La prensa dice

Reseña de "A propósito de Abbott" en Alfa y Omega

Por Enrique García-Máiquez

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Este libro de Chris Bachelder (Minneapolis, Minnesota, 1971) es rematadamente generacional, al menos en tres aspectos. En primer lugar, por su propia naturaleza literaria: se trata de una novela de autoficción, que nos narra un período (poco más de dos meses) de la vida del escritor. Cierto que el nombre del protagonista no es Chris, sino Abbott; pero los nombres de su mujer y de su hija ni aparecen, para no pasar por el trance de tener que falsificarlos. Lo de Abbott se diría, entonces, una broma privada de quien se dirige a sí mismo con un mote o un simple recurso retórico para narrar en tercera persona, del que se saca, por cierto, un partido espléndido. Quizá la cultura de la sospecha de las últimas escuelas de crítica haya hecho que muchos autores actuales, para seguir transmitiendo un sabor a autenticidad, se hagan fuertes en sus propias experiencias. El segundo tic de época es el origen de esta obra, que fue un blog antes de convertirse en un libro. En consecuencia, las nuevas tecnologías aparecen ininterrumpidamente en estas páginas. Pero el sabor generacional más importante viene de la tesitura del protagonista: joven profesor de universidad, casado, con una hija y esperando otra. Puesto que su embarazadísima mujer ya no puede trabajar demasiado, él tiene que echarse sobre los hombros todo el peso doméstico. Sus aventuras giran, con ironía, alrededor de su torpeza como amo de casa. Pero el libro va de mucho más. Del desconcierto de un cambio de edad: ha hecho una cabriola para entretener a su hija, pero… «a los treinta y siete años, quizá en el punto medio de su vida, la única que tiene, Abbott sabe que ha intentado dar su última voltereta». De su falta de tiempo: «Deja el periódico [recién comprado] en el mostrador…, donde se quedará hasta que se recicle». Del sibilino placer de encontrar pequeñas coartadas para salir de casa: «Abbott corta el césped y se lo pasa bien en secreto». Tiene mucho interés el tratamiento de la relación matrimonial. Hay dos o tres momentos donde el sexo se trata con frivolidad, pero no deja de ser una forma de sugerir las dificultades por las que atraviesa una joven pareja embarazada. Y el capítulo Donde no se guarda rencor remite a la ternura, más fuerte que cualquier desencuentro. Se nos pone ante los ojos un matrimonio moderno, que, sin ser modélico, resulta insumergible gracias al buen humor y la confianza: «La histeria de su mujer inspira a Abbott una intensa sensación de calma rayana en el aletargamiento. Lo cual implica que su matrimonio funciona». O: «Su mujer sigue: Un día tonto, ya sabes cómo son. Él dice: Sí, lo sé, lo sé. No sabe a qué se refiere su mujer. Cree que podría referirse a varias cosas, y cree que todas ellas le parecen bien». Un libro recomendable, pues, para parejas que empiezan. Y además, para cualquier lector exigente. Está muy bien escrito, como se aprecia en multitud de detalles precisos: «…pero su mujer se le acerca y le pone la mano en el pecho. Esa mano es cálida y pequeña. Y ejerce una presión que no pesa, pero que tampoco es liviana». Bachelder mantiene una emoción –por debajo del gracioso anecdotario y de sus quejas constantes– que no decae. Ante el nacimiento de su nueva hija, reflexiona: «Sabe que todos los días nacen once mil niños en Estados Unidos. Ningún otro acontecimiento tan habitual recibe el calificativo de milagroso». Ese gusto por la paradoja feliz y autoirónica nos estremece a cada paso: «Cruza el campus, y el día es tan hermoso que se da cuenta».

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