La prensa dice

19 may
2014

Reseña de "Monasterio" en Iowa Literaria

Por Alexandra Ortiz Wallner

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Autorretrato en Jerusalén

Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) es un escritor de las formas breves que recurre a una delicada y balanceada economía de medios, a un lenguaje preciso para crear piezas compactas, mínimas, las cuales, observadas desde cierta distancia revelan al lector un mosaico mayor en pleno proceso de diseño y construcción. Al lado de sus constelaciones de formas breves, es su escritura una que a través de los años ha ido acentuando la autoficcionalidad como un registro propio, pero también como un juego y a la vez como una constante indagación en formas de la subjetividad y la sensibilidad contemporáneas. Tal vez cabe destacar aquí dos dimensiones: una que gira en torno a las posibilidades y límites de la creación artística y del artista como creador; otra que se asemeja más a un gran laberinto de identidades vinculado a los orígenes (judío, árabe, polaco, guatemalteco) del autor y de su recurrente narrador-protagonista, muchas veces identificado como Eduardo Halfon, Halfon o simplemente Eduardo.

En su más reciente novela titulada Monasterio (2014), ambas líneas –la forma breve y la autoficción– vuelven a encontrarse para ofrecer el relato de un viaje y de una genealogía. Presente en la escena literaria desde la publicación de su primer libro Esto no es una pipa, Saturno (2003) por Alfaguara Guatemala, la obra de este autor –editada casi por completo en España por casas como Anagrama, Pre-Textos, AMG Editor y más recientemente Libros del Asteroide– cuenta hoy con más de diez libros de relatos y novelas breves, a los que se unen una serie de traducciones de estos al inglés, al francés, al italiano, al alemán y al portugués, un movimiento que le otorga visibilidad en distintos medios y ante públicos lectores con expectativas muy diversas de forma casi simultánea.

“Tel Aviv era un horno. Nunca supe si en el aeropuerto Ben Gurión no había aire acondicionado o si ese día no estaba funcionando o si tal vez alguien había decidido no encenderlo para que así los turistas nos adaptáramos rápido a la pastosa humedad del Mediterráneo. Mi hermano y yo estábamos de pie, agotados, desvelados, esperando a que salieran nuestras maletas. Era casi medianoche y el aeropuerto ya no parecía un aeropuerto. […] Ninguno de los dos quería estar allí, en Tel Aviv, en Israel.” (pág. 13).

La llegada a un aeropuerto, a uno de esos no-lugares como lo llamó Marc Augé, es la imagen que abre la novela. Unas cuantas líneas más adelante, los lectores completan el cuadro de estos hermanos quienes, así como sus padres unos días antes, han llegado desde Guatemala a Israel para asistir a la boda de la hermana menor (instalada en una yeshivá de mujeres en Jerusalén) con un judío ortodoxo norteamericano de Brooklyn. Así, en unos cuantos párrafos breves, en apariencia simples y anecdóticos, el viaje y la genealogía entrelazados irán sosteniendo como una red el sentido del texto: se trata de un viaje hacia la mítica tierra bíblica impuesto por los lazos familiares que pondrá en marcha el intento del protagonista por armar una genealogía. A través de sucesivos ejercicios de memoria, cual fotografías dispersas de un álbum familiar, el lector irá de la mano del narrador-protagonista Eduardo por una cartografía afectiva, emocional y subjetiva en la que éste se irá perdiendo (¿reconociendo?) mientras se desplaza por la ciudad, a veces como un turista más, a veces como un niño desorientado, a veces como un espectro, a veces como un doble de sí mismo.

