La prensa dice

14 mar
2011

Reseña de la "Trilogía transilvana" en El Imparcial

Desenlace de la Trilogía Transilvana

Por José Miguel G. Soriano

En el mes de mayo de 1940, el conde húngaro Miklós Banffy de Losoncz (1873-1950) ponía fin en su castillo —ya entonces rumano— de la ciudad de Bonchida a la “trilogía transilvana” que había de constituir su obra maestra literaria, tras concluir la redacción de la novela El reino dividido, la última entrega de una serie iniciada previamente con Los días contados (1934) y Las almas juzgadas (1937). Rematada así en plena Segunda Guerra Mundial, un salto atrás, hacia la anterior conflagración, hay en la aportación narrativa de este autor al mundo del hundimiento del viejo Imperio austrohúngaro. A pesar de que la Segunda Guerra Mundial presenta un balance más trágico, a la Primera se le sigue denominando la “Gran Guerra” y no cabe duda cómo, en dicha designación, influyen el impacto y la sorpresa que causó entre sus contemporáneos: por su desgaste, por las nuevas formas de lucha, por el cambio que supuso en el equilibrio mundial? Ese fue el caso de Bánffy y de todo un pueblo húngaro que vio perder, tras la contienda bélica y el acuerdo posterior de Trianon (1920) las dos terceras partes de su territorio, incluida la región de Transilvania donde el aristócrata novelista había nacido y que pasó a soberanía rumana.

Miembro de una acrisolada dinastía nobiliaria, integrada por gobernadores y cortesanos y poseedora de abundantes títulos, la vida del joven vástago Miklós se desenvolvería entre la actividad política a la que parecía predestinado por su posición familiar y su innata vocación artística, que le llevaría a cultivar la literatura —y otros campos creativos como la música o la pintura— al tiempo que ejercía relevantes cargos administrativos y diplomáticos de su país. Esta dualidad vital aparece también reflejada en el protagonista de la trilogía transilvana, el conde Bálint Abády, en quien se superponen —y contraponen— el relato de su vida pública, como miembro del Parlamento de Budapest, con el de su vida privada: la historia de su familia, de su pasado, de sus amistades y sus amores, encarnados en los personajes de su madre Róza, su primo László Gyeröffy —el rutilante músico y bailarín— y su hermosa amante Adrienne. No es la única coincidencia autobiográfica en la obra; ya en su libro de memorias Desde mi recuerdo, publicado en 1932, Bánffy describía el castillo y el enorme parque con bosques y arroyos donde se crió y que más tarde convertiría en el hogar transilvano de su alter ego en la trilogía, donde Bonchida recibe el nombre de Dénestornya —“la torre de Dénes”— por su pariente el gobernador Dénes Bánffy, y la figura del abuelo se inspira en la verdadera del autor, un antepasado que donó toda su fortuna para construirse un refugio en medio del bosque y vivir como ermitaño.

Realidad histórica y aparente ficción, por tanto, se dan la mano en una serie novelesca con la que Bánffy pretendía retratar la Hungría de preguerra y el declive de una nación que, desde su mirada, hubo de producirse por culpa de la aristocracia dominante a la que el propio escritor pertenecía y a los errores de una clase política de la que también formó parte. Aunque la obra abarca la década entre 1904 y 1914, el mismo ambiente convulso, premonitorio de nuevas luchas, reinaba en el periodo (1934-1940) en que se publicó la trilogía; tal vez, Bánffy buscaba con ella redimir, desde la perspectiva del tiempo transcurrido, el sufrimiento que le produjo no poder atenuar, como ministro húngaro de Asuntos Exteriores tras el fin de la Gran Guerra, los efectos del humillante Tratado que supuso la desmembración de su patria. Retirado seguidamente de la política, su labor se centraría en fomentar, a través de sus escritos y de diversas actividades culturales, la pervivencia de la lengua y tradición magiares en territorio rumano, como forma —quizá— de lograr sobreponerse a aquella dolorosa expatriación. El proceso de redacción por parte de Bánffy de la trilogía transilvana se debe así a un cierto sentimiento de remordimiento y de nostalgia por la “gran Hungría”, por Transilvania y por todo lo que los húngaros perdieron.

Para lograr reconstruir aquellas vicisitudes históricas y el ambiente que se respiraba en las postrimerías del Imperio habsbúrguico, sin dar lugar a un plúmbeo tratado político, Bánffy recurre al aparato novelesco que componen las vidas entrelazadas y los avatares económicos, sociales, familiares y sentimentales de los protagonistas de toda la serie, cuyo relato se retoma en El reino dividido. Aunque la trama, conexa, no cobra todo su sentido sin haber leído sus precedentes y sin seguir la evolución de los personajes y sus relaciones, una serie desperdigada de flash-backs y de alusiones históricas permite una lectura independiente de esta entrega. En ella, Abády, el personaje principal, verá resquebrajarse definitivamente sus proyectos tanto políticos como personales, pues, tras un inicial y esperanzador reencuentro con Adrienne, la posibilidad de un futuro estable junto a su amada parece alejarse ante el cuidado que precisa la única persona capaz de separarlos, la hija de esta última, Klémi; mientras que sus intentos por establecer cooperativas agrarias se enfrentan a los recelos entre etnias y a la enemiga de los viejos terratenientes. Paralelamente, el declive de su disoluto primo Lászlo Gyeröffy es cada vez más evidente, arruinado por el alcohol y los recuerdos de su pasado. Como un símbolo del final de una época, su anciana madre, enferma, muere mientras contempla orgullosa su yeguada; al tiempo que la política húngara, en pugna con la soberanía vienesa, lastrada por el autoritarismo, la obstrucción parlamentaria y las luchas partidistas se sitúa al borde del colapso y, a nivel internacional, la inestable situación en los Balcanes, la febril actividad armamentística y las propagandas nacionalistas presagian el estallido inminente de la Primera Guerra Mundial.

