La prensa dice

1 feb
2016

Reseña de "Juegos reunidos" de Marcos Ordoñez en Mercurio

Por Antonio G. Iturbe

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Las noches eternas de Marcos Ordoñez

Este libro, más que una fotografía precisa de las estaciones de su vida, es una acuarela mojada de momentos que se difuminan sobre las hojas. Los perfiles de la realidad que maneja Ordóñez se pierden a veces, pero no solo no nos importa sino que nos perdemos gustosamente con él. Nos advierte que escribir un texto “al principio se parece mucho a pintar un cuadro”. Contribuye a su aire disgregado el propio estilo del autor, pero también el hecho de ser una recopilación de entradas de blog, artículos y relatos breves que componen un álbum de cromos desordenados. Hay algún leve retoque a algunos de los textos publicados anteriormente, como sucede en “Astor” —absolutamente sobresaliente— o en esa confesión personal sobre su relación con la bebida titulada “Alcoholes”, que cuando publicó en Jot Down iniciaba diciendo que iba a cumplir 60 años y aquí omite el dato, no se sabe si por mantener el hilo narrativo de engarce con el resto de piezas o por coquetería. Porque Marcos Ordóñez es un coqueto despeinado, o le gustaría serlo, que al final del libro pide “volver a tener melena. Aunque sea un rato. Aunque sea verde”.

En “Alcoholes”, tras reconocer que ya anda retirado de las altas graduaciones, nos habla de esas salidas nocturnas en las que “bebíamos para que todo brillara”. Nos pasea por esos encuentros, a menudo con premeditación y nocturnidad, en los que lo mismo se dejaba caer por los bares humildes de “barra de aluminio, oreja de cerdo y nube de aceite” que por los bares de la Barcelona vieja del Pastís y el London o la de las discotecas de moda de los barrios altos.

Quizá la falta de unidad sea la mayor pega que pueda ponerse a este abanico de instantes. Sobre todo por haber caído en la tentación de incluir algunas piezas que, siendo valiosas en sí mismas, aquí rompen la dinámica de merodeo vital que se logra en algunos momentos. Sucede con páginas como las dedicadas a la indignante muerte de Alfonso Bayard al ser placado por la policía o los artículos sobre actrices, que siendo piezas de muy buena hechura, su carga emocional y formar parte de su universo de intereses, rompen la línea de la lectura de interiores. El intento de convertir artículos publicados en diferentes épocas, en medios distintos y con intenciones diversas en un único volumen es algo que, por mucho que se quiera, nunca acaba de convertirse en una salsa completamente emulsionada.

Aun así, este es un libro que proporciona momentos de gloria lectora. Nos devuelve a ese Francisco Casavella, que cuando él lo conoció ni siquiera había dejado aún de trabajar en La Caixa y una noche encabezó una revuelta de noctámbulos que se negaban a dejarlo irse a dormir y asaltaron festivamente su casa entrando por una ventana. Nos acerca a ese Jaime Gil de Biedma que dice que tenía el don de hacer que la gente pareciera más inteligente, un mundo en el que se entremezclan David Lynch, Gato Pérez, Onetti, Anna Maria Moix, Jaume Sisa, Vainica Doble o Bob Dylan… Pese a ser un libro de miscelánea, vibra siempre —y eso es lo que finalmente logra que nunca se rompa el hilo— ese estilo de Marcos Ordóñez emocional pero sin azúcares añadidos, de una nostalgia con cubitos de hielo que nunca cae en lo melodramático. Al terminar la lectura no sabemos si todo tiempo pasado fue mejor, pero sí que Marcos Ordóñez sabe encontrar, en el cedazo de piedras y barro de los recuerdos que se fueron, pepitas de oro que siguen brillando.

Por Antonio G. Iturbe - Mercurio