La prensa dice

1 feb
2011

Reseña de "El infierno de los jemeres rojos" en El viejo topo

Viaje al fondo de la crueldad

Por Antonio García Vila

Aturdidos por los testimonios del Holocausto nazi, perplejos por la barbarie de los asesinos y el sufrimiento de las víctimas, parece que nada pudo ser peor que aquello, pues hasta el dolor y el crimen tienen su graduación, y en los nazis veíamos el non plus ultra de la sinrazón y la crueldad. Pero el siglo XX nos tenía reservados otros genocidios, otras matanzas y torturas, No bastaba con la banalidad del mal nazi ni con el Gulag stalinista. Hay otros crímenes, otros delirios sangrantes, otras aniquilaciones que nos enseñan mucho de lo que el hombre puede hacer contra sus semejantes; cómo ciertas ideologías pueden envenenar el cerebro de los sádicos y los tarados, de los irresponsables y los verdugos. Uno de esos islotes brutales, y no precisamente el menor de ellos, es el que tuvo como escenario a Camboya entre los años 1975 y 1979. Fueron los años en que los jemeres rojos, guiados por Pol Pot, consiguieron tomar el poder tras una guerra civil de la que la población ya estaba hastiada y confiaba en que el nuevo gobierno jemer trajera la paz y un futuro mejor para todos los ciudadanos. Los comunistas esperaban una revolución que cambiara el curso de su historia, y la población esperaba que la normalidad se instaurara en sus vidas, hartos ya de arbitrariedades y violencia. Hay relatos de todo ello, testimonios de lo que tras la victoria de Pol Pot, considerado por algunos como el "último verdugo", aconteció en ese país castigado por el imperialismo y por sus propios mandatarios. EI régimen de Lon Nol aliado de los Estados Unidos tocaba a su fin, y una luminos aurora roja prometía emerger pujante en la nueva Kampuchea. Pero todo era un gran equívoco. Desde el nombre, tomado del francés, Kampuchea democrática, hasta las últimas medidas políticas de los jemeres rojos todo fue un gran error en el que lo más despreciable de los "grandes timoneles", de los padrecitos de acero se convirtió en realidad dando aparentemente la puntilla al comunismo que durante el siglo XX había malbaratado su crédito. De una ideología polÍtica de vanguardia, de una ética teóricamente modélica, del afán de justicia e igualdad, del despertar del hombre nuevo esculpido en mármol, de la conquista de la libertad, no parecía quedar ya más que Ia grotesca caricatura de los jemeres rojos. Nada que ver, por tanto, con la teoría marxiana, ni siquiera con el Lenin más lúcido y afilado. Lo que quedaba era tan solo el poso amargo de los delirios de grandeza, de Ia üolencia ritual, del despotismo más salvaje. Lo peor de Stalin y Mao tomaba cuerpo en un hombre del que poco se sabía, pues rehusó ese culto a la personalidad que había sembrado de estatuas y efigies los territorios dominados por Stalin y Mao; que convirtió Camboya en un infierno en el que pretendía construir al nuevo hombre de un zarpazo. No han faltado los testimonios de supervivientes de ese experimento alucinado que fueron los cuatro años de poder de Pol Pot, Están los de Pin Yatay o Haing Ngor a los que ahora se suma Denise Affonço, una camboyana de origen francés que sobrevivió a los campos de trabajo pero que en el camino perdió a su marido, a su hija pequeña, a su cuñada, sus sobrinos, etc.. Empleada en la embajada francesa y casada con un culto comunista que le leía textos de Mao para explicarle que no debía temer nada de los jemeres rojos, Denise no lo veía nada claro. y tenía razón: padeció en sus carnes la política de los nuevos tiranos, sufriendo sus arbitrariedades, su despotismo, su crueldad. y sobrevivió a todo ello y, como otros muchos testigos de la barbarie, uno de los alicientes que hallaba para poder seguir viviendo era que tenía que contarlo, que explicar a todo el mundo lo que ella y tantos otros padecieron en cuatro años de horror.

