La prensa dice

1 may
2011

Reseña de "A merced de la tempestad" en La gaceta de Salamanca

Comedia humana

Por Javier Sánchez Zapatero

"Va a ser un incordio mayúsculo para nosotros dos –dijo Freddy-. ¿Por qué no armas un escándalo,Tom?. Si tu padre dijo que podían venir aquí, no me corresponde armar ningún escándalo, replicó Tom. Sí, pero se refería al terreno en general, no a este cobertizo en concreto. De todos modos, sólo lo dijo porque seguramente Griselda va a hacer un papel importante. Si mal no recuerdo, sus palabras fueron que no quería que entrasen en casa. Veamos, señorita Freddy, ¿está segura de eso? Siempre te acuerdas de que tu padre dijo precisamente lo que más te conviene. Sabía que, cuando Tom la llamaba “señorita”, dejaba de ser su amigo y provisionalmente se convertía en esa cosa imprevisible y traicionera que son los adultos. A sus catorce años, no sabía defenderse de semejantes cambios repentinos"

¿Qué valores cabría exigirle a un autor para considerarle un clásico o al menos un enorme escritor? Uno de ellos, quizá el más importante, podría ser poseer un profundo conocimiento de lo humano, acompañado de una actitud de comprensión hacia sus personajes, sus virtudes y sus miserias. Otro, tejer su obra con un estilo personal, lograr ese equilibrio en el que surge la magia de la literatura: cuando parece que lo que estamos leyendo no podría haber sido escrito de otra manera. Si nos atenemos a estas dos premisas, podemos considerar al canadiense Robertson Davies (1913-1995) como un autor con mayúsculas, alguien que supo conjugar la tragedia y la comedia en su extensa y muy interesante obra.

Apenas nada se sabía en España de Davies hasta que Libros del Asteroide –una de esas editoriales que invitan a seguir teniendo fe en el futuro del libro- publicó hace unos años su “Trilogía de Deptford”. Ahora tenemos acceso a su primera obra narrativa, “A merced de la tempestad” (1951), que abre “la Trilogía de Salterton”. Y, siguiendo su estilo, seguro que alguno de sus personajes podría decir que es “una deliciosa novelita”.

En esta obra coral seguimos a la compañía de teatro aficionado de la noble –y ficticia- ciudad de Salterton, que se dispone a poner en escena “La tempestad”, de Shakespeare, en el magnífico jardín de uno de sus vecinos más acaudalados. Su atractiva hija Griselda forma parte del reparto y sobre ella gira un enredo amoroso que involucra a un militar con famade conquistador, un estudiante muy controlado por su madre y un cuarentón profesor de matemáticas.

Toda la novela tiene un marcado aire teatral, terreno que Davies conoció bien pues fue actor en su época en Oxford y produjo varias aclamadas comedias. Basándose en una anécdota sencilla, el escritor despliega toda una carga de profundidad sobre el comportamiento humano y las más venerables instituciones: las ambiciones frustradas, las vidas anodinas, la autoimagen pétrea de una ciudad venida amenos, la presencia asfixiante de la religión, la educación como forma de disciplina. Y junto a ello, el ansia de conocimiento, el deseo de despojarse de los prejuicios morales y la dulce anarquía que supone poner en marcha una obra de teatro.

Que nadie piense que Robertson Davies es un severo moralista que se dedica a enumerar los vicios de la sociedad desde su tribuna. Si algo le distingue es un finísimo sentido del humor, que salpica todas las situaciones, diálogos y descripciones de la novela. Su manera de narrar transmite cualquier matiz de una manera precisa, incluso erudita, con ligereza y profundidad a la vez. Da la sensación de que por sus palabras pasa, como un ruido de fondo, la historia del siglo XX, que detecta los momentos de cambio social y los contrapone con la antigua cultura decimonónica que aún pervive en sus historias. En la fotografía de la solapa del libro, Davies parece, serio, canoso y barbudo, un científico del siglo XIX, un Darwin de la literatura. Su materia es lo humano. Y su prosa es tan clásica que parece escrita ayer mismo.

La gaceta de Salamanca