La prensa dice

10 sep
2015

Reseña de "Signor Hoffman" en Détour

Por Juan Jiménez García

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Eduardo Halfon. Una historia, muchas historias

En un determinado momento, en un determinado relato, Eduardo Halfon escribe que una historia es en realidad muchas historias. Una historia, pongamos la suya, en realidad son muchas historias, pongamos los libros que le lleva dedicados a esa (su) historia en primera persona (primera perpleja persona). También los relatos de este Signor Hoffman, de nuevo en Libros del Asteroide, son partes de la misma, solo que la historia personal, la grande, la de los álbumes de fotos, se queda un poco ahí, en el fondo, como un horizonte en un paisaje de niebla. Ahora se ve, ahora no se ve, pero eso no quiere decir que ese horizonte haya desaparecido en ningún instante.

Desde ese primer relato que da título al libro hasta el último, Oh gueto mi amor, que únicamente se da nombre a sí mismo, encontramos un desplazamiento que no solo atraviesa países, sino tal vez estados de ánimo o momentos de vida. Si empezamos en una campo de concentración italiano reconstruido, suerte de sórdido juguete para celebración de posteriores generaciones, acabamos en esa casa destruida del abuelo, de toda la familia, en aquella Polonia traidora que no se debería volver a pisar. En todo caso (lo entenderemos al final), es importante lo que se escribe pero también el papel sobre el que está escrito. Y en Signor Hoffman, cada relato está escrito en un papel-lugar diferente, con sus consistencia, su textura y sus tonos mates.

Esa narración multiforme que comenzó, hasta donde sabemos, con El boxeador polaco y que tenía su penúltima entrega en Monasterio, se prolonga hasta aquí. Como si de los restos de un naufragio se tratara, cada ola nos trae nuevos recuerdos, que se unen a los fragmentos anteriores. El mar nos sigue devolviendo trozos de un abrigo rosa y con él del abuelo que sobrevivió. O allí aparece como un destello la hermana, o la última discusión con el hermano. Sin embargo, convertido en su propia ficción, Eduardo Halfon no dará esta vez el protagonismo decisivo a su familia (excepto el último relato, y aun así) sino al mundo que le rodea y a contarlo.

Los relatos no acaban porque tampoco tienen un comienzo, más allá de lo anecdótico. Momentos, instantes, de otras vidas que se cruzan con la de uno mismo. Todo parece querernos decir algo, pero no se busca ninguna explicación. Las cosas son. Están. Viven alrededor de nosotros y nosotros nos impregnamos de ellas. Ellas tal vez de nosotros (esto es más dudoso). Una fina lluvia cae sobre todo el libro. Impregna ese bar de Calabria donde tomar ginebra hasta que el dinero llegue, mientras en la televisión dan la muerte de Philip Seymour Hoffman, impregnan una jaula de bambú, un domingo en Nueva York, buscando ese piso en el que se sobrevive a la muerte y a esos propios domingos, llueve sobre los cafetales y las esperanza. Y sobre Belice. Y tras las ventanas de la casa de esa actriz porno, que fue antes la casa de su familia. No es algo físico, sino tan solo una sensación.

Eduardo Halfon escribe un libro bellísimo, como ya lo era Monasterio, hecho de una materia extraña. Sus libros son un misterio en el que a la levedad, a su ligereza, se une la sensación de que todo está ahí y que no asistimos a ningún acontecimiento banal sino que todo es decisivo. Pero ¿decisivo para qué? Para ser. Como si ese “ser” dependiera de aquel otro “estar”. Ser testigo de la vida que pasa, estar atento a los gestos, a las pequeñas pasiones, a los días, a las fronteras, a los cruces, a la piedras, a los barrotes, a los barracones, a los armarios, a los niños tras la puerta. Abierto a todo para recibir algo, ese misterio y meterlo en pequeños libros, que no pesen y, por eso mismo, capaces de elevarse.

Por Juan Jiménez García - Détour