La prensa dice

24 mar
2011

Reseña de la trilogía de "Las grandes familias" en el Diario de Mallorca

Tres buenas novelas

Por José Luis de Juan

Las trilogías novelísticas suelen ser desiguales y a veces simplemente una novela muy larga partida en tres. No recuerdo haber leído muchas y tampoco haber sido constante en obras monumentales como el Hombre sin atributos, de Musil, o En busca del tiempo perdido. Sin embargo, las excepciones reconfortan. Y este es el caso de las tres novelas de Maurice Druon que Asteroide ha ido publicando el último año. De una manera sorprendente, el francés nos devuelve la fe en las trilogías con un aliento narrativo fresco y hondo. Primero fue Las grandes familias, novela que ganó el premio Goncourt en 1947 y a la que siguió La caída de los cuerpos y Cita en los infiernos. Confieso haber empezado por la última (siguiendo una recomendación muy autorizada), haber leído después la primera y terminado con la de en medio. Todas ellas llevan el sello inconfundible de Druon: una voz segura, inspirada, de una finura y una inteligencia clásicas, desprovista de los excesos del nouveau roman una vanguardia ilegible. Druon escribe como un novelista inglés con la ventaja de que es un tipo de París. Y qué tipo: letrista del Canto de los partisanos, adalid de De Gaulle y ministro de Pompidou, primer enemigo de Sartre, peso pesado de la grandeur de una nación que perdía fuelle a marchas forzadas.

El narrador de esta inefable trilogía lo sabe todo de dos familias unidas por el amor y la desgracia, y de otros personajes que estuvieron ligados a ellas. Es sensible con sus miserias, tolerante con sus excesos, lúcido con los despojos de la pasión y la codicia. La prosa es impecable, y muy bien traducida por cierto. Todas las reflexiones, descripciones, diálogos están en su sitio, con precisión absoluta. Resulta casi imposible encontrar una frase falsa o un adjetivo subido de tono. Ah, y los personajes: qué riqueza de matices, qué profundidad acaban teniendo a lo largo de las tres entregas tipos como el arribista Lachaume, el médico Lartois, los jóvenes Jean-Noël y Marie-Ange. Los seguimos con fruición e interés creciente (algo que no pasa con Proust, ese genio de la neurastenia preciosamente calculada, pero Proust pertenece al gran Panteón y no vamos a compararlo en absoluto con un modesto novelista como Druon), les acompañamos a sus citas amorosas, en sus viajes ociosos, en su cerrada desesperación.

Y eso que el inicio de la trilogía no promete mucho. Un poeta, La Monnerie, muere en casa de su amante mientras un avispado discípulo, Lachaume, empieza a medrar gracias a ese óbito. La hija del poeta está casada con el hijo de un poderoso banquero, Schoudler. Los odios y venganzas entre las familias desencadenan una lucha financiera que acabará en desastre. François es la primera víctima, a la que seguirá el odiado noble Lucien Maublanc, mientras en poco tiempo los dirigibles alemanes sobrevuelan París y la guerra se anuncia como una gloriosa noche de estreno. En el segundo libro, La caída de los cuerpos, la historia se traslada a la campiña francesa y a la decadencia de la familia La Monnerie, con Urbain como último eslabón, que organiza cacerías. Al mismo tiempo, se describe el crack del 29 en París cuando los Schoudler acaban de hundirse en su propia salsa especuladora. Como dice Druon, “el capitalismo se ha convertido en un sistema económico de timoratos. Es la esperanza del provecho con el mayor reparto posible de los riesgos.” Palabras proféticas en los momentos actuales.

La última entrega, Cita en los infiernos, resulta la más lúcida y escalofriante. Empieza con una fiesta de disfraces, donde los jóvenes Schoulder se presentan en sociedad, mientras la abuela, la viuda de Jean de La Monnerie, muere en su castillo de Mauglaives. Allí están el viejo dramaturgo Wilner, el ministro Simon Lachaume, su amante Sylvaine, Lord Pemrose, el médico Lartois, todos cínicos y en su ocaso. Jean-Noël pierde la inocencia al conocer el verdadero rostro de su madura amante, y por eso se retira a la abadía del lord, donde the three bees tratan de seducir chicos como él con el refinamiento de una cultura de otro siglo. Marie-Ange cae en las redes de ese Julian Sorel que es Lachaume, y su hermano regresa del hundimiento veneciano para reproducir otra vez la bancarrota familiar. Se casa con una millonaria vieja loca, restaura el castillo familiar y se vuelca en el patetismo y el incesto. Y luego llega la otra guerra, que es el canto del cisne de Simon Lachaume. Pero en el fondo lo admirable de esta trilogía no es el argumento y los hechos que se narran, quizá ni siquiera los personajes; lo admirable es el discurso certero, lleno de resonancia, de experiencia de la vida y de gusto por saber contarla.

Bellver (Diario de Mallorca)

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