La prensa dice

1 jul
2011

Reseña de "El frente ruso" en Mercurio

Vidas anodinas

Por Javier Goñi

Al parecer en una reciente rentrée literaria, la de 2010, a la que tan entusiastamente aficionados son los franceses, tanto como a probar el tercer jueves del pasado mes de noviembre el Beaujolais nouveau 2010, se dio a conocer con gran éxito un escritor francés, Jean-Claude Lalumière (Burdeos, 1970), poco dotado –también al parecer– en su juventud para las Matemáticas, por lo que se dio a las Letras, probando fortuna, mientras tanto, en mil oficios, desde la industria papelera –ignoro en qué escalafón– al transporte de setas –ignoro lo mismo– hasta la construcción –ídem– hasta conocer a fondo –por lo que se verá– la vida del funcionario, la burocracia, vamos. El resultado su primera novela, El frente ruso, un éxito en Francia –los franceses tan franceses–, y podría serlo en otros frentes literarios, en España, por ejemplo.

Lalumière ha escrito una divertida e inteligente parodia de la vida diplomática francesa, tan ida a menos, en los últimos tiempos (en esa inteligente y maravillosa, por salir París, película sobre París de Woody Allen, su última estrenada en España, el padre de la chica, un americano en París, muy partidario del Tea Party desconfía con firmeza de la política exterior francesa, así en bloque). Una inteligente parodia la de esta novela que no resulta ser tan descacharrantemente vitriólica como, por ejemplo, el Antrobus de Lawrence Durrell o El sastre de Panamá de Le Carré o ácida y escéptica como algunas novelas de Graham Greene, El cónsul honorario y otras. Esto es la –estupenda– tradición anglosajona sobre el mundo diplomático. En la novela del francés, más contenida y con más de un momento felizmente hilarante, los personajes, los personajillos, sean del mundo diplomático –escala más baja, es el caso del protagonista– o de la vida en particular, son como más de a pie. Son las suyas vidas anodinas, porque la mayoría de las vidas lo son.

La última frase de El frente ruso es “la historia de una vida es siempre la historia de un fracaso”. Pues eso. Lo que me interesa, y me hace atractivo el relato de Lalumière, es que éste no se desmadra para hacer un mordaz retrato de la clase burocrática, versión más baja del escalafón, deja casi –solo casi– que las cosas transcurran por su propio pie. La vida es anodina, la vida es gris, el funcionariado, un plus añadido, pero poco más, que nuestras propias vidas, si usted –lector– y yo no somos por un casual funcionarios de lo que sea. Todos llevamos a cuestas nuestras vidas y, por tanto, nuestros fracasos. Lalumière no hace sangre –o lo inevitable– en su relato. El frente ruso, por cierto, a donde es destinado el joven y ambicioso provinciano francés –es de Burdeos y en Francia, es sabido, todo lo que no es París, es provincia–, es la extravagante Sección Europa del Este y Siberia, que le da al joven y ambicioso diplomático –sueña con viajar por unos cuantos números de la revista Geo que le deslumbraron de niño– pocas oportunidades de viajar: un accidentado ida y vuelta, visto y no visto, y aquí el sarcasmo parece anglosajón, a Georgia; y más de un contratiempo: muy divertida la imposible rueda de prensa con un primer ministro kirguís: uno de esos países imposibles erigidos de forma achabolada en las antiguas geografías musulmanas de la exURSS. Tuvo su momento de gloria, sí, el joven diplomático-oficinista, y un ascenso por un equívoco, abandonó momentáneamente el frente ruso para tocar –cerca del poder– ese momento de triunfo, que dedicar a sus padres, que tal vez esperaban demasiado, a los padres no hay que crearles expectativas: increíble esa organización, a la manera del Orgullo Gay, por las calles de París del Día del Orgullo Diplomático. Dommage. Llovió. La de Lalumière, una elegante y divertida novela. Muy recomendable, y claro está nada kafkiana. Por si las dudas.

Mercurio