La prensa dice

Reseña de "A propósito de Abbott" en Mercurio

Sorpresas y decepciones

Por Paul Viejo

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Cuando el año pasado apareció el cuarto libro de Chris Bachelder (1971), la crítica estadounidense corrió a calificar Abbott Awaits como una de las novelas más divertidas del año, o del siglo o de la historia, asustando de paso a quien, como a uno, no le apasionan especialmente ni las historias exageradamente divertidas ni las exageraciones con poca gracia. Pero, por suerte, A propósito de Abbott (en la traducción de Ismael Attrache) no es divertidísima: goza de un fino humor elegante y poco dado a las facilidades, evita el chiste y juega más con el absurdo, provoca la sonrisa casi de manera continua aunque, temo, pocas veces la carcajada. Pero todo esto lo hace al tiempo que pone sobre la mesa de juego un buen puñado de reflexiones sobre la vida cotidiana de cualquiera de nosotros que en bastantes ocasiones despertará, antes que la sonrisa, un pequeño respingo de tristeza, y después la sonrisa, y a lo mejor de nuevo el respingo. No es divertidísima, es bastante más.

Construida como una sucesión de viñetas breves o muy breves, A propósito de Abbot es un retrato mordaz de las desventuras, agobios y satisfacciones de la paternidad. La novela narra los meses de verano de Abbot, su hija y su mujer embarazada por segunda vez, que dará a luz al final de la estación. Aunque narrar el verano de esta familia no es exactamente lo que hace: a lo largo de esas escenas un narrador, externo y poco complaciente, va siguiendo a Abbott (y seguirtampoco es “exacto”, porque va saltando y sorprendiéndolo en cualquier lugar) enfrentarse a situaciones cotidianas de todo tipo (desde jugar con su hija a renovar el seguro de vida, desde “intentar” tener sexo de nuevo con su esposa a vaciar el agua sucia de una piscina hinchable), al tiempo que vemos cómo su vida ligeramente amargada y ligeramente feliz transcurre entre decepciones y sorpresas, frustraciones o grandes descubrimientos. Porque, sobre todo, uno de los grandes aciertos de esta pequeña historia de historias es comprobar cómo el autor logra que cada situación narrada, cada pausa en la vida de Abbott, sea un momento de reflexión, un preguntarse cómo funcionan las cosas, o por qué funcionan. O para qué. Hay algo en el Abbot de Bachelder que lo emparenta con el Palomar de Calvino, aunque sin ánimo científico, y es ese cuestionamiento de todo. Si uno quiere conocer el mundo debe saber cómo funciona, y si uno quiere saber cómo es su vida (o hacia dónde se precipita) debe ir deteniéndose en cada gran accidente diario o en cada pequeño terremoto doméstico.

Aunque no haya después respuestas seguras, como ocurre en A propósito de Abbott, donde cada capítulo es una de esas pausas que se van sucediendo a ritmo vertiginoso, sin necesidad de trama o de más hilo conductor que la cotidianeidad. Profesor de escritura creativa, Bachelder despliega, además, un buen abanico de recursos que hace imposible la repetición: unas escenas serán casi aforísticas, otras casi fotogramas de cine mudo; unas viñetas irán cargadas de poesía mientras en otras el sarcasmo más directo hará su irrupción, y en ocasiones hasta microcuentos intercalados que exigirán la atención del lector antes casi de provocar el aplauso, como ese capítulo que dice únicamente: “A Abbot le gustaría creer que es un buen hombre, pero su mujer está en el piso de arriba sollozando, y él está abajo con el pegamento de contacto”. Así, sin más. Por eso decía que no es una novela divertidísima: A propósito de Abbott es una novela inteligente, sutil, alegre.Ligera en el mejor sentido de la palabra. Una novela feliz.

Mercurio