La prensa dice

8 nov
2007

Palabras para decir lo indecible, por Jean Schalekamp

Cuando en 1957 apareció en Holanda La hierba amarga de Marga Minco, una novela diminuta de apenas 90 páginas, este librito pronto se convirtió en un símbolo de todo lo que habíamos sufrido en los años de la ocupación nazi. Lo leíamos todos, igual como el Diario de Anne Frank. A la primera edición le siguieron muchísimas más, hasta en este siglo, y también se publicó en decenas de otros países del mundo. Menos en España. Ahora por fin se ha publicado esta pequeña joya en castellano, con un prólogo esclarecedor de Félix Romeo y en una excelente traducción de Julio Grandes, que reproduce muy bien el tono tan especial del original. En la portada se reproduce una foto de un canal de Amsterdam en los años 40, cuando este barrio formaba parte del ghetto judío que los nazis habían instaurado.

La novela empieza en mayo de 1940, cuando las tropas alemanas alcanzan la ciudad de Breda, donde viven la protagonista y su familia. Pronto empiezan los primeros síntomas de la persecución: a los judíos les está prohibido todo, hasta en los más pequeños detalles, como poseer una bicicleta, un teléfono, entrar en parques, bares y restaurantes, viajar en tranvía.

Luego deben trasladarse a Amsterdam. Allí, la protagonista oye el ruido de los camiones que vienen a recoger a las familias judías, de los soldados que abren las puertas a patadas, y pronto también llegan a su propia casa. La chica logra escaparse por la puerta del jardín trasero y se va a donde ya se había escondido su hermano, pero los vecinos sospechan algo y tienen que buscar otro refugio, fuera de la ciudad. Mientras, los judíos detenidos son llevados a un teatro -ahora convertido en museo histórico de este episodio-, luego a un campo de tránsito en Holanda y desde allí a los campos de exterminio, de donde la inmensa mayoría no volvería nunca.

También sus hermanos son detenidos, y ella sigue sola, escondida primero en una finca rural y luego, con otro nombre, otra falsa tarjeta de identidad, en una casa en Amsterdam. Empiezan ya a roerla los primeros sentimientos de culpabilidad por haber dejado a sus padres, En el pequeño epílogo ya ha llegado la liberación, pero ella cada día mira desde la ventana hacia la parada de tranvía, esperando en vano el regreso de su familia.

Marga Minco tenía ya 20 años cuando estalló la guerra y trabajaba como periodista en un periódico regional de Breda, de donde los alemanes la despidieron ya en el primer día de la ocupación, pero la protagonista de su libro es más bien una adolescente de 13 ó 14 años. Lo hizo para crear una cierta distancia entre ella y la protagonista, que al fin y al cabo es ella misma, pero también forma parte de la tensión que ella crea entre la realidad y la ficción de ciertos detalles, que se convierten en símbolos y elementos asociativos, como lo hace también en otros relatos. Detalles, por ejemplo, como el tazón rojo de su hermano, que indica el contraste entre lo cotidiano y la incomprensibilidad de los campos de exterminio. Ella busca una forma, las palabras adecuadas para decir lo indecible y ha encontrado este lenguaje sencillo, reservado, mesurado, casi lacónico, a veces incluso irónico, con una especie de humor negro, y aparentemente depurado de emociones. Un distanciamiento que imperceptiblemente intensifica el efecto, creando en el lector una sensación de angustia, casi como si él mismo hubiera sufrido todo esto.

La chiquilla del libro sigue viviendo en Amsterdam, una mujer físicamente débil pero de una enorme fuerza mental. Tiene 87 años y vive sola después de que su marido, el conocido poeta Bert Voeten, se murió, viviendo con sus recuerdos.

Después de La hierba amarga Marga Minco escribió varios otros libros y relatos, todos de pequeño formato, pero con el contenido extremadamente denso y casi todos dominados por este terrible sentimiento de culpa, una especie de «síndrome de superviviente» que le persigue para siempre. Libros como De Val («La caída»), De glazen brug («El puente de cristal»), De andere kant («El otro lado»), Een leeg huis («Una casavacía») o Nagelaten dagen («Días póstumos»).

«El tiempo no cura las heridas», dice, «y tampoco quieres que las cure. La secuela es para toda la vida».

Diario de Mallorca