalto firmaron un acta en la que decían que les fueron transmitidas desde la Dirección General de Seguridad las instrucciones verbales de que en los encuentros que hubiera con los revoltosos el Gobierno no quería ni heridos ni prisioneros. “Entre usted ahí [a la choza en llamas de Seisdedos]”. “Hombre, ¿no ve que está ardiendo? ¿Cómo quieren que entre, si me voy a quemar?”. Cuando se disponía a trasponer la cerca, los guardias dispararon sobre él. Luego le apoyaron una pistola en la sien y le volaron la cabeza. La anciana Joaquina confesó que su hijo había huido al campo. La apalearon, produciéndole tales heridas que falleció días después. El capitán de asalto dijo a los detenidos: “Pasad a ver el cadáver del guardia”. Dos avanzaron hacia las ruinas de la choza, el otro se limitó a volver la cabeza. Entonces el capitán dio la voz de fuego y se hicieron varias descargas, hasta que murieron los tres. Además de la madre del Gitano murió también otra mujer, Vicenta Pérez, madre del detenido Sebastián Pavón. Por procedimientos casi idénticos, usando a veces las mismas palabras, fueron detenidos, esposados y fusilados siete campesinos más. Quedaron en la choza todavía humeante catorce cadáveres sobre las cenizas, dos más a medio quemar y seis carbonizados. Fusilaron a los campesinos junto a la choza por la gran fuerza de ejemplaridad y para hacer recaer la responsabilidad de los ataques de Seisdedos sobre todas las víctimas. [Tras la matanza] El pánico era como una epidemia. Los chicos miraban espantados a los guardias. Había remordimiento en algunos de los que intervinieron en la represión, En el cementerio había diecisiete cadáveres con las heridas todavía frescas, más cuatro que quedaron completamente incinerados. Varios centenares de campesinos habían huido al campo durante la noche. Acordaron que las mujeres y los niños regresaran a la aldea. Si se acercaban a la carretera eran tiroteados. Tierra maldita, de hambres y miserias. Campo andaluz, donde todos los pueblos son Casas Viejas y en todas partes el hambre y el odio tienen plantados sus cuarteles. El presidente del Consejo [Azaña] había dicho: “Esto se arregla con escuelas”. La incultura no es en estos casos sino una ventaja más a favor del orden económico, para el sistema feudal. Los terratenientes hablaban de los estragos de la barbarie en cerebros cerrados a la luz del saber. No hablaban del hambre, porque el hambre de dos millones de jornaleros andaluces es el espectro de sus terrores.»

Luis Matías López - Público