La prensa dice

10 oct
2012

Reseña de "Mátalos Suavemente" en Qué Leer

G.V. Higgins - Por la boca muere el gangster

Por Antonio Lozano

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Aquello que confirió a George V. Higgins (Massachusetts,1939-1999) un oído extraordinario a la hora de modular las voces y calibrar las conductas de sus personajes a uno y otro lado de la ley fue que él mismo navegó entre ambas orillas por motivos profesionales. Igual que Vidocq pasó de delincuente más buscado a encabezar el primer cuerpo policial de París, el escritor ejerció a la vez de fIscal y de abogado defensor, combatió el crimen organizado y socorrió al criminal pequeño. De niño, uno puede imaginárselo alternando disciplinadamente papeles a la hora de jugar a polis y cacos en el patio del colegio. Leyendo sus novelas deviene así cristalino que, como ya demostraron sus compatriotas Dashiell Hammet en Cosecha roja, Jim Thompson en El asesino dentro de mí o Jerome Charyn en Marilyn la fiera, lucir una placa en la pechera y luchar por el bien en ocasiones son como el agua y el aceite, del mismo modo que un asesino puede llegar a tener motivos perfectamente legítimos para apiolar al prójimo.

Sin embargo, uno diría que incluso más determinante que este ambidextrismo moral que le concedió a Higgins la práctica del Derecho fue su condición de periodista, ya que no hay nada que le siente mejor al estilo de un autor de género negro que tener que pensar en la masa y contar cada una de sus palabras. Y en Higgins cada palabra cuenta tanto como cada miligramo de heroína en la balanza del narcotrafi cante, porque dos tercios de sus libros se componen de diálogos. “El diálogo es el personaje y el personaje es la historia”, subrayó. En el Principio fue el Verbo… y también al final. Y, como ya se sabe que en cada línea de diálogo, al igual que en cada verso, las palabras que están son tan signifi cativas como las que no están, el autor impulsa al lector a rellenar los intersticios de silencio para completar la historia o crearla a su gusto. Y, como ya se sabe que los diálogos novelescos descartan ser refl ejos de los de la vida real, declaró que aquellos “no son transcripciones verbales de las cosas que decimos, sino una recreación imaginativa de las mismas que se comprimen de una determinada forma”.

Cadena de influencias

Sería tentador afi rmar que, cada vez que hoy vemos a delincuentes o policías hablar como cotorras, escupiéndose palabras en una discusión o trenzando monólogos interminables, topamos con la huella de Higgins. Pero, como en esto de las infl uencias y las escuelas literarias establecer paternidades resulta tan elusivo como dar con el primigenio bosón de Higgs que explique el Universo, el toque Higgins tuvo, por lo menos, un evidente precursor en el relato Los asesinos de Ernest Hemingway, donde los matones del título son estrictamente lo que sale de sus respectivas bocas.

Si identificar ascendentes sobre Higgins no es siempre tan sencillo, rastrear sellos de Higgins plantea muchos menos problemas. El primer eslabón de la cadena es Elmore Leonard, quien en su novela Rum Punch (1992) introdujo el personaje de Jackie Burke, una azafata que hace de correo comercial para un traficante de armas, al cual el segundo eslabón, Quentin Tarantino, en su pasión por el guiño a las viejas escuelas, rebautizó como Jackie Brown (como la traficante que abría Los amigos de Eddie Coyle de Higgins) para su película homónima (y muy libre). En Leonard, los diálogos constituyen también las vigas maestras de sus libros, donde el ritmo de las palabras es todo y los adverbios están, por tanto, vetados. El creador del US Marshall Rayland ha citado repetidas veces que Los amigos de Eddie Coyle es su novela negra favorita, ya que lo sacó de varios atolladeros: “Higgins ponía a hablar a sus personajes sin especificar el lugar donde se encontraban. Pensé que funcionaba muy bien. Además, empleaba palabras obscenas que yo incorporé a mis libros. Mi madre entonces me regañaba por las palabrotas y yo le respondía, ‘pero mamá, no las pronuncio yo, sino mis personajes’”. El mimo con que Elmore Leonard describe el atuendo de sus personajes de cara a infundirles una personalidad determinada bebe igualmente de fuentes higginianas.

En Tarantino se reconoce más el pulso dialéctico que sufre un crescendo de surrealismo hasta alcanzar tintes directamente absurdos y, cómo no, esa banalidad del criminal que se cree un genio sofisticado pero que en realidad no es más que un pobre diablo. Los mimbres con los que Higgins levanta sus tramas son mínimos –en Los amigos…, un delincuente ejerce de soplón para la policía de cara a rebajar su condena, al tiempo que negocia con una banda de atracadores una entrega de armas; en Mátalos suavemente, un asesino a sueldo busca eliminar a dos atracadores de una timba de póquer que se la juegan entre sí– porque la trama, como ya se ha dicho, es el personaje. Trafi cantes de armas, hampones, agentes federales, sicarios, atracadores de bancos, delatores…. conforman una fauna cutre y logorreica. Por un lado, perdedores con el agua al cuello y la traición en la punta de los dedos. Por el otro, tipos para los que apretar el gatillo no es más que una transacción comercial dado que, ahora y siempre, “shit happens”. Y, por encima de todos ellos, jefes groseros y banales a los que es mejor no tocarles las pelotas.

El otro Boston

George V. Higgins representa, asimismo, la visión invertida del Boston donde se asentaron tantos peregrinos, donde prendió esa mecha independentista volcando té y que hoy acoge a las élites académicas en Harvard y el MIT. Su Boston sórdido y facineroso se remonta mejor a ese patriarca de los Kennedy que traficó con alcohol antes de meterse en política o al de ese Estrangulador que aterrorizó a la población femenina a principios de los años 1960. Una ciudad que actualmentetiene en Dennis Lehane (Mystic River) al continuador de la tarea de cartografi ar literariamente sus malas calles y que en el prólogo a la edición castellana de Los amigos… paga sus deudas sosteniendo que la novela “proyecta una sombra tan alargada, que todos los que nos afanamos en el género conocido como American Noir lo hacemos a su estela. Lo mismo nos ocurre a todos los que escribimos novelas ambientadas en Boston”. A Higgins se le admiró más en Gran Bretaña que en Estados Unidos, fue profesor de escritura creativa y publicó obras sobre béisbol y política, si bien como autor negro sufrió la maldición de la primera novela, ya que las andanzas del angustiado Eddie Coyle se consideraron el súmmum de su producción. A su prematura muerte, a los 59 años, la quincena de novelas que escribió y jamás vieron la luz hasta llegar a esa obra maestra dieron con sus huesos en un total de 88 cajas que también contenían varios guiones de cine huérfanos. Ahora su obra resucita de entre los muertos y los que van a morir y a matar vuelven a pegar la hebra.

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