La prensa dice

14 jul
2016

Reseña de "Cómo se hizo La guerra de los zombis" de Aleksandar Hemon en Indienauta

Por Raül Jiménez

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El absurdo está siempre a la vuelta de la esquina, acechando. Igual que un muerto viviente. Y todos somos un poquito muertos vivientes en este siglo XXI. Eso es lo que parece decirnos Aleksandar Hemon en Cómo se hizo La guerra de los zombis, una de las últimas publicaciones de la siempre recomendable Libros del Asteroide. Una novela cómica con dramas reales, históricos y bien conocidos, de fondo. Y un germen de película —¿imposible?— sobre «comecerebros» menos antropófagos, mucho más mundanos y familiares de lo habitual…

Aleksandar Hemon, prestigioso autor de origen balcánico afincado en Chicago aunque desconocido para un servidor, parece que con esta tercera novela —también ha publicado un par de libros de relatos y una especie de memorias— aborda lo que varios críticos han calificado como una obra «ligera», en comparación con su anterior «literatura seria», —¡achtung!, seria alerta de esnobismo a lo Harold Bloom—. Una definición harto ridícula, aunque en realidad frecuente cuando hablamos de textos con pretensiones cómicas. Prejuicios.

Porque en realidad Hemon utiliza el guión cinematográfico que se intercala con la novela como contrapunto a la trama principal, pero sobre todo como excusa argumental paralela a la historia de su personaje central, Joshua Levin. Una estupenda creación, readaptando el Bartleby de Melville a la era de las nuevas tecnologías, regalándonos un protagonista reacio a los conflictos y el abordaje de las decisiones importantes, un treintañero pasando los días en su cómoda rutina: su trabajo insulso de profesor de inglés para extranjeros, su relación sin exceso de compromisos con su inmaculada novia Kimiko, su inocuo escapismo en forma de esbozos inacabados de guiones para Hollywood. Un Peter Pan sin narcisismos ni demasiados «tics hipsters» pero igualmente varado en la vida moderna y su inercia imparable. Normal, normal, normal… hasta que «la normalidad» salta por los aires. ¿Llegan los zombis? O, por el contrario, ¿es que a los muy reconocibles Walking Dead de la novela no les queda otra que volver a usar el cerebro?

Las acciones e inacciones de Levin hacen estallar la contienda y transforma Cómo se hizo La guerra de los zombis en una delirante espiral hacia el desastre en la que Hemon busca el juego entre diferentes planos o niveles. La superficie, jocosa y alocada, es una sucesión cuasi vodevilesca de infortunios, debilidades y estupideces varias que tienen que ver con nuestro protagonista, una infidelidad, un rabioso y peligroso marido cornudo, un casero chiflado y un desgraciado gato entre otros secundarios. Pero el fondo, el iceberg, es mucho más amargo y doloroso, hablándonos de personas marcadas por la guerra —Bosnia, del Golfo— y el 11-S, pasados que llevamos a cuestas, familias partidas, traiciones, incomunicaciones forzosas —tanto por lenguas que no dominamos como por cuestiones que no nos atrevemos a decir—. Y pese a que los seres humanos son capaces de conectar más allá de sus disparidades, a menudo esas mismas diferencias son el germen del miedo paralizante y la construcción del enemigo. Lo que no entiendes es una amenaza, es el MAL. No llega a la reivindicación contra el racismo de George A. Romero y La noche de los muertos vivientes, pero la idea está ahí.

La prosa de Hemon es ágil y audaz y el libro engancha sin remisión. Sin embargo, es posible que la trama resulte excesivamente estrambótica para ser del todo creíble. Swagger es sin duda hilarante, pero ¿necesita ser tan grotesco? ¿Qué hacemos con Bega y su calculada, extraña ambigüedad? O los personajes femeninos, Kimiko y Ana, que creo merecerían mayor desarrollo —en especial la primera, apenas un apéndice en contraposición del caótico Josh. Además, en ocasiones el tono es tan ambivalente que descoloca sobremanera. Hay dramas de notable magnitud en la novela mezclados con las peripecias de Levin y su macarra escolta, dos niños que no quieren dejar de serlo —el guionista de futuras películas «de palomitas», que mezclan la ciencia-ficción con la acción a raudales, junto al ex militar trastornado—, fuera de su zona de confort, fuera de control. Aunque supongo que esa ha sido precisamente la voluntad de su autor: mostrar que vamos avanzando entre menudencias que parecen insalvables y traumas que decimos haber superado cuando la verdad es que nos siguen mortificando. Y enseñar que si colocásemos una vida ante el proyector de una sala de cine tras haberla guionizado previamente —es decir, simplificarla y exagerarla para hacerla atractiva, singular, y después trocearla en una sucesión de escenas donde siempre «pasa algo»— probablemente estaríamos presenciando una tragicomedia de final abierto e incierto. Y, claro, la incertidumbre siempre da miedo. Como los zombis…

Raül Jiménez - Indienauta