La prensa dice

7 mar
2012

Reseña de "Un mundo aparte" en ABC

"Un mundo aparte"

Por Manuel de la Fuente

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Creíamos haberlo visto y leído casi todo. Naufragamos como toda la especie humana en las terroríficas riberas del Archipiélago Gulag. Fuimos sombras, almas en pena, cuerpos torturados en los barracones de Kolimá por los que nos guió Varlam Shalámov, cicerone del dolor y la desolación humanas. Acompañamos al polaco católico y resistente Jan Karski en su inútil peregrinación por Occidente pidiendo ayuda para los miles de judíos que había visto morir en Treblinka, en el Gueto de Varsovia, y en ese Gueto martirizado conocimos a Wiera Gran, la cantante acusada de colaboracionista.

La denuncia de Grossman y Ehrenburg

Sí, creíamos haberlo visto y leído casi todo, cuando hace unas semanas nos estalló en las manos y en el corazón «El libro negro», las minuciosas actas contadas por centenares en las que Vasili Grossman e Ilyá Ehrenburg pusieron todos los acusadores puntos sobre las sangrientas íes de los campos nazis de exterminio, un libro que ni el más valiente, experto y curtido lector puede leer más de un cuarto de hora seguido dado el volumen intolerable de sufrimiento que nos inyecta en vena, que nos ahoga como aquel Zyclon B que se llevó por delante millones de seres humanos. Pero los testimonios siguen, tamaño fue el volumen de las atrocidades. Los testimonios siguen y nuestro viejo y acomodado corazón occidental aún se conmueve, y sea así, porque el día en que estas palabras de denuncia caigan en saco roto el hombre habrá perdido para siempre. Testimonios, incluso en primera persona, como el del polaco Gustaw Herling-Grudzinski, prisionero durante dos años en un campo de concentración soviético, del que acabaría saliendo, tras la invasión nazi de Rusia y la ruptura del pacto entre Hitler y Stalin, para incorporarse a las tropas aliadas en el frente italiano.

Un rojo en los campos de Stalin

Grudzinski ya era un periodista y escritor conocido en 1939 con apenas veinte años. Pero Polonia iba a ser atacada por este y oeste por los soviéticos y los nazis. Grudzinski, fundador de uno de los primeros grupos guerrilleros, la Polska Ludowa Akcja Niepodległościowa (Acción Popular para la Independencia de Polonia, de orientación izquierdista) intentó escapar y fue detenido por los rusos. Le acusaron de trotskista, de espía, y hasta de que su apellido Herling se parecía al de Goering, mariscal en jefe de la Lutwaffe, la aviación alemana.

Miedo, palizas, trabajos forzados, terror

En breve comenzó el martirio de este polaco, que duraría dos años. Hambre, miedo, palizas, trabajos forzados, terror a mansalva, enfermedades, delaciones, ejecuciones, Grudzinski vio de todo en ese par de años, vio al ser humano degradarse hasta comportamientos propios de las más crueles alimañas. Acabada ya la guerra, en 1949 Grudzinski decidió que se le iba a soltar por fin la lengua, y que las atrocidades de su Gulag iba a ponerlas por escrito. Así lo hizo en «Un mundo aparte», un libro, un testimonio de su desgarradora experiencia y la de cientos, miles (se habla de veinte millones de personas hacinadas en los campos soviéticos), de hermanos en el sufrimiento. Y lo hizo con dolor, pero también con ternura, con meridiana claridad pero también con piedad y con esperanza, con comprensión hacia el hombre llevado a la miseria moral y a la traición, al envilecimiento y al asesinato para sobrevivir. El libro fue publicado en 1951 en Inglaterra, con prólogo de Bertrand Russell. Pero no tuvo la misma suerte en Europa. En Francia, a pesar de las recomendaciones de Camus, siempre empeñado en su simpar cruzada moral contra el stalinismo, el libro no se editaría hasta los años 80. La izquierda europea no quería mirar hacia la Unión Soviética y sus crímenes y no empezaría a hacerlo sino muy tímidamente hasta la invasión de Hungría por los tanques del Pacto de Varsovia en 1956. En 1953 apareció la primera edición en polaco en «Kultura», editorial del exilio, y solo en 1990 se publicó en Rusia y Polonia. Todo ello no impidió que fotocopias de sus páginas pasaran de mano en mano entre quienes se oponían a la tiranía soviética en todo el Este del Viejo Continente. Grudzinski rememora aquella Europa aprisionada entre dos terroríficas tenazas: la cruz gamada y la hoz y el martillo. «Pienso con pavor y profunda vergüenza -escribe- en aquella Europa dividadida en dos por el rio Bug: en uno de sus lados, millones de esclavos sovieticos rezaban por que los liberaran los ejércitos hitlerianos; en el otro, los millones de victimas de los campos de concentración alemanes aún con vida ponían sus últimas esperanzas en el Ejército Rojo». Y de los dichos a los terribles hechos com o el relato de un preso llamado B. : «El juez instructor no dejó de abofetearme y de darme patadas. Varios testigos me incriminaban de manera concluyente pero seguí sin rendirme. Mi inquisidor perdió el control de sí mismo, me golpeó a ciegas, y amenazó con matarme de un balazao “como a un perro” firmara o no... En el recinto de aislamiento, los más fuertes mataban impunemente a los más débiles y se quedaban con su pan». Más allá del dolor físico, del sufrimiento psicológico, Herling-Grudzinski, que falleció en el año 2000 en Nápoles, consigue revelarnos las claves de aquella tiranía en unas cuantas demoledoras frases: «Dios mío, la manía de liquidar a sus víctimas con todos los visos de la legalidad es una de las mayores pesadillas del sistema soviético... No basta con pegarle a alguien un tiro en la cabeza, hay que conseguir que ese alguien lo pida por favor en un juicio». Gustav Herling-Grudzinski salió de aquel infierno y nos dejó una frase a la que acogernos aunque también sea un clavo ardiendo: «Del sufrimiento común nace la esperanza común».

ABC