La prensa dice

13 abr
2012

Reseña de "Al oeste con la noche" en El Confidencial

Al oeste con la noche

Por María Trincado

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La historia de los comienzos de la aviación es más apasionante que nunca cuando nos acercamos a ella a través de los testimonios de sus primeros pilotos, valientes, arriesgados, aventureros y desde luego poseídos por esa porción de locura que ha propiciado la mayoría de las grandes gestas de la humanidad.

Este es el caso de Beryl Markham (1902-1986), nacida en Inglaterra, pero desde los 4 años residente en el África Oriental británica, hoy Kenia. Al poco tiempo de llegar a la granja que habían comprado, la madre regresa a la metrópoli con su hijo; Beryl, sin embargo, permanece junto a su padre criándose como uno más de los niños nandi que habitan y trabajan en la explotación. Apenas recibe educación académica, su escuela será la naturaleza y la sabiduría ancestral que los ancianos de la tribu transmiten a los pequeños.

Estas circunstancias marcaron su sed de aventura, de libertad, de necesidad de amplios espacios, de conocimiento de la naturaleza, de compenetración con los caballos, de interés y gozo por cualquier manifestación de la vida. También de su infancia surgieron amistades indestructibles, como la de su amigo Arab Ruta, fiel compañero, que seguirá su variada trayectoria profesional aprendiendo todos los oficios que fuesen necesarios para ello. La autora le dedica párrafos muy bonitos, entre los que destaco este: “Es un nandi, antropológicamente un miembro de una tribu nilótica; humanamente pertenece a una tribu más pequeña, más selecta: la compuesta por esos pocos individuos dotados de una inteligencia infalible y a la vez indómitos que escasean en todas las razas y no son exclusivos de ninguna”.

De los ecos de su niñez parecen emanar los ritmos y cadencias de estas páginas, ya que no son estrictamente cronológicas, sino casi temáticas, como de un buen contador de historias, acostumbrado a la tradición oral, que se extienden a lo largo de los primeros 30 años de su vida. La obra se abre y se cierra con vuelos, el primero más modesto, en auxilio de un minero que en un paraje remoto precisa oxígeno para sobrevivir, a la vez que busca a un compañero piloto desaparecido. El segundo es su extraordinario viaje en solitario por el Atlántico norte desde las costas de Inglaterra a Canadá en uno de esos frágiles aparatos de madera, metal y lona, que vistos hoy despiertan enorme admiración y asombro.

Y entre el principio y el final rememora con talento y pasión sus andares con los nativos; las partidas de caza, especialmente emocionante es el relato de la salida a por un jabalí rugoso acompañando a dos experimentados muranis, pero tropiezan de bruces con un león; el mundo del adiestramiento y carreras de caballos, tan de moda en aquellos tiempos en Nairobi, como en otros puntos del imperio; sus inicios en la aviación tras toparse providencialmente con un piloto irrepetible; sus vuelos para una compañía de correos, sus avistamientos de piezas desde el aire apoyando expediciones de caza, especialmente de elefantes, de los que describe costumbres absolutamente geniales; todo ello bajo el impulso que le supuso la ruina y emigración a Perú de su padre, cuando Beryl con solo 18 años decide quedarse y ganarse la vida como entrenadora de caballos de carreras.

Entretenidos, muy entretenidos recuerdos de una mujer que se mantiene en la sombra, proyectando el protagonismo sobre todos y todo lo que le rodea. Dotada de una gran sensibilidad que le permite revivir su infancia y juventud con el colorido original, sin el menor atisbo de narcisismo, a pesar de sus logros en tantos campos, de sus importantes amistades, como Antoine de Saint-Exupery, el baron Von Blixen y su mujer, Karen, Denys Finch-Hatton, de sus múltiples e inalcanzables experiencias. Publicó Al oeste con la noche en Estados Unidos en 1942.

“El fin de un vuelo en la oscuridad siempre deja una sensación de irrevocabilidad absoluta (…) Pierdes la libertad de nuevo, y las alas, que hasta hace un instante igualaban a las de un águila y las superaban en velocidad, no son ya más que madera y metal, inertes y pesadas.”

El Confidencial