Con todos estos mimbres, Banffy compondrá un complejo rompecabezas del estado físico y espiritual (moral y ético) de la sociedad austrohúngara a comienzos del XX, escrito —como señala Juan A. González Fuentes— a la manera tradicional decimonónica, sin que las innovaciones del simbolismo y vanguardismo de la narrativa de entreguerras (Proust, Joyce, Kafka, Virginia Wolf?) tuvieran presencia en ella y con un cierto aroma antiguo y decadente que la emparenta con otras del mismo corte y temática como —sobre todo— El Gatopardo de Lampedusa. Una novela “de las de antes”, densa y compleja, con un característico narrador omnisciente cuya mirada se posa sobre asuntos diversos y que resulta casi un personaje más de la obra que pretende orientar e influir, en todo momento, la opinión del lector sobre los seres y acontecimientos que describe, a los que suele califica de entrada. Observaciones del tipo “A sus espaldas seguían cuchicheando (...) Sin embargo, lo que contaba era my interesante” (pág. 166) o “Ázbej, aunque no tenía la menor idea de quién era la dama que había llegado con Bálint, disimuló estar tremendamente afligido” (pág. 365), son frecuentes en sus páginas. Su aguda capacidad, no obstante, de penetración psicológica se pone de manifiesto, por ejemplo, al describir el carácter de Róza, la madre de Abády: “Como la pequeña reina de carácter tiránico que era (...) si no recurrían a ella, pensaba que rechazaban su benevolencia y abusaban de ella. Nadie debía olvidar que allí todo era suyo y solo dependía de su persona” (pág. 70) y su evolución tras la enfermedad: “Bálint tuvo la sensación de que nunca habían estado tan cerca como entonces. Tenía la impresión de que algo en su madre se había liberado (...) En Abbazia parecía más tierna y condescendiente, quizá debido a la experiencia amenazadora que sin duda le despertó pensamientos sobre la muerte” (pág. 216).

Los distintos niveles de lectura que ofrece la obra, y la abundancia de elementos descriptivos, estáticos, dilatan continuamente la acción central del relato, la difícil relación de amor entre Abády y Adrienne; y, para los lectores sin mayor interés en el desarrollo político de la etapa final de la monarquía vienesa, es muy probable que numerosos pasajes de la novela les resulten aburridos y reiterativos, como aquellos referentes a las reuniones políticas en el Parlamento húngaro o a las vicisitudes bélicas y geoestratégicas de las Balcanes. Ese marco histórico y político, no obstante, le sirve al autor para reflejar fielmente a través de Bálint la doble faceta de su personalidad, su responsabilidad como hombre público y su discurrir íntimo en Dénestornya, y también para contraponer —bruscamente— el suceder de los acontecimientos con la inmutabilidad y la hermosura de la tierra y el paisaje transilvanos, descritos de forma lírica y evocados desde la nostalgia como algo único, mágico, donde quizá reside la verdadera esencia de la patria, lo que recuerda el concepto unamuniano de “intrahistoria”, de los valores permanentes, intemporales, por debajo de la historia externa (reyes, políticos, guerras...): “¡Qué pacífico era ese jardín! Cuando contemplaba la belleza y la paz del jardín uno creía imposible que hubiese odio, guerra y matanzas. A Bálint se le encogió el corazón al ver aquel jardín otoñal. Su preocupación por el país, por su pueblo, se mezcló con la preocupación por su madre” (pág. 261).

El asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio austrohúngaro, supondrá la chispa que desencadene la declaración de la guerra en agosto de 1914, acogida inicialmente con júbilo en las capitales de los países beligerantes. La confianza en que el desarrollo de las armas no permitía prolongar la lucha contribuyó a crear un estado de ánimo único en la historia del pasado siglo. En El reino dividido, sin embargo, observaremos nuevamente el profundo contraste entre el optimismo popular y la amargura de su protagonista, quien “tuvo la sensación de estar solo. Solo él y, debajo, el mundo que estaba a punto de desaparecer” (pág. 401). El mismo sentimiento que debía invadir, en el momento de redactar su obra, a un Bánffy que, al estallar la Segunda Guerra Mundial, antes de partir hacia Budapest subirá al monte Feleki para despedirse de Bonchida, al igual que su personaje Abády. Doble desgracia, la vivida por un escritor que primero vio perder la nacionalidad húngara de su amada Transilvania y después se vio privado de su tierra y destruidas sus posesiones tras la caída del Eje y la invasión de Rumanía por el Ejército Rojo soviético, que le obligó a un exilio ya sin retorno en 1947. Igualmente, sus escritos sufrieron la doble censura por parte de los regímenes comunistas de Rumanía y Hungría, y no volvieron a ver la luz hasta 1982. Su rescate se produce en el contexto de la integración en la Unión Europea de los llamados países del Este y el descubrimiento, y en algunos casos redescubrimiento, en la Europa occidental de la literatura escrita por autores nacidos más allá del Telón de Acero (Z. Móricz, Sándor Márai, Imre Kertész, por citar solo ejemplos de Hungría). La obra y la vida de Miklós Bánffy simbolizan el drama de la historia húngara de la primera parte del siglo XX, de un periodo en el que, en palabras del crítico antes aludido, “...lo que sucedía y se pensaba en Varsovia, Budapest, Praga o Bucarest, no era muy diferente a lo que sucedía y se pensaba en París, Roma, Viena, Londres, Madrid o Berlín”.

Los lunes de El Imparcial - El Imparcial

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