La prensa dice

Reseña de "Ratas en el jardín" en El Cultural

Ratas en el jardín

Por José Manuel Benítez Ariza.

[Para leer esta reseña en El Cultural, descárgate el pdf adjunto.]

Ratas en el jardín es el tercer dietario de Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949). A diferencia de los anteriores -Bosc endins (1982) y Materia obscura (1991)-, que abarcaban notas conespondientes a varios años, este último reúne las escritas en 1985; lo que refuerza la continuidad diarística del conjunto frente al carácter más o menos ideológico del mero dietario. A pesar de ello, este Rates al jardí- título del original catalán- sigue siendo un diario discontinuo, en el que el relato del vivir aflora sólo en ocasiones, las justas para proporcionar un sujeto pensante y un fondo vitalala sucesión de pensamientos de toda índole que ocupan el grueso del libro. Del "sujeto pensante" que se postula como soporte vital de estas anotaciones podría decirse, en principio, que cae bien. Vividor, amante de la buena mesa, sensual, cáustico a ratos, recalcitrante en ocasiones, podría decirse que su principal atractivo es que fodos estos rasgos están servidos con una cierta contención, y que la visión de conjunto resultante no dibuja tanto un autorretrato complaciente como el bosquejo de la rutina que permite y justifica el correspondiente correlato intelectual. Porque, efectivamente, el protagonista de este somero relato resulta ser un escritor exigente, un observador atento de la realidad política y social, tanto nacional como internacional, e incluso un vecino e hijo de familia razonablemente devoto y sociable. El resultado apunta a una cierta reivindicación de un individualismo consciente de sus responsabilidades, muy "catalán" en sentido lato, pero también muy asumidamente europeo y occidental, en una tradición cuya vitalidad -"Popper, Hayek, Gombrich,Borges, Jünge¡ Konrad Lorenz...- se reivindica. Éste es el personaje que aquí vemos pasearse por las calles de Palma, viajar a Barcelona o veranear en Alaró. La determinación temporal -1985- añade a estas anotaciones una quizá impremeditada dimensión de época. Casi desprovista de tópicas referencias a modas o nombres propios, asombra que esta sucesión de apuntes aparentemente casuales señale con precisión algunos rasgos reconocibles del ambiente cultural y político: el abandono declarado de las actirudes contestatariase ideologizadas de la década precedente, sustituidas ahora por un hedonismo de buen tono, un razonado escepticismo político, la banalización de la cultura con la irrupción de los peluqueros y diseñadores... Claro que, por debajo o por encima de esta dimensión global de época, está la más inmediata y visible dimensión local. Es éste, en efecto, un dietario muy mallorquín, que en más de un sentido puede emparentarse con toda una tradición autóctona, que iría desde los recuerdos de Rusiñol a los dietarios que ahora escribe y publica José Carlos Llop. El autor, interlocutor de diversos personajes locales, no puede soslayar su propio papel en el impertérito tingladillo provinciano. Por más que, en sus evocaciones de la infancia y del pasado familiar, ese marco resulte idealizado como fondo a unas vidas de convicciones todavía no expuestas a los vértigos modernos. Y de las que el diarista, como buen burgués escéptico, no está tan alejado.

El Cultural