La prensa dice

24 sep
2011

Reseña de "Martin Dressler: Historia de un soñador americano" en ABC Cultural

El sueño es vida

Por Rodrigo Fresán

[Para leer la reseña en ABC Cultural, haz clic en el pdf quee encontrarás a la izquierda.]

Mientras por estos días se publica en Estados Unidos una antología personal de sus relatos -We Others: New and Selected Stories- con rango de clásico vivo y raro, la trayectoria de Steven Millhauser (Nueva York, 1943) ha sido más bien errática en lo que se refiere a nuestro idioma. Varios títulos -editados en España, Argentina y Chile- aparecieron y desaparecieron sin dejar rastro en librerías, aunque sí en las bibliotecas de aquellos que tuvieron la fortuna o la astucia de cruzarse con él y con las extrañas alucinaciones de un narrador poco dado a entrevistas y que, más allá de los premios, sigue dando clases de literatura con aire de Mr. Chips reinventado por Tim Burton.

Así, este más que oportuno rescate de Martin Dressler (con el que tan inesperadamente como merecidamente ganó el preimo Pulitzer de 1997) es una nueva ocasión para descubrirlo. Y Martin Dressler -al igual que el precoz y suicida escritor Edwin Mullhouse (el ilusionista Eisenheim a quien Edward norton interpretó en la gran pantalla) o el obsesivo dibujabnte de cómics J. Franklin Payne- es amo y esclavo de sus quimeras. Y (constante millhauseriana) es un solitario y un enamorado. Es decir: un romántico. Y a finales del siglo XIX, el romanticismo de Dressler no pasa por los castillos en el aire, pero sí por los hoteles en el aire. Eslabón perdido entre E.T.A. Hoffmann y Horatio Alger, el entrepreneur Dressler se lanza a la caza del hotel temático perfecto y la novela de su vida narra el nacimiento, ascenso y relativa caída de un «soñador americano» que aspira a la construcción de un hotel que contenga en sus entrañas todo el universo. Es en esta novela de Millhauser donde la intención moral -presente en todas sus libros se hace más evidente, así como la crítica implícita a un país fascinado por la idea del doble y la robotización.

Delicada prepotencia. En este sentido, Martin Dressler -en el detallista retrato del fin de siglo pasado y en sus intenciones de denunciar con exquisitos modales el orden antinatural de las cosas- es, más allá de su filiación extranjera con Kafka, Borges o Calvino, una gran novela americana. Explicó Millhauser: «La sede de Hoteles Dressler refleja la pasión norteamericana por las réplicas, por simular ambientes. Es esa fascinación tan nuestra por las versiones falsas de las cosas. Una forma de ver la cultura norteamericana es como una constante lucha entre los valores materiales y espirituales [...]. Así, la revolución industrial puede ser considerada como un repentino salto hacia el lado material del carácter norteamericano. Desde ese lado, el gran éxito que supimos conseguir en nuestra faceta industrial acabó representando una falla en nuestra cultura». Hacia el final de Martin Dressler, su héroe soñador se despierta solo para hundirse más profundo en un sueño del que ya difícilmente podrá salir. Es el sueño realizado. El hotel como infinita cosmogonía íntima. Y cuando los personajes de Millhauser se despiertan, las secuencias son impredecibles, porque sus sueños acaban por imponerse a la realidad del otro con delicada prepotencia.

Páginas emocionantes Cuando nos damos cuenta, el mundo es un sitio diferente y no necesariamente mejor. Pero es un mundo que pertenece a los embrujados de este autor que, finalmente, deciden abandonar en busca de otros nuevos. Las emocionantes últimas páginas de Martin Dressler son ejemplo de esto: el artista rechaza su obra cuando esta amenaza con anularlo. Volver a empezar entonces. Coo hace Millhauser con cada libro. Y, si el sueño de la razón produce monstruos, el sueño de la supuesta irracionalidad de Millhauser -para quien el sueño es vida- ha producido maravillas durante casi cuarenta años. Nada hace pensar que quiera despertarse. «Los relatos como los trucos de magia, se inventan porque la historia no se adecua a nuestros sueños», dice Eisenheim en otra fantasía de Millhauser. Y no miente, aunque nos engañe. Que duerman bien.

ABC Cultural