Cuando los jemeres rojos tomaron el poder la población camboyana se sintió casi aliviada, pues concluía una etapa desastrosa de su país. Affonço, como vimos, no estaba segura de lo que se avecinaba, pero Seng, su marido, lograba tranquilizarla y darle confianza. Mas poco duró su calma pues Seng fue el primero de la familia en desaparecer. Los jemeres rojos desalojaron las ciudades, incluida desde luego Phnom Penh, donde vivía Denise, aconsejando a los habitantes que se llevaran sólo lo imprescindible, y solicitaban las llaves de las casas para, aseguraban, cuidar sus pertenencias. Seng confiaba en ellos y no puso reparos a la medida. Salieron, por tanto, con su coche y con la familia aunque sin saber a dónde se dirigían. A partir de ese momento ya no supieron nada más. La excusa del traslado era huir de los bombardeos norteamericanos, pero el punto de llegada permanecía oculto. Ahora sería Angkar -abreviatura de Angkar padevat (Organización revolucionaria) la pantalla del partido comunista de kampuchea clandestino hasta 1977, fecha en que por fin dio la cara- quien tomaría las decisiones. El primero en desaparecer fue Seng, pero su mujer confiaba en que seguiría con vida, alejado de ella pero con vida aún. Lo cierto es que ya no volvió a saber nada de él. Los que seguían vivos fueron recalando en las zonas rurales más pobres para incorporarse a los campos de trabajo que prerendían conformar una sociedad agrícola basada en el cultivo del arroz. El dinero fue abolido, los intelectuales eran traidores, no se podía llevar gafas ni hablar otro idioma que no fuera el jemer: había que olvidar todo el pasado, no podía manifestarse pena o melancolía por lo perdido, no se podían mantener relaciones sexuales antes del matrimonio, había que olvidarse de educar a los niños, pues eso lo hacía Ankgar, ni llorar ni reírse. El nuevo hombre jemer vivía para trabajar de sol a sol y para obedecer las órdenes del partido. Las condiciones de los campos de trabajo eran terribles. Los niños algo mayorcitos tenían que trabajar como adultos, mientras que los más pequeños eran clasificados, como los enfermos o ancianos, como "bocas inútiles" y sólo recibían media ración de la ya misérrima comida de los adultos. Si no se salía a trabajar no había ni siquiera ese poco de agua con arroz. Las aguas estaban contaminadas y los trabajadores tenían que hacer sus necesidades en zonas que, con las lluvias, elevaban todas las heces, por lo que las diarreas y las infecciones, estaban a la orden del día. No había medicinas y cuando los supuestos médicos comparecían recomendaban unas pastillas que no hacían sino empeorar al paciente. Pero era el hambre el que permanecía indeleble en el cerebro y el estómago de los deportados. Un hambre atroz y constante que contribuía a sacar lo peor que cada uno llevaba dentro. Una inanición que mató a su hija Jeannie, a su cuñada... Nada se sabía del exterior. No había noticias de ningún tipo, no se sabía nada de lo que ocurría en las ciudades, si es que quedaban habitantes en ellas.. Los campesinos de los poblados tenían mayor status que los bisoños deportados y comían mejor, lo que no hacía sino emponzoñar más el ambiente. Los jefes de los pueblos y los jemeres rojos formaban los tribunales que podían castigar con la muerte por cualquier nimiedad, pero sobre todo por robar comida. Como le pasó a Affonqo, quien tuvo la suerte de ser perdonada, aunque por la noche tuvo que hacer su autoacusación en un ritual que cada día se repetía.

En los campos se pretendía que los hijos no siguieran ligados a sus padres, ni que surgiera ninguna amistad o afinidad: eso eran desviaciones imperialistas. Los arrozales estaban llenos de sanguijuelas que se lanzaban sobre las trabajadoras hasta incluso introducirse en su sexo y chupaban la sangre que Angkar no había aún extraído. Se comían las cucarachas, los saltamontes, los escorniones y lodo aquello que representará un extra en la dieta habitual. No había nada más allá de ese hambre omnipresente. No se sabía nada de las cárceles, de los campos de reeducación, de los cadáveres que se utilizaban para abonar el campo, nada del canibalismo. Sólo el instinto de supervivencia se hallaba presente en la vida cotidiana: poder vivir un día más y aguantar para contarlo. Así lo hizo Denise Affonqo cuando, liberada por las tropas vietnamitas, pudo volver a la realidad, cuando terminó la pesadilla y comenzó con su hijo, seriamente afectado por la traumática experiencia vivida, a vestirse normalmente, a vivir sin temor otra vez, a ftabajar y a contar por fin su terrible pasado reciente. Ella pudo recobrar la normalidad y marchar a Francia, pero no sabemos siquiera cuántos pudieron sobrevivir. Las cifras cambian según los autores, pero a menudo se habla de dos millones de víctimas, es decir, una cuarta parte de la población.

Cerca de la mitad de los niños quedaron huérfanos, más de padre que de madre. El país estaba destrozado y los supervivientes se preguntaban cómo podía haber pasado todo aqueilo, cómo la comunidad internacional había sido engañada y no había intervenido antes. Eran preguntas legítimas, pero cuya respuesta no iba a devolver la vida a las víctimas ni iba a borrar la memoria de los supervivientes. Testimonios como el de Denise Affonço deberían impedir que los demás lo olvidáramos. El siglo XX nos reservaba una extrema crueldad y conviene no olvidar sus desastres para que estemos prevenidos y no permitamos que cosas así se repitan. Pero el siglo XXI ya ha dado muestras de que, en efecto, el hombre puede ser un lobo para el hombre. De nosotros depende que este adagio se ajuste como un guante a la realidad o que pierda su vigencia y no volvamos a tener que leer testimonios como éste.

El viejo topo

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