La prensa dice

Reseña de "El prestamista" en La Nueva España

Una novela sobre los sentimientos heridos

Por Luis M. Alonso

[Para leer esta reseña de El prestamista en Faro de Vigo, haz clic aquí]

Hasta qué punto el dolor puede hacer de la vida un sentimiento invisible y cómo la vida puede devolverle al ser humano la capacidad de reaccionar al sufrimiento. Leo conmovido El prestamista, la magnífica novela de Edward Lewis Wallant, que Sidney Lumet llevó al cine en 1964.

Antes de morir a causa de un aneurisma, a los 36 años, Wallant había publicado dos novelas, The human season y El prestamista, mientras que otras dos, Los inquilinos de Moonbloom y The children at the gate, vieron póstumamente la luz. Wallant comenzó a escribir tomándose el asunto en serio cuando iniciaba la treintena, después de servir en la Segunda Guerra Mundial, cursar estudios en una escuela de arte y pasar algunos años como director artístico de publicidad en Nueva York, en una de esas firmas comerciales de Park Avenue donde transcurre parte de la acción de la popular teleserie Mad men.

Enseguida se le consideró merecedor de pertenecer al selecto grupo de escritores judíos americanos de posguerra, junto a Saul Bellow, Bernard Malamud, Norman Mailer y Philip Roth. Que Wallant, debido a su prematura desaparición, no pudiese completar el viaje en tan ilustre compañía debería considerarse una gran pérdida para la literatura, teniendo en cuenta lo prolífico y brillante que era y la intensidad con que su obra despuntó en tan pocos años de creación. No he tenido la oportunidad de leer The human season, pero las otras tres novelas que Wallant escribió en su corta vida son todas ellas pequeñas obras maestras. Los inquilinos de Moonbloom, por ejemplo, es una historia ligeramente cómica, a menudo triste, que contiene el aire inconfundible de la alegoría. Otra de sus novelas póstumas, The children at the gate, alberga un tono menos optimista que la primera, trata de los pacientes de un hospital y la brutalidad con que el destino golpea sus vidas. Su lectura no deja en ningún momento la amarga sensación de haber perdido el tiempo.

Cuando en 1950 vio la luz El prestamista no se había publicado gran cosa en Estados Unidos sobre las consecuencias destructivas, morales y espirituales, del Holocausto. La novela apenas figura en un lugar destacado entre otras que vinieron después con mayor vocación de penetrar en tan espinoso asunto. Sin embargo, nadie que la haya leído podrá olvidarse de las conmovedoras descripciones del viaje que el protagonista, Sol Nazerman, hizo de niño a la ciudad de Wyzgorod y a los campos de exterminio. Wallant, como explica Eduardo Jordá en el prólogo de El prestamista, que él mismo ha traducido al castellano y publica ahora Libros del Asteroide, sabía muchas cosas del Holocausto gracias a un compañero de clase de dibujo, un judío polaco seis años mayor que él, que le contó su dolorosa experiencia en el gueto de Varsovia y en el campo de concentración de Budzyn, donde le obligaron a hacer retratos pornográficos para entretener a los SS. Posteriormente, Morris Wysszogrod, así se llamaba, estuvo también en Plaszów, Cracovia, donde el comandante del campo tenía como distracción practicar el tiro al blanco con los reclusos. Finalmente, fue liberado por el Ejército soviético en Praga y consiguió emigrar a Estados Unidos, algo que les resultó imposible a sus familiares, que perecieron a manos de los nazis.

A diferencia de William Styron, que se jactaba a propósito de La decisión de Sophie de haber estudiado a fondo el relato histórico antes de emprender el suyo propio, Wallant se basa únicamente en su propia imaginación y en las de conversaciones con un superviviente del Holocausto a quien conocía personalmente para recrear las vivencias de una víctima de los campamentos de exterminio. El desconocimiento que para la mayoría de los novelistas, incluido Styron, podría ser un defecto en Wallant resulta una virtud. Para él no es un problema suplir las lagunas históricas con registros emocionales, de hecho, así transcurre el relato del prestamista, un inmigrante taciturno que, desterrados los sentimientos por el dolor padecido, "sin amigos ni corazón", vive de la usura en un sórdido ambiente, entre prostitutas y delincuentes de tres al cuarto en la calle 125 del East Harlem neoyorquino. "Y así fue capturado por la corriente de aquellos seres, al mismo tiempo que intentaba encontrar el manantial de sus propias lágrimas".

Si quieren una buena novela para este verano, aquí la tienen.

La Nueva España