La prensa dice

14 jun
2013

Reseña de "La agonía de Francia" en el blog En lengua propia

Por Jaime Fernández Martín

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En Estados Unidos los cineastas que trataron en alguna de sus películas la resistencia antinazi durante la Segunda Guerra Mundial enfocaron el asunto de una manera que quizá extrañase a los europeos. Libres de la cercanía con que aquí se vivía la lucha ideológica desatada a raíz del conflicto, los héroes de esas películas, a menudo ambientadas en entornos coloniales, percibían un tanto lejana la guerra. Sólo en el momento decisivo mostraban su verdadero rostro.

Por citar dos ejemplos muy conocidos, en Casablanca (1942) y en Tener o no tener (1944) el héroe antinazi más eficaz es un solitario (interpretado por Humphrey Bogart), apolítico e incluso indiferente ante el conflicto y al que sólo le quita el sueño la buena marcha de su negocio.

En Esta tierra es mía, la película que Jean Renoir rodó en EE.UU en 1943, también el ferroviario de apariencia simple (Kent Smith), que simula confraternizar con el enemigo, el maestro tímido, feo (Charles Laughton) y sólo preocupado por conquistar el cariño de la bella maestra (Maureen O`Hara), y el director de escuela solterón y libresco (Philip Merivale), serán quienes se opongan al invasor nazi. Héroes aparentemente sin madera de héroes pero que saben estar a la altura de las circunstancias. Todos ellos aparentaron indiferencia, como si sólo les importasen sus asuntos personales. Sin embargo, a la hora de la verdad se comprometieron hasta las últimas consecuencias.

Descendiendo al terreno de la realidad, hubo un español que, tras la cruel experiencia de la Guerra Civil de 1936 y desde el exilio, se enfrentó al enemigo nacionalsocialista como sólo sabía hacerlo: con su máquina de escribir. Se trata del periodista sevillano Manuel Chaves Nogales, quien al llegar a Francia en 1939, huyendo de las tropas franquistas, fue testigo de la Ocupación alemana en junio de 1940. También en esa ocasión estuvo allí y se puso a contar todo lo que vio, mientras a su alrededor presenciaba consternado la deserción de la mayoría de los parisinos.

Los ejércitos alemanes entraron tranquilamente en París el viernes 14 de junio de 1940 y ya el lunes anterior no quedaba ni un portero en el ministerio al que Chaves Nogales estaba adscrito. Sólo vagaban por los pasillos “como almas en pena, unos cuantos colaboradores extranjeros, italianos antifascistas, judíos de nacionalidad dudosa y rojos españoles que habíamos sido dejados por cuenta de Hitler”. Un millón de parisinos habían emprendido la huida, detrás del gobierno y de sus funcionarios, colapsando las salidas de la capital.

En su libro La agonía de Francia Chaves anotó las reflexiones que le sugería la “extraña derrota” –así fue como la definió el historiador Marc Bloch, fusilado por los ocupantes el 16 de junio de 1944, tras ser torturado por la Gestapo debido a su origen judío y su participación en la Resistencia- a la que se abandonó la sociedad francesa en aquellos trágicos momentos, atrapada en su propia impotencia, como resultado de la disolución moral y política en la que se hallaba sumida desde hacía años.

Era previsible que con ese precedente a la mayoría de los franceses no se les ocurriese otra cosa que huir de los dilemas morales que les planteó la Ocupación por un ejército adiestrado en el odio, la mendacidad ideológica, un nacionalismo perverso y criminal y la fe ciega en sus corruptos dirigentes. Unos se rindieron, apostando por el poderoso enemigo; otros se lavaron las manos, encerrándose en su vida privada, y sólo unos pocos plantaron cara al invasor.

En su análisis de aquella trágica experiencia, Chaves Nogales subraya el aislamiento del individuo en la sociedad de masas y la “indiferencia inhumana” de éstas. Lamenta que el “mito de la ciudadanía” engendrado por la vida urbana no hubiese sido más que una ilusión.

A pesar de su ritmo vibrante y de sus progresos materiales, la ciudad es “un ser inanimado, una fuerza y una resistencia gigantesca” que, sin embargo, “permanecen inoperantes cuando se quiere esgrimirlas con una finalidad espiritual superior”.

La tarde del domingo en que murió Francia fue de lo más normal. La gran capital, París, permanecía confiada y la muchedumbre endomingada paseaba por los jardincillos del Hôtel de Ville con absoluta indiferencia.

Más que las angustiosas preocupaciones nacionales del momento, lo que traía de cabeza a aquella muchedumbre era encontrar ”un mediano restaurant, una cama, una mesa libre en una terraza para tomar el aperitivo, una localidad para el cine”.

A Chaves Nogales le llamaba la atención que, incluso en una catástrofe como la que se avecinaba, los tranvías continuasen funcionando y los teatros y los cines permanecieran abiertos, al igual que los mercados y los bazares. Los guardias urbanos seguían regulando el tráfico y los carteros repartían las cartas como de costumbre.

Lo que realmente no se toleraba es que al salir de la oficina o del taller no se pudiese tomar el aperitivo, que se debiera perder una hora haciendo cola ante la puerta de la panadería o que el tráfico rodado no estuviese debidamente regulado por los guardias.

