La prensa dice

29 abr
2010

Memorias del subsuelo, por Ricardo Menéndez Salmón

Peter Jernigan tiene problemas.Muchos problemas. Serios problemas. Problemas a lo peor insolubles. Está en una edad delicada (39 años), sumido en el alcoholismo sin confesárselo, ha enviudado hace apenas un año, le han echado de su trabajo como agente inmobiliario, tiene un hijo adolescente que sólo le da al porro y a la guitarra, y por si fuera poco acaba de liarse con una mujer rara, madre de la novia de su hijo, divorciada de un tipo con muy malas pulgas y que se gana la vida criando conejos a los que despacha con un tiro en la nuca con balas del calibre 22.

Contada así, la cosa no parece prometer mucho, y el catálogo de excentricidades, bizarrismo y espirales cada vez más (auto)destructivas sugiere una novela escrita con las claves del dirty realism, una colección de clichés sobre el tipo al que se le cae el mundo encima u otra cháchara generacional sobre lo difícil que es quemar etapas en la vida con cargas familiares indeseadas y habiendo fracasado en lo que realmente queríamos ser. (Porque conviene decir que Jernigan es un tipo culto, que ha leído a Wallace Stevens y no tiene un pelo de tonto, y que sabe disfrutar de la buena pintura y de la belleza de un paisaje).

Pero no, nada de eso. Jernigan, la novela con la que en 1991 debutó David Gates, extraordinario dialoguista y por cierto primer marido de la excelente Ann Beattie, aventura protagonizada por esta joya de varón blanco americano que además es un cínico de tomo y lomo, resulta ser un estupendo libro, un hallazgo que invita más a la sonrisa sarcástica que a la carcajada grosera, y que deja pocos, muy pocos resquicios, para la piedad y la inocencia. Nada de venturosos happy ends; nada de salvación in extremis; nada de buen rollo por parte del autor para convertir a su personaje en lo que no es. En el futuro de Jernigan pintan bastos.Y así debe ser. La vida no siempre ofrece segundas oportunidades a quien acaso no las merece.

En su entusiástico prólogo a la novela, Rodrigo Fresán nos pone sobre la pista de la ya prolija nómina de grandes solipsistas, narcisistas y egotistas que han protagonizado, contándonos su náusea cotidiana y su desvelo cósmico, buena parte de la mejor literatura norteamericana de los últimos ciento diez años. Desde esa óptica, Peter Jernigan, el feroz antihéroe creado por David Gates, capaz de conciliar en la misma página el abismo metafísico con la lectura sociológica de Star Trek (Jernigan es un libro que hará las delicias de los semiólogos del cine y la televisión), merece ser saludado como hermano de leche de tipos como Moses Herzog (Saul Bellow), Alexander Portnoy (Philip Roth), Frank Bascombe (Richard Ford), T. S. Garp (John Irving), John Yossarian (Joseph Heller) o Chip Lambert (Jonathan Franzen), caracteres cuyas peripecias son de obligada lectura para comprender por qué Estados Unidos es un país tan aterrador y luminoso a un tiempo.

La Nueva España