La prensa dice

20 nov
2011

Reseña de "Canción de Rachel" en El Imparcial

Miguel Barnet: Canción de Rachel

Por Miguel Carreira

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Walter Pater proponía que todas las artes tienden hacia la música. Algo de eso hay, o, por lo menos, algo de eso queda en el vocabulario con el que nos referimos a las obras de arte. En poesía hablamos de musicalidad, de ritmo. También hay un ritmo en las artes plásticas. En prosa, en la narrativa, el ritmo parece ser, sobre todo, una cuestión estructural, el movimiento con el que se relacionan las partes de la historia. La musicalidad en la narración ha sido prácticamente erradicada de los desvelos de los narradores, hasta el punto de que autores de hace tan solo treinta años —Benet, Cela, Delibes e incluso Goytisolo- resultan, quizás no antiguos, pero sí extraños al lector actual, especialmente cuando se hace más patente la preocupación por la eufonía en el lenguaje.

Esta Canción de Rachel, de Miguel Barnet (La Habana, 1940), escrita en 1969 acusa dos inquietudes que resultan poco habituales en la narrativa actual. Una es el interés por el sonido del lenguaje, que no debe confundirse con afán esteticista. Preocupación por el lenguaje puede ser, por ejemplo, el afán por reflejar la oralidad, por conseguir ese difícil efecto por el que el lenguaje de los personajes resulte convincentemente oral, aun cuando ese efecto pasa por utilizar recursos e incluso palabras que no se emplearían de ningún modo en la lengua hablada. Es uno de los secretos de la literatura que fascinaron al siglo pasado. El lenguaje oral, transcrito de forma fiel, nunca resulta veraz en el texto. La oralidad requiere de una técnica determinada y esta técnica Barnet la domina con rara maestría, si tenemos en cuenta que esta Canción de Rachel fue escrita cuando el autor aún no alcanzaba la treintena.

La otra inquietud que nos llega de un tiempo en el que las preocupaciones literarias eran bien distintas es la del punto de vista del personaje, la de la justificación —y la pertinencia- de las voces que narran. En este sentido hay una frase de Barnet, antes de entrar en la historia en sí, en la que nos dice: “Canción de Rachel habla de ella, de su vida, tal y como ella me la contó y tal como yo luego se la conté a ella.”

A partir de estos hilos, se teje una historia que, como no, nos lleva a otro tiempo. A los tiempos de la Cuba prerrevolucionaria, a una época que, quizás, todos imaginamos mejor a partir de referencias de terceros —las películas americanas- que por testimonios autóctonos. Esto no dejará de tener interés, sobre todo, para los que gusten de las reconstrucciones históricas. Si bien el libro no abunda en detalles sobre su época ni se entrega a un dibujo detallado del tiempo o de sus circunstancias, seguramente será interesante para los buscadores de cuadros históricos o para quienes gusten de lecturas política —esta Canción también puede leerse en clave política-. Para los demás, para los lectores, para quienes gusten de la literatura por sí misma, quedan, sobre todo, esas dos lecciones de Barnet. Las dos hablan de un oficio, de una forma de entender la literatura como una labor que no se puede desvincular de su técnica. Las dos nos recuerdan que hay lecciones que, quizás, hemos olvidado demasiado pronto.

El Imparcial