La inercia de la costumbre y la mecánica de la organización se impusieron sobre los requerimientos morales derivados de la nueva y peligrosa circunstancia. La subordinación a esa mecánica funcional reveló una forma de esclavitud desconocida hasta entonces. Era como si en el fin del mundo los relojes continuasen marcando la hora. Concluía afirmando que “todo intento contra esta inercia formidable de la gran ciudad está condenado al fracaso”. Un país puede ser invadido, un Estado puede derrumbarse ante la pasividad de la gente –observa Chaves-, pero el servicio municipal de recoger las basuras seguirá funcionando las cuarenta y ocho horas. “Las masas modernas soportan todo menos la incomodidad material” porque la independencia de la patria, los derechos humanos, los destinos de la civilización son “puras abstracciones” para ellas.

La indiferencia moral sólo conduce a la barbarie, al aislamiento de los individuos, al egoísmo, a la irresponsabilidad, al olvido, a la supresión de la conciencia y al eclipse de los valores básicos que sostienen la civilización. Es la ley de la selva, que cada cual se las arregle por su cuenta y sálvese quien pueda.

Esta barbarie moderna se distingue de la otra en que “sacrifica la dignidad humana a la satisfacción de los instintos dentro del cuadro estricto de una reglamentación de policía urbana inflexible”. Un curioso fenómeno asociado a ella detectado por Chaves fue la facilidad con que la muchedumbre pasaba en muy poco tiempo de un estado de ánimo a otro opuesto; de la “desesperación más espantosa a la frivolidad al optimismo injustificables”.

Las mismas gentes que habían salido de París angustiadas y que a quinientos kilómetros se encontraban con que habían perdido sus bienes, con las familias dispersas y la patria deshecha, eran las mismas que unas horas después abarrotaban las terrazas de Biarritz o de San Juan de Luz mientras charlaban tranquilamente y se reían ante un aperitivo. Para Chaves esto es una muestra de la facultad “de inhibición prodigiosa” que tiene el hombre moderno.

Citando a Ortega y Gasset, el autor del influyente ensayo sociológico La rebelión de las masas, que comenzó a publicar en 1929 en el diario madrileño El Sol, argumenta que la decadencia de la democracia radica en esta rebelión, “el gran fenómeno de nuestro tiempo” provocado “no por un afán de superación multitudinario, sino por el desencadenamiento diabólico de los más bajos instintos”.

Chaves estaba convencido de que esto era una manifestación clara del desequilibrio entre el progreso material y el espiritual. Un exponente de ello es lo que hoy entendemos por “terrorista”:

“un adolescente semianalfabeto, pero que tenga buenos movimientos, reflejos y pulmones resistentes puede aterrorizar a una ciudad de millones de habitantes planeando sobre ella con una tonelada de mortíferos explosivos, gracias a un motor cuyo funcionamiento ni siquiera conoce y que conduce a ciegas con sólo mover unos resortes”.

Nadie como Chaves se hallaba en mejor disposición para lamentar la indiferencia de la ciudadanía en aquella grave situación. Durante los cuatro años de guerra civil en España había sido testigo de la pasividad de las democracias a la hora de defender la legitimidad de la Segunda República.

Bajo la bota de la tiranía nazi, esas mismas democracias sufrieron en propia carne la indiferencia que habían mostrado hacia España. Sin embargo, también como había sucedido en este país, durante la Segunda Guerra Mundial fueron los perseguidos por la tiranía quienes habrían de padecer con más rigor las secuelas de la indiferencia generalizada.

En su libro, Chaves critica a los nacionalistas franceses, quienes, al bregar por la demolición de la democracia, hundieron la nación. “Francia se ha suicidado”, sentencia el periodista, traicionando a las masas que buscaron refugio en ella, pero de una forma distinta de como lo hizo España en 1936, pues, en vez de intentar aniquilarse los unos a los otros, todos remaron en la misma dirección: minando “la base de sustentación común” y arruinando al país.

También culpa de la catástrofe a la pequeña burguesía proletarizada y a las clases medias que apoyaron el turbio nacionalismo francés del escritor Charles Maurras, ideólogo del grupo de extrema derecha Action Française.

Igualmente, responsabiliza de la derrota al ejército, al militarismo y al prejuicio antiliberal de sus jefes, quienes mantuvieron una “voluntad de sumisión” al hitlerismo, a lo que había que sumar la incapacidad profesional de la mayoría de los oficiales. Si en 1914 este ejército pensaba hacer la guerra como en 1870, argumenta el periodista, en 1939 pensaba hacerla como en 1914.

A juicio de Manuel Chaves, un indicio evidente de que Francia “estaba virtualmente conquistada por el enemigo” antes de la Ocupación alemana, es el triunfo del antisemitismo en Francia, como lo prueba el que Georges Mandel, considerado el único Clemenceau posible de aquella guerra, no pudiese ponerse al frente del gobierno de la República por su origen judío.

La agonía de Francia se publicó en 1941 en Montevideo. Perseguido por la Gestapo, Manuel Chaves Nogales emigró a Londres, donde falleció en 1944 a los cuarenta y siete años, víctima de una peritonitis.

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