La prensa dice

7 ene
2009

Reseña de "Adiós, hasta mañana" en La Vanguardia

La vida sin estridencias de William Maxwell (Lincoln, Illinois, 1908-Nueva York, 2000) da la imagen de esos autores de enorme talento que, no se sabe muy bien por qué, en una literatura potente como la norteamericana reciben la etiqueta de menores y sin más se les orilla. Hasta que un día, cuando ya no están, alguien descubre el infamante error y tarde - aunque nunca lo es-son reivindicados. Eso sucedió con Maxwell. Fue un hombre calmado, de un rigor admirable. Escribió seis novelas y otros seis libros de relatos, ninguno desdeñable. Todos ellos son un compendio de su fuerza creativa, levantada sobre los pilares de la sobriedad, la elegancia y la precisión con que narró complejas historias con exquisita sencillez. Quizá ese difícil equilibrio confundió a analistas y lectores. No supieron o no quisieron ver que la obra de quien en su faceta de editor de ficción de The New Yorker entre 1939 y 1975 había orientado a colegas del calibre de John Cheever, Salinger, Eudora Welty o Flannery O’Connor, casi por definición no podía ser mediocre ni por tanto era razonable arrojar a su creador al vertedero de los olvidados.

El gris no es precisamente el color que define la narrativa seminal de Maxwell. Para constatarlo, tenemos a mano la trilogía compuesta por Vinieron como golondrinas (’They came like swallows’, 1937), La hoja plegada (’The folded leaf’, 1945) y Adíós,hasta mañana (’So long, see you tomorrow’, 1980), acertadamente recuperada por Asteroide y la soberbia última parte (recuerdo una vieja edición de Versal) recién aparecida con motivo del centenario del nacimiento de Maxwell. Las tres novelas son discretamente autobiográficas y responden al ciclo del desarrollo humano. La primera vivisecciona la infancia a partir de la muerte temprana de una madre que marca el brusco salto a la adolescencia. Maxwell perdió a la suya a los diez años, y la familia se desmoronó. La segunda retrata la amistad de dos muchachos y cómo su ruptura precipita el paso de la juventud a la vida adulta. Y en la tercera, publicada treinta y cinco años más tarde, la poética narrativa de Maxwell ha depurado la sutileza y su visión de la vejez es fruto de una contención, una hondura y una maestría que no sin motivo hacen de él un clásico de la novela norteamericana.

El narrador, jubilado en Chicago, recuerda el crimen que se cometió en Lincoln, su pueblo natal, cuando él era niño solitario (su madre también ha muerto) pero amigo de un compañero de colegio algo raro, Cletus, hijo del homicida cuyo cuerpo es hallado poco después en una charca. Los chicos no vuelven a hablarse. Al cabo de medio siglo el narrador trata de reconstruir los hechos y para ello recurre a la memoria y a la hemeroteca local, ni una ni otra fiables. Así lo que no sabe, ni averiguará, es qué fue de Cletus, de qué forma el suceso determinó el rumbo de su vida. Entonces el narrador -he aquí el virtuosismo de Maxwell- siente crecer el interés por la suerte del amigo y toma para su propio consuelo una resolución memorable: imaginar lo que sucedió pero nunca podrá contrastar con la realidad.Así se introduce en la ficción dramática de la novela otro espacio ficcional, entremezclado de elipsis e interrogantes abiertos, que sin embargo para el anciano -y para el lector- que convierte la vida en memoria literaria resulta tan confortante como la oscura verdad disuelta en el pasado.

Hay ahí, en la habilidad con que se construye el esqueleto de la historia, en ese tragín entre lo real y lo imaginario, entre el ayer y el presente, en la tremenda sencillez de la prosa que dice y no dice pero da a entender, hay debajo de todo ello, decía un talento maduro, perfectamente reconocible, acuñado con la sabiduría narrativa, la eficacia y la modestia de los que son verdaderamente excepcionales sin aparentarlo. Es la sustancia y la grandeza de William Maxwell.

Por Robert Saladrigas - La Vanguardia