La prensa dice

Perfil de Nikolai Grozni en Qué Leer

Estrategias para ahuyentar la locura

Por Antonio Lozano

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El autor

Nikolai Grozni (Sofía, 1973) es un consumado pianista desde su más tierna infancia, aunque ahora solo toca por placer e inspiración. Es autor de Turtle Feet, sobre sus experiencias en un monasterio budista; de Jóvenes talentos, recreación novelizada de su paso por una academia de música en su ciudad de nacimiento bajo el asfi xiante yugo comunista, y de otros tres libros solo publicados en Bulgaria.

Con Nikolai Grozni, Hollywood te factura una película y la gente abandona la sala elogiando la imaginación del guionista, aunque quizás alguno apunte que se le ha ido un poco la mano, “casi que lo de Forrest Gump te lo creías un poco más”. Sus 39 inauditos años arrancan cargando de legitimidad los argumentos de tantos búlgaros que creen en las ciencias ocultas: cuando apenas contaba 5 años, un gitano detuvo a su madre por la calle y, señalándolo, le indicó que el niño poseía un gran talento para la música. De modo que el pequeño Nikolai empezó a salir antes de la guardería para asistir a clases de audición y, al llegar a casa, en vez de jugar con sus muñecos se sentaba frente al piano alemán del salón a dilucidar si aquel oráculo con dientes de oro andaba o no desencaminado. Resultó que no: con 7 años se le aceptó en la Escuela de Música de Jóvenes Talentos de Sofía y, con 9, ganó un concurso internacional en Italia para genios que a duras penas llegaban a los pedales. Con esto la mayoría ya se habría granjeado esa cuota de excepcionalidad que le permitiría amenizar cualquier conversación con desconocidos durante el resto de sus días, pero en el caso de Grozni solo era la punta de un iceberg compuesto de novelescos episodios biográficos.

Porque el escritor, pese a que lo apuntado hasta ahora suena a bonita historia de predestinación y éxito, pese a que nos lo presentan sonriente en Barcelona acompañado de su afectuosa novia y tras haber tocado como los ángeles un piano Steinway valorado en 150.000 euros en una tienda de instrumentos musicales mientras lo grababa un programa de televisión, en verdad creció dentro de una novela de terror psicológico o de angustia existencialista, saltando de las páginas de Philip K. Dick a Franz Kafka. El escenario de la misma fue la Sofía de los años 1970 y 80, capital de uno de los regímenes más despiadados tras el Telón de Acero. Los bastidores, esa academia de música en la que permaneció de los 7 a los 17 años. Jóvenes talentos supone un ejercicio de expiación, desde el sarcasmo y el humor negro, del trauma y la rabia de haber nacido en un lugar en el que la principal excursión escolar consistía en visitar el cadáver embalsamado de un héroe de la patria que despedía un hedor terrible, o en el que tu vecina, una cantante de ópera casada con un alto militar pero amante del cabeza de Estado, amenazaba a tus padres con hacerlos llevar a un campo de concentración si persistías en tocar piezas de jazz, esas infames hijas del diablo americano. Antes de ir a comer una paella, Nikolai pide acudir a una tienda de objetos de decoración, donde se agencia un buen surtido de máscaras de carnaval para añadir a su colección. El simbolismo irónico que esta afi ción sugiere en alguien que ha consagrado su vida adulta a ir pelando las capas de lavado mental impuestas en su país de origen, a desembarazarse del miedo a pensar por sí mismo, da medida de la complejidad psicológica del sujeto.

Del piano al monasterio

Hasta la catarsis de Jóvenes talentos, Grozni se había centrado en encontrar nuevas vías de escape del pasado en un cambio constante de país y, al igual que otros escritores émigrés dotados de un CI privilegiado, en la adopción de una segunda lengua como vehículo expresivo y purifi cador; en su caso, el inglés. Tras la caída del Muro de Berlín, abandonó literalmente las catacumbas de Sofía –una red de túneles y pasadizos subterráneos en las que residía con otros jóvenes rebeldes cual cucaracha antisistema– para estudiar escritura creativa y jazz y composición en Boston. Como si el destino hubiese querido trazar un arabesco a la vez burlón y simétrico, la ciudad salvadora en la que recaló se llamaba Providence, pero, ay, estaba dirigida por otra banda corrupta y temible conocida como la mafi a italoamericana. A los 22 volvía a hacer las maletas con el fi n de experimentar lo que, a ojos del sujeto occidental, se antoja el proceso de regeneración más infalible del menú oriental: encerrase en un monasterio budista. Cuatro años meditando con la cabeza rapada en la India le mostraron que la Iluminación estaba en otra parte. “Un europeo que resida en Manhattan puede alcanzarla igual –comenta entre asalto y asalto a un plato de paella marinera–. El sistema de ascenso en el camino a la trascendencia estaba tan viciado como cualquier otro, era un simple concurso de méritos. En Occidente cultivamos una imagen equivocada del monje budista, por defecto no se halla más cerca del nirvana que un sacerdote católico de Dios. Al igual que todo hijo de vecino, allá todo el mundo hablaba de mujeres y de comida”. Aburrido hasta la muerte y casi muerto a resultas de una enfermedad, Grozni se dejó crecer el pelo y se instaló en Montpellier para comenzar en serio a escribir (y, de paso, aprender francés, una nueva máscara comunicativa). Ahí tuvo que reaprender por segunda vez a funcionar dentro de las coordenadas de la civilización. Sacarse un DNI y un carnet de conducir fue muy sencillo en comparación con reengancharse a la libertad y a las relaciones sociales. Completar Jóvenes talentos lo reconcilió con su infancia y adolescencia; Turtle Feet, con el fiasco hindú. Hoy está de regreso en Providence, dando clases y escribiendo, pero no habrá paz para los machacados. “Mi alma quedó tan hecha polvo en Bulgaria que siempre he ido buscando fórmulas de cara a no terminar esquizofrénico: el piano, los libros, la meditación, el ajedrez…”.

Su don para la música está íntimamente ligado a su facilidad para los idiomas y ambos, a su vez, con la capacidad de escribir. “Gracias a las notas musicales, interpreto el lenguaje en más escalas”. Cuando se encuentra sumergido en el teclado confiesa entrar en un trance, conducido en volandas por las musas de las que hablaba Píndaro, inconsciente de dónde está, de quién es, de cómo le está saliendo la interpretación. La conversación se desplaza hacia un intento por desentrañar los mecanismos de la genialidad y las propuestas acaban confluyendo de forma armónica en torno a la idea de una intuición rayana en lo sobrenatural. Afloran los nombres de John Coltrane y de Roger Federer, pero no el ejemplo de ese gitano que tuvo la clarividencia de apuntar a Grozni hace 34 años en una calle de Sofía.

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