La prensa dice

1 may
2011

Reseña de "A merced de la tempestad" en Mercurio

Comedia de costumbre

Por Marta Sanz

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Leo Spitzer dijo que “leer es haber leído.” A menudo la constelación de asociaciones es atinada; otras, los vínculos que el lector establece entre distintas obras, lo desnudan más a él que al texto. Al leer esta novela tendrían que haberse materializado delante de mis narices Nancy Mitford, Evelyn Waugh o la saltarina Stella Gibbons –no puedo evitar imaginármela triscando–. A merced de la tempestad forma parte del proceso de recuperación del humor anglosajón que están llevando a cabo ciertas editoriales independientes: libros elegantes que devuelven el placer de la lectura y tienen prestigio dentro del campo literario. Sin embargo, no se me aparecieron Mitford ni Waugh. Tuve otras visiones mucho más perturbadoras.

Entre la vorágine de posibles asociaciones, recuperó ¡Hamlet, venganza! (1937) del escocés Michael Innes e Historias de Filadelfia (1940), adaptación para el cine de la obra teatral de Philip Barry. A merced de la tempestad no es un melodrama detectivesco como el de Innes ni una comedia romántica como la cinta de Cukor, pero tiene algo de los dos. Un grupo de teatro amateur ensaya una obra de Shakespeare: la popularización democrática o la vejación –lo que prefieran– del teatro shakesperiano como símbolo cultural es el punto de partida de Innes y Davies. En ¡Hamlet, venganza! se comete un asesinato; en A merced de la tempestad, un personaje está a punto de morir mientras se disecciona una cultura incapacitada para dar forma a su identidad, que calca incluso las peores rutinas urbanísticas de la Europa anglosajona. Irlanda, Escocia, Inglaterra se amalgaman extrañamente en el frankenstein ontariano para aportar valores y costumbres. El trasfondo ideológico de la tensión entre tradición y modernidad, esnobismo y voluntad democrática, se contrapuntea con una imagen de los Estados Unidos como nación con idiosincrasia propia: Valentine Rich, la directora, viene de Nueva York; a ella Davies no le pinta un bigote en la cara. La interacción de los personajes en la vida –impostura, falso buen gusto– resulta más artificial que los ensayos teatrales. Davies domina esa perspectiva, propia de la comedia, en la que el que lee practica la crueldad pero puede a la vez exhibir su perfil tierno y compasivo.

Las concomitancias con Historias de Filadelfia se encuentran en la maestría de Davies para construir personajes excéntricos y muy simpáticos: la deseada Griselda activa la trama “romántica” como una Katherine Hepburn rejuvenecida; Freddy, la hermana de Griselda, es una pequeña enóloga con ínfulas místicas que se comporta como la hermanita repipi de la Hepburn… La high class se mezcla con la middle class en un entramado de pasiones hilarantes que evidencia las contradicciones y límites de la dinámica social. Davies maneja hábilmente los mecanismos de la comedia: pedanterías imposibles como rasgo de humor lingüístico –“comisión unimembre”–; la erudición desplazada de contexto; diálogos en los que chirrían almidonadas fórmulas de cortesía y la estrambótica aplicación de las reglas pragmáticas…

Davies halla un equilibrio, inteligente y amable, entre el retrato de costumbres y el prisma destructor del esperpento a través de dos axiomas: “Actualmente tratamos las artes con mucha solemnidad y muy poca seriedad” y “El ridículo es muy eficaz para el desarrollo de la inteligencia de los tontos.” Apliquémonos sobre todo la segunda premisa para valorar si todos somos ontarianos y hasta qué punto Davies se ríe de nosotros o con nosotros.

Mercurio