La prensa dice

22 oct
2016

Reseña de "Años salvajes" de William Finnegan en Culturamas

Por Ricardo Martínez Llorca

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Años salvajes

La soledad del mar contiene muchos mitos, pero por encima de todos, el que resulta más propio a los ojos de los humanos, es la ola. La ola es un paraíso mitológico sobre el que se canta una elegía. William Finnegan (Nueva York, 1952) ha asistido a la decadencia de la ola, es decir, del mar, a lo largo de sus más de sesenta años de vida.

Si confundimos la mirada con el alma, Finnegan ha visto, ha sentido, como la vida íntima del mar, que es la ola, se sobrexpone ahora comercialmente. Pero durante años fue uno de esos paraísos purísimos sobre los que toda una contracultura construyó el mejor de los mundos, ese que respeta a Gaia, ese que convive con la nieve, los cantos rodados de los arroyos, las praderas, la arena del desierto y las olas. Porque este Años salvajes, esta autobiografía que comienza saltándose toda la infancia para entrar de lleno en la etapa de la formación del carácter, no es un libro deportivo. Es un libro, sí, con algo de maquillaje deportivo, pero es una expresión de que es posible la utopía, que el surf, falazmente tratado como competición, es un vínculo emocional con los hallazgos del planeta que nos gritan que es hora de levantar la vista de la punta de los zapatos para respirar el aire más puro. Finnegan encuentra su alma en la práctica casi escondida del surf, incluso muerto de hambre, vagabundeando por medio planeta. Es así, en la armonía con una variedad de olas que a los legos nos impone, como explica su música interior y dibuja la frontera con el peligro. Entiende el surf como una actividad salvaje, sí, en el mismo sentido que Thoreau entendía la palabra salvaje: un respeto por lo que hemos heredado de Gaia, una ilusión que hace temblar los cimientos de nuestras médulas a solas o compartiendo la relación con los amigos.

A lo largo de su vida, Finnegan ha ido contraponiendo las etapas que deberían figurar en cualquier biografía con la libertad que suponía para él la práctica del surf, la relación con el mar y, en cierta medida, también con la tierra, pues es cerca de la costa donde encuentra eso que llamaremos alma a falta de una palabra mejor. Todo comienza con sensaciones de felicidad, que surgen de formas de recorrer un pequeño trozo de mundo sintiendo la velocidad en el rostro. Y mientras se enfanga en peleas en el instituto, descubre que a través del surf regresa a la naturaleza. La juventud llega como un terremoto que no se pasará hasta pasados los cuarenta, y que, incluso a edades superiores, desea recuperar de vez en cuando. Jamás abandona la práctica del surf, pero cuando sus condiciones físicas se deterioran, rebaja la intensidad, pero no la convicción de ser parte de la naturaleza. Es cierto que le corresponde vivir la época de la contracultura, con los porros y el flower-power en pleno apogeo. Pero también con los movimientos en contra de la guerra de Vietnam y a favor del desarme nuclear, la reivindicación de la mujer o el respeto al otro, cuyo estandarte es la lucha contra la extinción de las etnias minoritarias. Mientras Finnegan descubría olas en las vertientes más insospechadas del Pacífico y luego de África, pues ese es el valor deportivo de Finnegan, ser un pionero, otros como él escalaban las grandes paredes o se internaban en la selva hasta llegar donde ningún blanco había pisado antes. Pleno de energía, Finnegan narra su deambular bohemio por Australia, Indonesia o Thailandia, a la par que se separa de aquello que sufre como plomo en las alas. Las relaciones con los amigos y las mujeres se someten al juicio de la forma de vida que ha escogido. Hasta que da con los huesos en Sudáfrica, donde ejerce de profesor, y en su materia gris se instala la necesidad de luchar contra la injusticia. Esa será la semilla de sus futuros trabajos como reportero de guerra o de regiones en conflicto. Ese momento dará pie a que se sumerja en una ideología que no es ajena al anarquismo: mantiene la fe en las personas, pero toda forma de estado es sospechosa, padece el síndrome de la mala distribución de la riqueza y del poder.

Finnegan regresa a Estados Unidos para instalarse en San Francisco, donde conoce a quien será su mujer y empieza a considerar que eso de asentar la cabeza es algo que deberá plantearse en el futuro, cuando dé por terminada su relación con el mar, o al menos rebaje la intensidad porque algo se le imponga. Ese algo será la paternidad. Pero San Francisco termina por resultar una suerte de parque temático y se trasladan a Nueva York. Ya definitivamente alternando la escritura con el surf, y con el afán por seguir descubriendo algún Edén, como Madeira, donde vivirá diez inviernos.

Años salvajes es un libro de despedida. Refleja su educación sentimental hasta el momento en que pone punto final a la autobiografía, lo cual nos hace sospechar que no cesará de aprender. Se limitará a talar en algún momento el libro. Es un libro donde la versatilidad, la luz y los colores de las olas son una metáfora de aquello por lo que merece la pena arriesgarse a vivir. Y una reflexión en la que el surf más que un deporte es otra manera de meditar, de encontrarse con las olas, que es la sonrisa del mar, que a su vez es el espíritu de la Tierra. Y ese encuentro siempre se produce con un toque perfecto de soledad, el que se precisa para observar, ser y actuar. Años salvajes es un libro intenso, intenso hasta tal punto que es complicado reconocer eso que verdaderamente subyace entra cada línea, ese anhelo por la belleza interior.

Ricardo Martínez Llorca - Culturamas