La prensa dice

26 nov
2014

Reseña de "Canciones de amor a quemarropa" en Revista de Letras

Por Roger Simeon

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¡Oh, amigos míos!

Cuando Derrida se propuso analizar la amistad, partió de la frase aristotélica que decía: “¡Oh, amigos míos, no hay ningún amigo!” y, a raíz de ella, deconstruyó nuestra noción de amistad. Cuando Nickolas Butler se propone analizar el mismo concepto, en Canciones de amor a quemarropa, lo hace a partir de la desestructuración vital que conlleva el paso del tiempo. Las personas cambian, los amigos menguan y llega un momento que uno se plantea cuánto falta para que aquellos que un día fueron tus amigos (primordialmente por motivos geográficos) pasen a ser meros conocidos con quienes intercambiar algún incómodo saludo de cortesía.

“Qué curioso, me dije entonces, lo mucho en común que tenían nuestras vidas y lo poco que se parecían, aunque los dos veníamos del mismo rinconcito del planeta”.

Cuatro amigos. Cuatro vidas distintas. ¿Alguna más válida que la otra? Probablemente no. Pero, sin embargo, la de la estrella del rock (libremente basada en la figura de Justin Vernon, cantante de Bon Iver y amigo de la infancia del autor) parece ser la que más nos atrae, la que más seduce a los protagonistas. Se preguntan cómo debe ser su vida tan distinta a las suyas; cómo debe ser viajar por todo el mundo; cómo deber ser tener esas mujeres tan impresionantes a su lado (“me pregunté qué sentiría uno al tocar el cuerpo de esa mujer, al estar con alguien tan bello”); cómo, en definitiva, debe sentir poder huir del pueblo. Un pueblo que encadena silenciosamente a sus habitantes, que los encandila y los oprime a partes iguales, que alarga sus tentáculos para reclamarlos de vuelta a su lado porque, a parte de Henry, todos los demás, en algún momento u otro, han intentado vanamente escapar de él. El mundo exterior que han encontrado les ha devuelto heridos y débiles de vuelta a sus raíces.

En esta novela coral al estilo de Libertad de Jonathan Franzen o La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, Butler concede cada capítulo a un personaje distinto para que muestre su realidad desde su propio punto de vista; para que nos demuestre como no existe una única realidad sino múltiples interpretaciones de lo que entendemos como realidad. Las palabras, las entonaciones, las reflexiones y la interpretación que hace cada persona del mundo son distintos. Plasmar esto encima del papel es poner un espejo frente la sociedad. Y, precisamente, esta es una de las virtudes del texto de Butler: su verismo. Canciones de amor a quemarropa nos ofrece el retrato de unos personajes realistas, cercanos, que muestran las brechas que se están produciendo en su pasado común. Como Kip ya no se lleva bien con ninguno de ellos; como Henry y Beth, que han estado juntos casi toda la vida, se enfrentan a los fantasmas del pasado; como el amor que Lee sentía por Beth no remite… pero, sobre todo, como la amistad tan fuerte que existía entre Lee y Henry está a punto de desmoronarse. Porque este es el tema principal de este libro, más allá de las dudas vitales que atacan a cualquier treintañero, de los amores y desamores, las bodas y divorcios, los trabajos y los fracasos económicos, los hijos y la maternidad frustrada, las ilusiones rotas y los caminos no tomados que nos persiguen por siempre jamás, se trata de un libro sobre la Amistad. Ni más ni menos. Que la narrativa de Butler sea irreprochable, poética en ocasiones, cruda en otras, pero ágil y directa siempre, no hace más que facilitar este viaje a nuestras raíces comunes.