Desubicado y al mismo tiempo enfrentado al pulso de una ciudad que es origen, que es historia, que es tierra sagrada para judíos, musulmanes y cristianos, en donde domina el estado de excepción y conviven tradiciones ancestrales con los odios profundos de la intolerancia, el narrador se va presentando como agudo observador de las expectativas y construcciones identitarias con que cargamos. “Me decepcionó un poco notar que nada allí dentro parecía Israel” (pág. 24), enuncia al tomar su primer desayuno en el hotel donde se hospeda con sus padres y hermano. Y así se sucederán una serie de observaciones que se irán convirtiendo en paulatinos desenmascaramientos: sea desde la añoranza de esa hermana ya lejana que ha optado por la fe ocultándose bajo un disfraz de largos vestidos, pelucas y pañuelos; sea por medio de la escena humorística extraordinariamente lograda en la que la familia se reúne con los novios en un restaurante supuestamente kósher para darse cuenta, entre el recitar de memoria de la Torá y del Levítico por parte del novio, que su ser judío ortodoxo era más un trabajo de autoconstrucción que una larga tradición familiar (págs. 34 ss.). El juego de disfraces y máscaras irá escalando en la narración conforme el relato de la genealogía y de los orígenes se va acentuando:

“Seguía pensando en mis abuelos árabes: mis tres partes árabes. Pensando en mi abuela materna. Hija de padres sirios, quienes huyeron de Alepo y llegaron a América y, debido a una vida itinerante y llena de naipes [...] sus hijos fueron naciendo en México, en Panamá, en Cuba, en Guatemala. [...] Pensando en mi abuelo paterno. De Líbano. Él y sus siete hermanos y hermanas habían huido de Beirut a principios del siglo XX (mi bisabuela murió en esa huida, y quedó enterrada en algún cementerio judío de Córcega) [...] Pensando en mi abuela paterna. Nacida en Alejandría, Egipto.” (págs. 28-29).

Estos diversos ejercicios de memoria que van recreando un relato de los orígenes fragmentario y que caminan hacia atrás en el tiempo y en el espacio son estampas delicadamente dibujadas, algunas muy conmovedoras y logradas, a partir de las voces ya ausentes de los abuelos; en ocasiones mezclados con recuerdos de los rezos nocturnos de la infancia –“Seis palabras. Las mismas seis palabras en hebreo que para nosotros no significaban nada, que no tenían ningún sentido más allá de invocar la presencia de mi mamá, quien llegaba a decirnos buenas noches, a besarnos buenas noches” (pág. 38)–; otras con sueños e historias ajenas como las que Eduardo narra sin parar a Tamara, la azafata de Lufthansa a quien había conocido y dejado plantada años atrás en un bar en Antigua, Guatemala, en la escena que cierra la novela, ambos frente al mar, con las montañas de Jordania al fondo. A todas estas historias de salvación e identidades intercambiables se contrapone la irrupción del presente en forma de un sujeto que duda e interroga (¿o huye de?) su pertenencia a una genealogía, a un origen, finalmente a una identidad, siempre vista desde un ángulo ambiguo en donde el narrador-protagonista solo logra inscribirse como un judío “a veces” (pág. 26).

Mas la irrupción del presente de ese sujeto parece ser solo posible a través de las figuras femeninas, dos en especial, que aparecen ya al inicio de la novela: la hermana y Tamara. Juntas en su oposición –la hermana, prisionera de un atuendo y de una fe– y Tamara –sensual, hermosa y libre– crearán un delicado contrapunto a la figura de Eduardo, cuyo viaje y cuyo relato de una genealogía intenta, insiste, en ordenar la trama de la historia através de la narración y la escritura. Pero ésta se resiste a la unidad y a la coherencia, incluso en la escritura, para mostrar la imposibilidad de restituir una totalidad por los quiebres y los secretos que la constituyen. Así, ambas figuras femeninas como detonantes del narrar del protagonista develan la cuestión de la identidad como disolución y promesa. Disolución que es un residuo de lo perdido; promesa porque es lo que queda para ser leído en el presente y en el futuro. Así, la escritura es solo posible en tanto narración oblicua, como el aforismo de Kafka que sirve de epígrafe a la novela –“Una jaula salió en busca de un pájaro”– y que prefigura el autorretrato, igualmente oblicuo, de Eduardo en Jerusalén.

Por Alexandra Ortiz Wallner - Iowa Literaria