La prensa dice

27 dic
2008

Postales de invierno, por Fernando Castanedo

Desde que comenzara a publicar cuentos en The New Yorker a comienzos de los setenta, Ann Beattie Washington, 1947) se convirtió en el objetivo de algunos críticos que censuraron la soltura, casi insultante, con la que era capaz de trasladar a la página el habla -y las vidas- de la clase media norteamericana. Su primera novela, Postales de invierno, que se traduce ahora al castellano (por cierto, el títulomejora el inglés Chilly Scenes ofWinter), se publicó en 1976 para alborozo de los veinteañeros blancos estadounidenses del momento, que se vieron retratados con una fidelidad a mitad de camino entre el realismo de Bukowski y el distanciamiento de Updike. La novela describe la vida de Charles durante algunos días del invierno de 1975. El protagonista no llega a los treinta y acaba de salir de una aventura con Laura, quien finalmente ha optado por volver con su ex marido, un antiguo marine llamado Buey. No es descaminado decir que Postales de invierno es la historia de la obsesión de Charles por Laura, a la que ronda, llama por teléfono y escribe cartas compulsivamente, pero también incluye un retrato de personajes desastrados como sumadre, suicida y alcohólica, su amigo Sam, ligón y parado, y su padrastro Pete, bondadoso e inseguro. Escrita en presente y en tercera persona, la narración tiene algo del atestado judicial sin digresiones ni concesiones sentimentales, lo que acerca la novela al nouveau roman francés pasada por el tamiz de improvisación que tiene el cine de John Cassavetes. Y, sin embargo, hay algo dulcemente elegiaco en esta representación de lo que quedó una vez pasado el subidón neorromántico de Mayo del 68 y Woodstock, un lamento por las oportunidades perdidas que, en palabras de Charles, se resume así: «Los jodidos años sesenta. ¿Cómo hemos podido acabar así?»
El País